sábado, 1 de febrero de 2014

Las Ganas de Conversar

Somos seres sociales, que, valga la redundancia, vivimos en sociedad, eso no hay duda. Estamos constantemente rodeados de gente con la que intercambiamos contacto visual, algunos roces, e incluso algunas palabras en todo momento, ya sea en la calle, en un ascensor o cuando pedimos "un pancho con mostaza porque la mayonesa no me gusta, ah, y ponele papitas" al señor de bigotes de escasa higiene, que con un amor poco ortodoxo encaja la salchicha en medio del pan previamente cortado y procede a cumplir nuestros deseos de aderezos mientras impregna en pocos segundos todos los microbios que puedan saltar de su respiración a nuestra comida.

Nos cruzamos a diario con gente de todo tipo, pero eso no nos hace seres que se sientan contentos de formar parte del tumulto, de ser un grano de arena en medio de la playa. Muchas veces nos enerva y saca lo peor de nosotros. Cuando alguien por algún motivo nos trata mal, nos enojamos, pero cuando nos trata bien, ¡También nos enojamos!.
-¡Hola ! ¡Buen día! ¿Cómo está usted hoy? ¿Me podría dar un pancho por favor? ¡Muchas gracias!
- Sí, tomá.

"¡¿Este pelotudo quién se cree para venir a hacerse el peter pan buena onda acá?!" piensa el vendedor de panchos, que lo que menos quiere es tener un tipo de conversación con un cliente, a menos que sea una mujer exuberante (o no tanto, digamos que por lo menos una mujer con calzas), en donde la situación es totalmente inversa:

- Hola (señor horrible de bigotes antihigiénicos), deme un pancho por favor.
- Sí, ¡cómo no! ¿Sabía usted que los panchos eran alimento de los egipcios, esos que construyeron las pirámides? Es lindo conocer de dónde vienen las cosas que comemos...

Y así la chica, intimidada por las moscas, toma su pancho y se lo lleva a la vereda, tratando de salir lo antes posible para que no le miren el culo el panchero y los cinco obreros que comen sentados en las sillas altas que dan a la barra, llena de papitas.

También nosotros, seres cotidianos que no vendemos panchos, huimos de cualquier oferta de comunicación humana en plena calle. Así son los casos de señoras de avanzada edad (viejas) que en una parada de colectivo nos cuentan que hace cincuenta años esa calle era de tierra y sus hermanos jugaban a la pelota, o el taxista que busca iniciar conversación con un "Parece que se va a larga una..." donde nos pone contra la pared (porque él sabe que nosotros podemos ver las nubes negras sobre nosotros y es el tema de conversación universal) y debemos responder con un "sí, se va a largar con todo". De todos modos, esta gente conoce métodos infalibles para hacer un collage de temas que van desde "qué caro que está todo" hasta "viste la inseguridad que hay", pasando por "vos no te enfermaste? ¡están todos resfriados!".

Ni hablar de las personas molestas (su laburo es ser molestos) que te paran por la calle con alguna promoción de cursos. "¡SECUNDARIO ACELERADO! APROVECHA ESTA PROMO" mirá, tengo barba y estoy más cerca de los treinti que de los veinti. Si no terminé el secundario, más que una promo, gatillame un chumbo en la cabeza. (Chicos, estudien, es el futuro! :) ) O peor aún, LOS VENDEDORES DE PERFUMES, que saben todo tipo de halagos al paso que no ofenden, pero ayudan para que los miren por un segundo mientras te interrumpen el paso. "Che campeón, capo, genio, cómo andás, te puedo comentar una cosita?" y ahí listo, media hora de un monólogo interminable que no se acaba con un "tengo que laburar y estoy llegando tarde", porque aunque sea verdad, es lo que dicen todos, y francamente no les importa.

Y PEOR AÚN las mujeres, que deben tener (y alguna fémina lectora del abismo, que me corrija si me equivoco) varios intentos de conversación por parte de algún masculino de dudosa procedencia, que trata de exceder el clásico piropo al estilo "qué linda parrilla para apoyar mi chorizo" y van al plano de "disculpame, sabés cómo llegar a la calle Cabildo?" y a partir de eso, y a veces con mucha más habilidad que un taxista, sacan una conversación medianamente fluída en la que se les cae, como sin querer, una invitación a tomar algo o su número de celular.

Y así, con tanta interacción, con tanta sociedad que nos explota en la cara, es como nace la misantropía. Es como si de golpe te obligaran a comerte cien milanesas a la napolitana de prepo. Te pudrís.

De esta forma, (seguro a muchos les pasa lo mismo) me dan ganas de encerrarme en una cueva lejos de todos los colectivos, los ascensores, las viejas y los taxistas con ganas de conversar, pero claro, no me voy porque ahí no tendría WiFi, y todos sabemos que internet satelital es una mierda.

¡Feliz odio a todos!


viernes, 24 de enero de 2014

Harapos

Un hombre harapiento, seguido por un olor nauseabundo y varias moscas alrededor, entra a un lujoso restaurante cerca del puerto, una elegante zona iluminada donde los más snob se acercan para comer o tomar un té con magdalenas o croissants.
- Mesa para uno, por favor - dijo el hombre, ante los ojos horrorizados del mozo que lo miraba casi a punto de echarle encima una lata de insecticida o de prender un espiral.
- Disculpe señor, este es un espacio de alto nivel donde no podemos admitir personas con su... vestimenta. -
- Bueno, no hay problema - comentó el hombre de muy buen humor - no pensé que mi ropa iba a ser un problema, pero igualmente tenga este billete de cien por las molestias.-

De su bolsillo harapiento, sacó un billete de cien y se lo colocó al mozo en el bolsillo de su impecable camisa blanca, quien en seguida revisó que fuera real. Lo era. Cuando subió la vista, el hombre estaba casi en la puerta de salida. El mozo, sorprendido, lo interceptó y le pidió disculpas por el "mal entendido", y me informó que se había desocupado una mesa recientemente, mientras repetía que todo había sido una confusión y que no dudó jamás de su categoría.

El mozo explicó la situación a sus compañeros, alegando que se trataba de uno de esos millonarios excéntricos que gustan probar los zapatos de los pobres. Todos lo trataron con mucho respeto y cordialidad, como a cualquier otro cliente de ese lujoso restaurante, aguantando incluso el mal olor que emanaba el extraño comensal.

Luego de devorar la entrada, levantó su mano llamando al mozo y pidió un abundante y exótico plato principal, que ocupaba toda la mesa, junto con una botella de vino, esta vez blanco.

Terminada la comida y el postre y ante la mirada aún sorprendida del personal, el hombre retira la servilleta de sus rodillas, bebe lo último de su copa y camina lentamente hacia la salida. El mozo lo detiene y le extiende un papel con una cifra de cuatro dígitos, el hombre lo toma, ríe y le dice:
- ¡No se moleste! Yo sólo tenía cien pesos que había encontrado, ¡pero gracias por todo!.

Y se llevó sus moscas fuera del lujoso restaurante.

jueves, 16 de enero de 2014

Epidemia

Doctor, tengo un grave problema. Resulta que anteayer iba caminando por la plaza, la que está cerca de la iglesia y eran casi las tres de la tarde, porque recuerdo las tres campanadas. La cosa es que yo volvía del almacén, de comprar jugos de naranja en polvo que tanto gustan a mi esposa, cuando me topé con el carnicero que estaba en la puerta de su negocio descargando unas medias reses, cuando nos pusimos a charlar y me contó que andaba medio mal y que no pudo dormir en toda la noche.

Acto seguido, suspiró y se estiró, largando al aire un bostezo que instantáneamente se me contagió. Pensé que iba a ser algo inofensivo, pero caminando de vuelta a casa me encontré a doña Emilce, y le conté lo que acaba de ocurrir, mientras se me vino a la cara un bostezo, y ella también bostezó, contagiada.

Llegué a casa y a la hora de dormir, acostado con los ojos abiertos, no pude dejar de pensar en bocanadas de aire profundo, cálido, entrando y saliendo de mí como fuego, como agua hirviendo, como un río de sal. De ahí el sofocamiento, calores, transpiración. La almohada dejó de ser cómoda, me movía. Hacía frío, calor, frío, más frío y mucho calor. Los ojos, rojos, se llenaron de arena. No podía cerrarlos o dejarlos abiertos. En las ojeras se acumulaba el sudor y caía por mis mejillas peor que lágrimas.

¡Vi el amanecer! Me levanté, bostezaba todo el tiempo. Maldije muchas veces, me senté, paré y caminé por toda la casa. El canto finito de los primeros pájaros era insoportable. Tomé un té de tilo para relajarme y no paraba de bostezar.

Mis pulmones se expandían y contraían más que un fuelle y yo, en el limbo de no saber qué hacer. Por eso, apenas fueron las nueve, nueve y cuarto, me vestí y vine a consultarlo.

Lo peor de todo es que cuando salía de casa, pasó por la vereda doña Emilce con una cara horrible, y me contó que ella tampoco pudo dormir y estaba dele bostezar.

Y PEOR que eso, mientras venía a paso ligero creo haber contagiado a tres personas más. ¡Una de ellas era una niña que jugaba en la plaza! ¡Soy un monstruo, doctor! ¿Qué debo hacer?

- Cálmese, creo que usted necesita relajarse - afirmó calmado el doctor, completo de seguridad y un tanto inquieto por la extraña consulta por un simple bostezo. - Esta noche vea algo de televisión y luego concéntrese en dormir.

El paciente dio un gran bostezo, apretó la mano del médico y se fue. Al cerrar la puerta el médico abrió sus fauces tomando mucho aire, dando lugar a un bostezo propio. Acto seguido, continuó atendiendo a los demás pacientes que esperaban en la pequeña recepción.

Dos días más tarde, la secretaria deja una carta del paciente en el escritorio del médico, que llegó tarde ese día. Al abrirlo, con el ambo arrugado, las manos temblorosas y la respiración agitada, se quitó los anteojos para leer mejor, descubriendo dos ojos rojos que leían: "¡Gracias doctor! Espero no verlo nunca más."

El médico dejó la carta sobre el escritorio, llevó la mano a boca para cubrir un gran bostezo que duró unos segundos y, con el pulso temblando y las ojeras negras, pidió a la secretaria que le envíe al primer paciente del día.

domingo, 5 de enero de 2014

Acá no hay un precipicio

En un pueblo tranquilo bastante lejos de cualquier ciudad de calles atolondradas y gente a las corridas, una noche, algún bromista, quizás un adolescente para impresionar a sus amigos, quizás alguien lleno de maldad o simplemente una persona aburrida, clavó un cartel justo antes del puente caído, que durante los primeros años de fundación del pueblo conectaba el lado norte y sur del mismo, hasta que por un fuerte vendaval, varios años más tarde, cayó y fue reemplazado por un puente más moderno, de hierro largos bulones rojos que, inmóviles, daban más seguridad que aquel pequeño y rústico puente de madera agusanada.

La cosa es que, durante la mencionada mañana y para sorpresa de todos, apareció el cartel justo un metro antes del peligroso risco que antes era sobrevolado por maderas que decía "acá no hay un precipicio".

La gente comenzó a divagar y a susurrar cada vez más fuerte, y cada uno exponía su argumento de forma más violenta y enérgica que el anterior. "¡Pero claramente vemos que hay un precipicio!" decía una mujer agitando su brazo. "¿Entonces el cartel está mintiendo?" decía otro en respuesta, dudando con su mano en el mentón. El pueblo entero se juntó donde el cartel para poder disolver el enigma.

"Lo único claro acá es que el cartel es de verdad" dijo el carpintero tocando la madera, asegurando con su experiencia. Un viejo hombre para demostrar que el cartel no tenía razón, en medio de una cálida discusión con otro vecino, saltó por el acantilado para demostrar su punto. Cayó violentamente hasta que reventó contra las rocas del fondo, unos treinta metros más abajo.

Todos se miraron. Hubo un silencio de algunos segundos. Un hombre grande lo rompió "pero el cartel dice que no hay un precipicio...", gritos, discusión, todo de nuevo.

Entonces, se organizaron y dividieron armando dos grupos: Quienes creían al cartel, y quienes no creían al cartel. Cada uno, organizadamente, fue exponiendo sus argumentos a la escucha de los demás, algunos asintiendo y otros negando y maldiciendo.

En medio de todo el alboroto, una niña pequeña se acercó al cartel y lo leyó dificultosamente con su aguda voz: "Acá no hay un precipicio", y comentó a repetir la frase mientras caminaba hacia adelante. "Acá no hay un precipicio, acá no hay un precipicio, Acá no hay un precipicio". De golpe, todos dejaron de discutir y se fueron dando vuelta de a poco para ver a la niña, que caminaba sobre el aire mientras repetía "Acá no hay un precipicio".

La infante, con sus diminutos brazos extendidos hacia los lados repetía "Acá no hay un precipicio" mientras caminaba simpáticamente por el aire.

Una señora, aterrada, rompió el silencio con un grito de advertencia para la niña, que miró hacia atrás. Luego, miró hacia abajo y se quedó helada. Un segundo después, la fueza de gravedad la abdujo, y la pequeña cayó hasta el fondo, decorando algunas piedras con partes de tu cuerpo, desparramadas por ahí.

Al día siguiente, llamaron miles de camiones con escombros y tierra y rellenaron todo el hueco.

Curiosamente, al despertar, los ciudadanos de ese pequeño pueblo despertaron y advirtieron otro cartel en el mismo lugar del anterior, que decía "Acá no hubo un precipicio".

Por las dudas, nadie caminó jamás sobre la recién colocada tierra de relleno.

lunes, 30 de diciembre de 2013

Pequeño Manifiesto del Abismo

PEQUEÑO MANIFIESTO DEL ABISMO

El abismo es atemporal, atípico, sincero e infinito, donde se especulan las más diversas cuestiones, se divagan las seguridades, se examinan los imposibles. No se trata de una cosa, no se trata de un lugar, ni de una época. Es abstracto por definición, y sus intenciones no son buenas. Tampoco malas. Aunque en su esencia existe la maldad, y aflora cuando algo necesita dejar de ser, explotar. El abismo entonces, no puede ser definido por simples palabras, ni por complejas. No puede entonces ser definido verbalmente, ni incluso mentalmente. No existe. No es. No sabe. Inventa. Destruye. Repara y niega. Baja a lo más alto y se da vuelta.

El abismo puede ser violento, pero de una forma totalmente calmada, gusta de la introspección y de la autodestrucción. El abismo provoca y esquiva, llora y entristece, y llora de risa cuando puede. Se autodestruye de nuevo y crea a partir de ese quiebre. Nace, crece, envejece y muere. Nace, crece, envejece y muere. Nace, crece, envejece y muere. Nace, crece, envejece y muere. Nace, crece, envejece y muere. Nace, envejece, muere y crece. El abismo entonces, es azar. Es etéreo, y por lo tanto, el abismo no existe, porque no tiene razones para existir.

¿QUÉ ES ESTAR PARADO EN EL ABISMO?

Claramente, no es estar al borde del abismo, ni sobrevolándolo, ni nada de eso. Es estar en las profundidades, cayendo constantemente, porque el abismo es infinito. Nunca existe un suelo donde estrellarse. Es la sensación de caída libre constante, donde incluso resulta hasta cotidiano estar cayendo y nos libra de la caída y del susto que quizás surge en un principio. También es el vértigo de no ver el fondo, la incertidumbre del final, combinados con la calma que eso mismo produce, cuando uno se hace consciente de que caerá por siempre y permanecerá en suspensión por la eternidad. Sin morir, sin dormir, con momentos de dolor y de calma. Quizás la única forma de salir del abismo sea seguir cayendo, esperando que de alguna forma se termine, para bien o para mal.

¿POR QUÉ EXISTE ESTE PROYECTO?

Muchas almas curiosas se preguntan por qué existe esto de Parado en el Abismo. La respuesta es simple: Porque puedo. Así como un músico graba un disco para difundirse, yo decidí que este proyecto letrístico (porque creo que literario le queda grande) sea difundido a través de pequeños libritos dejados al azar en la vía pública, y al azar también en la web.

Es un proyecto autogestionado y autosustentado, y aunque muchos quizás cuestionen que por mucho tiempo los abismitos han sido gratis, yo justifico los gastos como cualquier persona que paga por hacer algo que le gusta. Y gracias a estos abismitos, regalados, repartidos y relocos, el abismo crece, conoce, y sobre todo, existe. Dejando de esta forma todo lo escrito en el manifiesto del abismo, como una total blasfemia, una ilusión, una mentira.

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Gracias a todos los que colaboran con este proyecto simplemente existiendo.
http://www.facebook.com/paradoenelabismo

martes, 24 de diciembre de 2013

El Pan de Troya

Navidad, supuestamente es una época de paz, respeto, amor y tolerancia, donde se promueven los mejores sentimientos de uno hacia las demás personas. Se trata de pensar en el otro, de compartir y de dejar atrás todas aquellas cosas que nos molestan, para dar lugar a una celebración en conjunto.

Eso, hasta que comenzamos a dejar de tolerar de forma muy cortés todas esas cosas que no nos gustan, y que nos irritan, y que muchas veces pueden materializarse en forma de Pan Dulce. Si, el Pan Dulce es el caballo de Troya de la Navidad, llevando dentro suyo un mar de desentendidos, de problemas y enojos que nos hacen caer en la realidad: No hay momentos de paz, sólo la calma antes del huracán.

Es prácticamente imposible que en una mesa familiar, que en promedio ronda las diez personas de distintas edades, gustos, e incluso que sólo se ven para este tipo de eventos, coincida en la unánime elección del pan dulce. Están los que odian con todo su ser la fruta abrillantada, despreciando aquellas piezas que las contengan. Los más excéntricos se quejarán de un pan dulce sin ellas, alegando que no tiene gracia y que esperó todo un año para comer su pan dulce favorito: El que tiene de todo.

También encontramos gente más detallista, que le gusta la fruta abrillantada o seca en general, pero ODIA las que son de color verde, entonces recurre a un minucioso proceso de selección y filtro a través del cual pone en una servilleta los pedacitos rechazados (e incluso pedacitos de miga afectadas por el mismo color). Gol para el fanático de las frutitas verdes.

Existen los que se deprimen (por lo general son mujeres, pero vamos a meter a todos dentro de la misma bolsa para no herir susceptibilidades) si el pan no tiene un recubrimiento de unos 5cm de chocolate, colmado de algunas cerezas naturales, frutillas u otra fruta decorativa que trate de disimular la pesadez del pan en sí. Por lo general, estas personas son las que mueren si no tienen su dosis de chocolate cada quince minutos, y abusan sin piedad de los confites y turrones, e incluso llegan a comprar gruesas barras de chocolate que esconden del resto de la familia, para disfrutarlas en soledad durante el festejo, ocultas del resto de la concurrencia.

Casi como los descritos anteriormente son los marmolados, en cuya estructura interna encontramos una miga pesadísima, tan solo superada por la cobertura de chocolate que la precede, cuyo grosor podría proteger a su parte interna de un ataque nuclear.

De toda esta variedad surgen discusiones como "vos ya sabés que no me gusta la frutita abrillantada..." a lo que uno responde "¿Vos te pensás que me acuerdo de eso? ¡Hace un año que no nos vemos y querés que me acuerde de la fruta abrillantada!?" e inmediatamente el festejo comienza con roces, con gente refunfuñando, y con la adicta al chocolate, pálida en un rincón, en cuclillas, inclinándose hacia atrás y adelante susurrando "ese pan dulce no tenía nada... ¡Ni un chip de chocolate!... era como morder cartón..." y así pasa el resto de la noche.

La gente mayor que por lo general trata de poner orden y afirma que en su época existía un sólo pan dulce, y era el que cocinaba la abuela, y si uno no lo comía, la abuela agarraba un sapín y mejor que corras porque lo ibas a tener de sombrero hasta la navidad que viene. Igualmente nadie lo escucha, porque quienes no se encuentran discutiendo acerca de sus gustos en la materia de panes dulces, se encuentran hipnotizados con el celular, enviando mensajes del tipo "Te saludo ahora porque cuando sean las doce colapsa todo y no te voy a poder mandar" (y son las ocho de la noche recién).

Los más ahorradores, justifican que compraron el pan más básico porque los demás están muy caros y no vale la pena gastar plata en algo así, cuando se da cuenta que la dueña de casa -fanática de aquellos panes dulces que atentan contra la integridad hepática por sobredosis de chocolate- está usando esa masa dura e incomible (pero con olorcito a navidad) de tope de puerta, y que el perro ya le dio unos cuantos mordiscos, pero lo abandonó por insípido.

Alguien se anima a hacer uno con sus propias manos, y obliga a todo el mundo a probarlo. Extrañamente, después de probar un bocado y al intentar tragarlo, los comensales buscan desesperadamente una fuente de agua, jugo o kerosen, lo que tengan más a mano, mientras hacen con el buche lleno y el pulgar hacia arriba, una dura sonrisa de "está buenísimo, pero no te hubieras molestado", al tiempo que se van coloreando de violeta lentamente por la asfixia.

De todos modos, nadie se anima a discutir plenamente sobre el pan dulce que compró el otro, pero sí se generan leves discusiones "simpáticas" que dan lugar a algunas caras no muy felices y a pequeñas asperezas, que luego, como una pequeña bola de nieve, van creciendo y buscan cualquier otra excusa para explotar.

lunes, 23 de diciembre de 2013

Pregunta Cósmica

¿Por qué nos imaginamos a los años 20 en blanco y negro y los dinosaurios a color?

lunes, 9 de diciembre de 2013

Nudos

Desatar un nudo es como abrir una puerta, como romper una ventana, como rascarse cuando pica, como llorar cuando duele.

Uno desata y desata, y vive desatando cosas para desamarrarse, para zarpar, para volar.

La falta de gravedad afecta a todos y es infinita para los desatados, que suben sin tocar ningún techo.

Y es así como vemos elefantes en la luna, edificios en el cielo y fantasmas en todos los subsuelos.


jueves, 28 de noviembre de 2013

Burocracia

- Hola, buenas tard...
- Si?
- Vengo a hacer el trámite para...
- Un número 45b, claro. Complete estos tres formularios rosa con lapicera azul, el celeste con negra y firme en todas las cruces de la izquierda. No escriba sobre esa línea punteada y no doble las hojas por favor.
- (...) gracias.

[Quince minutos después]

- Acá traigo los...
- Sí, a ver. Mmmhmhfmm... mhhmdmmfmfm... le faltó una firma acá...
- Cierto, listo.
- Perfecto. Aguarde en la sala por favor, lo vamos a estar llamando por el apellido en un tiempo de tres a cuatro semanas.
- TRES A CUA...
- Sí señor, ¿es sordo?
- ¡No puedo pasar ese tiempo acá! ¿Puedo volver en tres...
- ¡No! Porque si el trámite se acelera y lo llamamos, suponga, a la primer semana y usted no está, deberá entonces cancelar el trámite ya iniciado, completando los formularios #456w, #592h y claro, el 342h bis, pero sólo la primer mitad, para después iniciar nuevamente el trámite pero duplicado, por lo que además de completar los que usted ya acaba de, deberá anexar fotocopias de tres autorizaciones firmadas por el director del departamento, que sólo viene los días impares de los meses pares, y está disponible sólo en horas no divisibles por tres, pero sólo después del mediodía.
- Pero tres... cuatro semanas... ¿qué voy a...
- Puede sentarse en una de esas sillas. Cuidado que algunas tienen algunas de sus grampas hacia afuera, ¡no querrá rasgar su ropa!, aunque usted no parezca preocuparse por ella. Puede levantarse cuando lo desee y beber del bidón de agua. No hace falta que traiga su propia botella, hay un vasito, ¡ese!, el de plástico que está sobre el mismo dispenser, es el de uso común para la sala de espera.¡No se precupe! Todos han tomado de ahí, incluyendo el señor viejo que no para de toser. Si él no murió, dudo que a usted le pase algo, ¡Ja ja!. recuerde que no se pueden utilizar el teléfono, ni para mirar la hora. Para eso tenemos el reloj de pared redondo que durante los momentos de silencio suena como una gotera.
- Pero, ¿cómo puede ser que se tarde tanto para...?
- No es algo tan sencillo como depositar un papel en un escritorio, firmarlo y devolverlo. Los formularios que usted completó, con una letra bastante desprolija, si me permite, son dispuestos en esta caja verde que ve detrás de mí. La secretaria del secretario del director pasa a las cuatro a recoger todos los formularios que, como los suyos, yacen ahí esperando. Ella los lee, corrobora, firma y sella debajo de la primer línea punteada, esa donde le taché lo que escribió donde no iba. Luego, llega a manos del secretario del director, quien vuelve a leer todo, sella y firma los papeles nuevamente en el recuadro turquesa y los deja archivados en la caja de pendientes. Antes de llegar a manos del director, la caja es llevada a la junta predireccional donde un jurado de treinta y tres personas evalúan cada caso, y firman y sellan dos veces cada hoja.

Por lo general, la tinta de los sellos suele acabarse al segundo día a eso de las cinco de la tarde, momento en el cual debe pedirse más para poder seguir sellando. Entonces, la recepcionista llama a la secretaria del secretario del director para pedirle que evalúe la posibilidad de pedir una nota para que se confeccione una orden de compra por unos cuantos litros de tinta para sellos. Por cuestiones administrativas no podemos pedir más de tres frasquitos, lo que nos alcanza para otros dos días y medio de trabajo. La orden de compra es analizada y aprobada por el departamento de artículos de oficina, y ellos hacen otra nota pidiendo por favor a la fábrica de tinta que le den de forma fiada un tarrito de tinta, para poder sellar la misma nota que acaban de mandar, por duplicado.

Una vez la tinta fiada es recibida, el departamento de artículos de oficina puede sellar entonces, la nota de pedido de compra de las tintas, que pasa nuevamente a la secretaria del secretario del director, que le pone el gancho correspondiente para que vuelva al departamento de artículos de oficina, donde el empleado de turno revisa el pedido, le asigna un número y envía por fax al director de compras, el cual responde al mismo fax con un 1 si la nota está aprobada o con un 2 si no se puede aprobar. Si el fax escupe el 1, entonces el empleado de turno vuelve a firmar la nota, esta vez debajo de la línea marrón, y envía dos notas al departamento encargado de efectuar la compra: La primer nota es la del pedido de tinta para la oficina, y la segunda es la nota de pago por la tinta fiada.

En el horario de tres a cinco y media, seis menos cuarto, el departamento que se encarga de las compras recibe las notas y las deja reposar en la caja amarilla un día entero, para revisarlas luego, sellarlas con lo que sobre de la tinta fiada y producir el ticket de compra correspondiente a la tinta nueva.

El pedido formal de la compra de la tinta es redactado por el mismísimo director de recursos, pasando por la aprobación, firma y sellado del supervisor de compras, el contador y el controlador de stock. Una vez esa nota -triplicada- ha sido girada a los sectores correspondientes, pasa a manos del cartero, que debe llevar la correspondencia a la sede central del correo, donde sellarán, estampillarán y categorizarán la nota -transformada en carta- para su posterior envío certificado a la fábrica de tinta para sellos.

Ellos recibirán el pedido en aproximadamente seis días, y tardarán otros tantos en producir la tinta solicitada, ya que su política no les permite generar excedentes que no vienen por nota en la fabricación de tinta.

Una vez la tinta está embalada, lista para enviar, ellos dirigen una nota firmada por el Comité Nacional de Tintas (CNT) a nuestros directivos, para preguntarles si desean que les envíen el pedido. La nota-carta hace el camino inverso, es recibida por la secretaria del secretario del director, que para agilizar el trámite está autorizada a responder, ¡sino tardaríamos un montón! ¡Imagínese!.

Ella responde la nota nuevamente haciéndola cara por correo, y la fábrica de tintas le responde con un fax que, entre formalidades, dice "la tinta ya está en camino".

La tinta suele llegar en un camioncito bordó, que maneja el tipo este de bigotes... ¡nunca me acuerdo el nombre! Y viene con su talonario 36y, yo lo firmo como "visto, a comprobar", no quiero quedar pegada si hay algún error en el pedido. Entonces el departamento que se encarga de las compras revisa que la tinta sea la adecuada, y efectúa el pago.

La tinta es suministrada los jueves por el personal de mantenimiento y llega al comité de las treinta y tres personas usualmente por la mañana, un rato antes de que ellos vuelvan a ingresar. Ahí vuelven a releer todos los formularios, y firman aquellos que no habían firmado. Los devuelven aprobados -esperemos- al secretario del director, que esperará a que el Señor Director se desocupe para dejarle en su buzón todos los formularios firmados y sellados. Una vez que él lo disponga, los releerá, firmará y sellará con tinta fiada, puesto que la anterior la han vuelto a consumir los treinta y tres. Igualmente ya hay una nota-carta en camino a la fábrica de tintas, para ahorrar tiempo.

Las notas firmadas y selladas vuelven a esta otra caja que tengo a mi derecha, la azul mar calmo, esa, sí. Pero esta vez deben ser transportadas por un personal de maestranza, puesto que el peso de la tinta hace imposible transportarlas sin una carretilla.

Una vez que las notas vuelvan, yo las ordenaré alfabéticamente e iré llamando a cada titular para que las retire, firme y selle, para que pueda efectuar el pago. Con el ticket correspondiente abrochado del lado superior izquierdo, ahí mismo podré darle la firma y el sello final que le permitirá empezar el trámite.

Este último sello, también con tinta fiada, porque estamos un poco cortos de tinta, ¡No somos calamares! ¡No somos!, Sabrá usted comprender. Por favor, ahora siéntese que tengo mucho trabajo.

- ...

[De tres a cuatro semanas después]

- ¡USTED! ¡DESPIERTE!
- Si? Qué...
- Ya están sus formularios... firme acá, acá, sello, pague y tráigame el ticket, pero mañana... perdón, el martes, porque ya cerramos y el lunes es feriado. Llévese este folletito con las instrucciones.

Me quedé de pie, parado, alternando mi vista entre los ojos de la secretaria, los formularios y el folleto, que muy chiquito, abajo, decía "PAGUE POR PAGOELECTRÓNICO. ¿Sabía usted que utilizamos un 60% más del papel necesario? ¡Cuidemos el planeta!".

martes, 19 de noviembre de 2013

Desenlace de las Tormentas

Los cúmulus nimbus avisan a los cirros entre estocadas de sol que la retirada ha comenzado. Como un vidrio al romperse con violencia, los algodones se ven a merced del viento, quien acarrea en varias direcciones mientras el rey dorado va ocupando nuevamente su trono allá, en la cima de todo, desde donde la Tierra parece una pelota de tenis y plutón ni se ve.

Usted puede entonces suspirar, respirar, frotarse los ojos, u otra acción que le de la gana. Trate de no parecer sobreexcitado, puesto que a vista de los demás ha soportado el cataclismo con estilo y calma y un sobrefestejo dará indicio de lo que le ha costado realmente. Llévese ese secreto a la tumba.

Mídase, verá que ahora es usted casi un centímetro más alto, aunque seguro estará pesando unos kilos menos de lo que cualquier nutricionista matriculado le recomendará. No se preocupe, el peso va y viene.

Las nubes han desaparecido ya casi por completo y la luz vuelve a reinar el cielo. Sentirá que la piel se la va quemando y los ojos no soportan el brillo. Eso, es porque usted ahora es una tormenta y ha incorporado algo de su oscuridad en su organismo. Por lo general estos efectos duran años y es posible que viva para siempre con ellos. Acostúmbrese.

Ahora decida. Puede usted quedarse inmóvil al sol, seguir por el camino que transitaba al comenzar la catástrofe o comenzar uno nuevo. Incluso puede cerrar los ojos y correr aleatoriamente hacia un rumbo nuevo.

Sea cual usted se decida por, otras tormentas vendrán a buscarlo, pues al ser usted mismo una tormenta tiene la capacidad aumentada para atraerlas, pero no debe preocuparse por nada, puesto que es totalmente inevitable, y ya hablamos de lo inevitable, ¿no?.

domingo, 17 de noviembre de 2013

Nudo de las Tormentas

A esta altura, debe estar usted sumergido en gruñidos húmedos, en efímeros vientos, rozado por inofensivas cataratas y luchando con monstruos invisibles. ¡Felicidades! Usted se ha convertido en parte de la tempestad. Ella lo ha tomado y asimilado como un malvón absorbe el agua que se filtra por la tierra donde crece.

Para manejarse con cierta comodidad durante el desarrollo a veces impredecible de los acontecimientos (recordemos que el 95% de las tormentas son totalmente ciclotímicas), recomendamos observar bien alrededor y no cometer estupideces. Una de ellas sería temerle a los mortales rayos cargados de electricidad y luminiscencia que en cualquier momento podrían caer sobre usted y reducirlo a un polvo similar al que deja un sahumerio consumido. El cataclismo podría, aleatoriamente, decidir arrojarle uno en cualquier momento y usted no podría detenerlo ni hacer nada al respecto. No debe preocuparse por lo inevitable, pues es inevitable.

Procure sí, esquivar pozos inesperados, depositando su atención en el camino manteniendo la postura erguida y firme. No sirve de nada la gelatina.

Podría también tararear o silbar las melodías que le resulten más exquisitas, preocupándose claro por no desafinar para no involucrar un problema más entre usted y la tormenta.

Recuerde que mientras más fuerte sea el sonido de los rugidos, más inmerso se encontrará, y a mayor inmersión más velocidad tendrá su escape. Sí, así de simple.

Cuente también los segundos de calma entre un trueno y un rayo, ya que esta relación dará pistas útiles para establecer su proximidade, dirección e intensidad con respecto a la tempestad.

Mantenga su movimiento, no se detenga.

Todo lo que creyó o le han enseñado acerca del uso del paraguas, olvídelo, no sirve. Imagine delegando la tarea de protección ante un acontecimiento de esta magnitud a un simple tejido alambrado. Suena ilógico. Bueno... ¡Lo es!

jueves, 14 de noviembre de 2013

Introducción a las Tormentas

Si ve usted en el horizonte próximo acumulaciones esponjosas color gris viento, generalmente precedidas por una leve disminución de la temperatura, está adentrándose en una dimensión lluviosa y agresiva. No piense siquiera en retroceder, puesto que la tormenta ya se ha fijado y si trata de huir sólo lograría enfurecerla más. No le de el gusto.

Prosiga en línea recta, en lo posible aumentando la velocidad para por lo menos, intentar amedrentarla.

No piense, no se preocupe. La calma será su aliada, recuerde siempre dónde la ha dejado y procure no perderla.

Avance con los ojos clavados en la tempestad, como enfocándose en sus pupilas, la frente segura y déjese acariciar por las brisas que se vuelven vientos, y los vientos que se vuelven... vientos aún más fuertes.

Seguramente a esta altura usted estará colisionando con la tormenta de un momento a otro en distancia imposible de medir. No malgaste su tiempo en conseguir refugio, no lo encontrará.

Delíguese, primero mental y luego físicamente, de sus pertenencias: Reloj, celular, corbata, camisa, anteojos, sombrero y prepárese para el impacto.

Las primeras gotas caen como bombas inofensivas a simple vista, pero pueden provocarle un leve resfrío en unas horas. No se confíe. No confíe.

Siendo dos fuerzas opuestas, cuando el choque se produzca debe usted ser tan intenso como el fenómeno mismo al que se enfrenta. Si en algún momento se siente superado, cierre los ojos y disfrute sus últimos minutos con los átomos en su lugar. Si en cambio está usted superando a la tormenta, baje los decibeles hasta alcanzar su fuerza exacta. No tiene sentido enfrentarse a un enemigo más débil que uno.

Al escuchar su rugido, apriete sus puños con fuerza, y si es necesario grite con la garganta hasta que se rompa. Quédese afónico.

La colisión es inminente.

domingo, 20 de octubre de 2013

Solo

Hubo una vez un artista excelente, destacado en pintura, literatura y música. Sus padres murieron cuando él era muy joven, por lo que siendo hijo único, siempre vivió y se crió solo. Creció en su pequeña casa, en medio de una montaña, lejos de cualquier pueblo, y se acostumbró a su soledad.

De sus padres heredó una gran colección de pinturas, varios instrumentos musicales que habían pasado de generación en generación y una pluma dorada que era de su abuelo.

Solo, aprendió a tocar la guitarra, el piano y la mandolina. Creaba melodías impecables con armonías exquisitas, que causaban envidia a cualquier pájaro cantor, que automáticamente olvidaba su canto al escuchar las composiciones del artista.

Solo, fue dibujando en el lienzo todo lo que veía alrededor, captando detalles minúsculos y avergonzando a la realidad.

Solo, escribió los versos más tristes, las comedias más hilarantes y los dramas más apasionantes que jamás se hayan escrito.

Nunca nadie lo visitaba, nunca nadie lo llamaba. Él tampoco visitaba ni llamaba a nadie, y sólo, vivió muchísimos años componiendo, pintando y escribiendo magníficas obras.

A los noventa y tres años, sentado en una silla mecedora en la puerta de su casa, en medio de la montaña, lejos de cualquier pueblo, cerró sus ojos para siempre, dejando la colección de pinturas, música y letras más increíble que alguien pudiera imaginar.

Lamentablemente nadie pudo verlas, escucharlas o leerlas jamás. Nadie supo de su existencia, porque vivió siempre solo.

martes, 15 de octubre de 2013

La Encapsulación del Tiempo

Para comenzar este texto, debo admitir que realmente no se si existe el término "encapsulación", y si bien aparece en Google varias veces, sabemos que esto no es una fuente confiable de la cual la RAE estaría orgullosa, pero como sabemos que Arjona puede inventar palabras como "Camuflajeado" y perpetuarlas en un disco, yo puedo tranquilamente decir "encapsulación" y está todo bien.

Ahora, ¿Qué es lo que busco definir con la "encapsulación" del tiempo?

El tiempo es un fenómeno normalmente imposible de controlar, y nuestra percepción lo acelera o ralentiza dependiendo el contexto y la actividad que estuviéramos realizando en cada caso. Es posible entonces, que pasemos una hora jugando videojuegos y una hora trabajando, pero la de los videojuegos parezca haber acontecido en un lapso mucho más corto que la hora laboral. Esto es porque nos mantenemos, de una forma u otra, ocupados, realizando la tarea pertinente a cada caso, y desviamos la atención del reloj hacia lo que sea que nos encontremos haciendo.

De esta forma, pasan horas, días, y no podemos pensar ni hacer uso de nuestra introspección de forma correcta, ya que siempre nuestro foco está situado en el exterior, y pocas veces nos permitimos mirar hacia adentro.

Rompiendo con estas situaciones, existen pequeños -o a veces más largos- períodos donde el tiempo se detiene, y no podemos hacer nada para controlar su percepción. Se encapsula y deja de lado toda responsabilidad que podemos llegar a tener para con él, siendo un tiempo muerto (entre comillas) donde si bien no podemos hacer nada concreto, es el momento de sumergirnos en un pensamiento, un diálogo con nosotros mismos, una lectura profunda, o simplemente para relfexionar tratando de llevar la mente al punto más blanco posible.

Estas situaciones, entre otras, podrían ser: Viajes en colectivo (tren / avión), una caminata con un destino específico, esperas en consultorios, horarios de almuerzo, etcétera. Es decir, son momentos en los que no tenemos control preciso sobre nuestras acciones, y simplemente debemos limitarnos a esperar (sentados o de pie, muchas veces sin poder elegir) cierta cantidad de tiempo para continuar con nuestras vidas, llenas de tareas.

Es entonces, que en un simple viaje en colectivo de quince minutos, uno puede apoyar la cabeza en el respaldo, cerrar los ojos y pensar en qué comerá a la noche, en cuántas cervezas debe comprar para el fin de semana, en cómo le fue en el parcial de ayer, o bien aún, podría introducirse más en sí mismo y reflexionar acerca de su trabajo, de sus actividades, de sus próximos movimientos o replantearse conceptos que en otro momento le sería imposible por depositar nuestra atención en tareas (indispensables o no) que no dejan correr el pensamiento de esa manera.

Son pequeños momentos, normalmente cotidianos, que nos ayudan a descomprimir la mente y nos liberan de toda responsabilidad: Una vez que nos subimos al colectivo, llegar a tiempo no depende de nuestras acciones, y esto puede llegar a relajarnos de tal forma en que la mente se va por las ramas, y nos deja imágenes, colores y sonidos que de otra forma jamás podríamos ver.

Solo basta distenderse, mirar alrededor y fluir, junto con lo que en ese momento nos rodea.

jueves, 10 de octubre de 2013

Cuando tu Única Acción Posible es Correr

La mirada se afina como una aguja, mientras que las cejas se fruncen. Los puños apretados dan lugar a las primeras zancadas, siempre precedidas por una a mayor velocidad.

El pasillo es tan angosto que ante algunos descuidos leves, su hombro se raspa con la pared. Línea recta interminable.

Atrás, gritos.

La mirada al frente con la cabeza levemente inclinada hacia adelante, los oídos atentos a los ecos que retumbaban en el musgo del techo.

¿Detenerse? ¿Parar?

Los pies gastados, corroídos, la vista fija, la mente nublada. Los ladrillos que retroceden a su pasar. Los pies insistiendo una y otra vez contra el suelo, transpirando, temblando.

Siempre.

martes, 24 de septiembre de 2013

Terco

Un hombre que acababa de salir del trabajo, se encontraba caminando por la calle, cuando al doblar una esquina se topó con la muerte. Frenó frente a ella, que estaba inmóvil frente a él.
- Vamos, es hora de irnos - dijo la muerte extendiendo la mano.
- ¿Pero cómo? - se sorprendió el hombre - ¡Aún no es mi momento!.
- Sí que lo es, andando.
- Es imposible. Me acabo de hacer un chequeo médico completo hace unos días, tengo el corazón en perfectas condiciones, ninguna enfermedad, ni alergia, ni genes defectuosos. Tampoco tengo posibilidades de sufrir una muerte súbita, ni ACV ni nada espontáneo. Me cuido en las comidas, no tengo ningún exceso, hago la cantidad justa de ejercicio, además...
- Vamos. - Dijo la muerte, interrumpiendo.
- Pero miro siempre antes de cruzar la calle, hago mantenimiento a todo lo de mi casa, nada puede salirse de su lugar, ni golpearme, ni caerse sobre mi.
- No tengo todo el día, camina por favor.
- Es que no existe razón alguna por la que tenga que acompañarte, como ya te expliqué.

La muerte se quedó un segundo mirándolo, sin hablar. El hombre se veía seguro, decidido, creyendo en sus pocas palabras, incluso contenía una sonrisa que amenazaba con mostrarse en su rostro.

Pasaron unos segundos, la muerte seguía inmóvil. El hombre, también. Hasta que en un momento, la muerte levantó su mano, y su dedo índice logró tocar el brazo del hombre. Este cayó al piso, inerte. Y así, agarrándolo de uno de sus tobillos, la muerte arrastró al hombre al otro mundo.

martes, 17 de septiembre de 2013

Suspenso en Puntos

En su lucha por aumentar la expresividad del lenguaje escrito, el hombre ha creado bastos signos de puntuación que ayudan al lector a captar de la forma más exacta  posible la intención del escrito y así, alimentar un poco más su imaginación a la hora de recorrer con sus ojos las letras.

De esta forma, se encontró la manera de generar suspenso en las oraciones, tan sólo uniendo tres puntos. No es lo mismo decir "Entonces, la chica abrió la puerta y  apareció el monstruo" que decir "Entonces... la chica abrió la puerta... y aparecio el monstruo". (No se ustedes, pero yo me cagué todo cuando leí la segunda opción).  Las comas no entienden nada de suspenso.

Estos tres puntos no son seguidos ni aparte ni finales. Son suspensivos, porque es como que la dejan picando, y mientras las pupilas del lector recorren cada uno de  estos puntos, genera una pausa de milésimas de segundo que es el equivalente a que en el mundo real uno abra la puerta y no se espere al monstruo detrás de ella,  entonces, ¡claro! Nos asustamos terriblemente al leer lo que está detrás de esos puntos. Obviamente, se pueden exagerar los suspensos y armar algo como "Entonces... la  chica abrió la puerta... y... apareció... el monstruo", ahí nos mantiene con el culo en las manos hasta que develamos la terrible aparición del monstruo.

Un buen acompañamiento para los puntos suspensivos, son los signos de exclamación, y podemos utilizarlos para generar una especie de grito que hace que saltemos de la  silla al leerlo, por ejemplo (OJO, NO SE ASUSTEN, ¡PUEDE SER MUY FUERTE!): ""Entonces... la chica abrió la puerta... y... apareció... ¡el monstruo!". Y ahí sí nos  pegamos un julepe de aquellos, nos volvemos pálidos y se nos acaba el aire. ¡Pero no es el monstruo lo que nos asusta entonces! ¡Son los malditos puntos suspensivos!.  Se que seguramente, al leer este último ejemplo, muchos se habrán imaginado la típica escena de película estadounidense donde en un campamento alguien cuenta una  historia de terror con una linterna alumbrándolo desde el mentón hacia arriba. Y así deben ser leidas las frases como esta.

Pero como todo en la vida, nos acostumbramos a usar los recursos para cosas que no son, y muchas veces lo hacemos sin darnos cuenta de que somos los ÚNICOS que  entendemos el sentido que queremos darle a las cosas. Es así, que muchos pueden causar una confusión un tanto incómoda, pervirtiendo los puntos suspensivos para  generar ya no suspenso, sino algo que no se puede decir, pero que supuestamente se encuentra implícito en la frase y saca a la luz nuestras intenciones. Por ejemplo,  en una típica conversación de chat entre un chico y una chica, el chico podría decir, confusamente:

- Te invito a casa a ver una peli y...
- ¿Y qué?
- Y... nada...
- ¿Nada?
- No... bueno... sí...
- ¿Sí o no?
- Bueno, ¡sí!
- ¿Vemos la peli entonces?
- Claro, pero después podemos...
- ¿Qué?
- ¡TE QUIERO DAR!
- Ahh, ¡Pero ni en pedo, pelotudo!

Entonces uno se pregunta, ¿por qué tanto suspenso si al final sabías que te iba a decir que no?. Ella quizás sabía sus intenciones y quería confirmarlas, o simplemente  de la mano de su inocencia preguntaba porque pensaba que el chico no tenía las palabras para decir "y compramos pochoclos".

De todos modos, los puntos suspensivos son muy importantes, aunque a veces se utilicen (de nuevo, en conversaciones por chat) de forma inútil, como por ejemplo "Hoy  voy a tu casa...". En este caso, los puntos suspensivos no tienen una función concreta, más que la de suavizar el comentario que con un punto final hubiera sido muy  chocante, y sin punto, muy abierto. Tal es el caso de otro tipo de frases que al colocarle puntos suspensivos pueden alivianar la carga semántica de la frase  haciéndola más llevadera. Leamos estos dos ejemplos:

// CASO 01
- Che, ayer me acosté con tu novia.
- ¡Sos un hijo de puta!

// CASO 02
- Che... ayer me acosté con tu novia...
- ¡Es una hija de puta!

Vemos claramente que gracias a los puntos suspensivos, no sólo podemos zafar de una golpiza y de perder una amistad, sino que también le damos su merecido a la novia   infiel de nuestro amigo, ya que es mejor que haya estado con un conocido a estar con cualquiera.

De esta forma, vemos la importancia de este recurso, y que utilizándolo bien, podremos sacar provecho y hasta me animo a decir que mejoraría nuestra calidad de vida.  Imaginen una vida sin suspenso. ¿Qué sería de películas como La Llamada o Actividad Paranormal? Bueno, todo el suspenso de esas películas se puede resumir en tres  pequeños puntitos, que además, como vimos, pueden dar lugar a perversiones, especulaciones e incluso a tirar comentarios pervertidos y luego arreglarlos, volviendo a  un ejemplo anterior:

- Te invito a casa a ver una peli y...
- ¿Y qué?
- Y... nada...
- ¿Nada? Mirá que no quiero nada con vos...
- Yo decía de ir a comprar pochoclos...
- Ah...

De esta forma generamos incomodidad en la otra persona, haciendo de cuenta que fue ella quien tuvo la idea perversa y no nosotros, que salimos limpios una vez más de  otro embrollo, gracias a los puntos suspensivos.

Otro gran uso que puede hacerse de estos puntos, es el de dar la sensación de continuidad cuando un texto termina, para que se de a entender que en algún momento va a  seguir, aunque no sea así...

viernes, 6 de septiembre de 2013

Septiembre

Tras los tormentosos episodios, Septiembre venía inamovible, como la roca fundamental de una montaña. Voraces tormentas de arena nos dañaban los ojos, pero utilizando como escudo los más finos pañuelos de seda nos preocupamos por seguir adelante, mas adelante no existía, por lo que creábamos el mundo a cada paso.

Cada paso era un nuevo horizonte, que lográbamos distinguir cientos de pasos más adelante, mirando por el camino recorrido.

La tormenta parecía ceder. Los párpados pudieron despegarse al fin, dando lugar a que las pupilas degusten el nuevo entorno que los pasos habían creado.
Este septiembre sería diferente. Un nuevo paraíso ante sus ojos los esperaba. Pero, como siempre, lo peor estaba por llegar.

sábado, 24 de agosto de 2013

EL CAOS QUE DA LUGAR AL TODO

Dicen que venimos de una explosión originadora, que combinada con el tiempo supo ser madre de todo lo que hoy conocemos. Podemos suponer que cualquier explosión entonces, puede ser creadora de mundos de universos tan pequeños como imposibles de imaginar. ¡Qué lindo saber que cada vez que prendo un fósforo, después de millones de años, habrá pequeños nuevos universos!

jueves, 15 de agosto de 2013

Horror Frutal

Una manzana cae de un árbol, y se disuelve tras semanas en partículas que alimentan al suelo, donde seguramente las manzanas proliferarán. Al crecer, las manzanas, van consumiendo los restos de la primer manzana que cayó, con la que a su vez se alimentaron previamente sus semillas. Las manzanas crecen nuevamente, en varios árboles que se han levantado, hijos de la manzana primera que cayó y se disolvió, que se transformó en su alimento.

Incesto-canibalismo frutal precedido de patricidio.