jueves, 4 de abril de 2013

Odio X (Vamolospibe)

Bueno. Hola.

Este es un post con una carga emotiva muy fuerte, que penetra en los vericuetos de las más macizas sensibilidades. Por un lado, es un placer haber llegado al décimo odio, que es fruto de las atrocidades diarias que nos toca vivir. Ustedes, estimados lectores, colaboraron cada uno de forma desmedida, ya que el odio que tengo hacia ustedes es inmenso, y me ayuda a continuar con la complicada tarea de odiar un poco más cada día.

Por otro lado, me enorgullece comentarles que esta es la entrada número 200 en este pequeño Abismo.

Son todos números, sí, pero cuando uno llega a un número redondo, múltiplo de diez, cien, mil, etc, siente un  objetivo cumplido, y una cuenta regresiva que se resetea para empezar de nuevo, pero desde una altura diferente. El abismo, sin embargo, crece hacia abajo, haciendo más profunda su oscuridad, y así me gusta que sea.

Estén atentos que dentro de poco explota el Gran Abismo Ilustrado, una publicación que abarcará los confines del abismo en papel y tinta, como debe ser. Vean las novedades en www.facebook.com/paradoenelabismo

Ahora, sin más preámbulos, y antes de que se pongan a llorar de la emoción, los dejo con el odio.

Nuevamente, los odio a todos.

Pebablds
Vicepresidente Junior

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Odio que te digan "Gracias igual", es totalmente ofensivo: Es como que hiciste todo lo que pudiste, pero a pesar de todo no fuiste de utilidad, y te lo agradecen por compromiso.

Odio los que te piden ver la foto apenas la sacas: Acabás de vivirlo!! Para qué querés ver la foto inmediatamente después?

Odio los charcos post-lluvia, que quedan camuflados generando grandes trampas húmedas: Es engañoso y desesperante... si venimos zafando de mojarnos, con esto no sólo terminamos por empaparnos las medias, las zapatillas y el pantalón, sino que automáticamente pasamos a tener un humor de mierda.

Odio a los que no se comen las aceitunas: Eso implica que yo deba comerme todas las aceitunas de una pizza, y me hace mal comer tantas!!

Odio a la gente fotogénica: Son tan... lindos.

Odio el trámite para sacar el DNI: Tenés que estar a las seis de la mañana para que empiecen a atender a las ocho, con el riesgo inminente de que los números que entregan no lleguen a tu lugar y tengas que volverte derrotado e intentar al día siguiente.

Odio las tapas de inodoros que se caen solas: Es incómodo ir a hacer pis y tener que hacer equilibrio para sostener la tabla con una mano, agarrar el elemento en cuestión con la otra y tratar de mantener el equilibrio hasta que todo termine.

Odio los días de humedad: Me baño y salgo igual a como entré. Es un círculo vicioso. Aparte se me pega toda la ropa.

Odio los que odian a Justin Bieber: Seguro más de la mitad ni lo conoce. (Yo tampoco lo conozco, pero odio a todos los desconocidos por igual).

Odio que internet se me corte por días: VOLVE!

Odio lavar los platos: Puedo cocinar, barrer, limpiar, ordenar, encerar, gritar, llorar, coser, cortar, mover, tirar. Pero no me gusta lavar los platos!

Odio los impuestos a las importaciones: Si quieren fomentar la industria nacional, no hagan imposible la compra de artículos en el exterior, simplemente, produzcan cosas de calidad en el país!

Odio que facebook cambie todo el tiempo de apariencia: Loco! Pongan algo que dure! Me tienen podrido.

Odio la mayonesa: Ya se habrán dado cuenta.

Odio los sánguches de miga de pickles: ¿Había necesidad de hacer eso?

Odio los día de humedad: Déjenme respirar en paz!

Odio Parado En El Abismo.

viernes, 22 de marzo de 2013

El Lugar Feliz (Parte III)


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No supe cuánto tiempo estuve allí. Quizás fueron dos horas, quizás diez días. No sabía qué pasaba afuera. Hasta las voces de mi cabeza hacían eco en la oscuridad de tan pequeña habitación. Un leve olor a humedad se desprendía de las paredes. A veces, buscaba con mis manos para encontrar huecos, texturas, tocaba la puerta, jugaba con las betas de la madera que podía sentir. Trataba de imaginar cosas para que el tiempo pase, y esperaba que la puerta se abra lo antes posible.

A veces, de tanto pensar me quedaba dormido y me despertaba sin tener noción incluso de mi posición. Por momentos, dudaba si estaba de espaldas, de cabeza, de frente o de costado. Sólo me orientaba porque sabía que la puerta estaba en lo que yo imaginaba como el frente. Mi único pasatiempo, aparte de pensar cada vez más en mi objetivo de escapar de ese lugar, era contar. Contaba para no perder la cordura. A veces en voz alta, a veces susurrando y a veces, cuando no tenía muchas energías, mentalmente, pero siempre me perdía y debía empezar de cero.

Mis ojos se cerraban despacio por el cansancio, cuando oí un golpe en la puerta, como si alguien, del otro lado, posara firmemente su mano en el picaporte. Ruido de metal chocando entre sí, y el sonido de una llave acertando en su hendidura, para luego dar dos giros. La puerta permaneció inmóvil por unos segundos, hasta que se abrió apenas un poco. Me quedé esperando a que algo más suceda, pero nada cambió. Sorprendido, seguí la pequeña cortina de luz que se filtraba por la puerta entornada, y la abrí. La luz del sol me resultó insoportable, así que retrocedí, y fui adaptándome de a poco al brillo, recuperando de a poco mi visión. Al hacerlo, descubrí vidrios en el piso, una de las ventanas que daba al patio estaba rota. Seguí por el pasillo lentamente, no había nadie. Un florero caído de su estante desparramaba tierra por el piso encerado del corredor. Una de las paredes se veía repleta de dibujos de crayón, mientras que en el piso, algunos envoltorios de alfajores se mecían con la brisa que corría.

Caminé midiendo cada paso por el largo pasillo, hasta dar con la puerta de salida. Miré a ambos lados y traté de abrirla. Cerrada, como siempre lo estuvo. Miré nuevamente para saber si alguien podía oírme, y empecé a forcejear la puerta. Parecía imposible. Y lo fue. Desistí y volví por el pasillo, sobre mis pasos, para dar con el otro pasillo, que conectaba con la cocina. La luz que entraba por esa puerta era más brillante, porque el ventanal capturaba todo el sol, así que desde lejos podía verla. Me acerqué, y escuché voces. Al asomarme, pude ver a todos los niños del orfanato sentados sobre sus rodillas, cabizbajos. Era extraño que todos estén ahí.  A su lado, dos de los cuidadores los vigilaban, inmóviles.

Por la puerta del otro lado de la cocina, entró otro cuidador que llevaba a Sergio del brazo.
-Acá está -dijo el cuidador a los otros dos.

-Al fin, el creador de todo esto. -gritó otro en voz alta para que todos lo oigan.
-¿Así que vos fuiste el que empezó todo? - Dijo uno de los cuidadores, acercándose a Sergio.
- ¡Yo no fui! - dijo Sergio mientras se movía tratando de despegarse de la mano que lo retenía.
En ese instante, una llave cayó del bolsillo de Sergio al piso. Un cuidador la levantó y se la mostró a los demás.
-¡La llave del cuarto ciego! - dijo uno, y comenzó a caminar hacia la puerta desde donde yo miraba todo.
Me hice para atrás rápidamente y empecé a gatear para evitar que me vean. En seguida una mano vino de mis espaldas y se posó sobre mi hombro. Al darme vuelta, era otro de los cuidadores, que me agarró violentamente del brazo y me llevó a la cocina.
-¡Traje al otro! - gritó. Los otros asintieron.

Me empujaron al lado de Sergio, nos miramos y sonreímos, y quedamos de frente a los demás chicos. Algunos tenían cara de preocupación, otros, de miedo. Todos buscaban ojos cómplices en los demás, algunos se rechazaban, otros se encontraban. Se olía una confusión. Empecé a marearme, sintiendo un fuego en mi interior. Recordaba todo, desde mis primeras imágenes en el orfanato cuando era apenas un niño de 4 años, hasta las últimas, donde me encerraron en un cuarto totalmente a oscuras. Todo parecía tan bueno, tan real. Así que di un salto sobre una de las mesas, y frente a todos, empecé a gritar.

-¿No ven que somos muchos? ¡Podemos irnos ahora mismo si queremos!
Todos, incluyendo los cuidadores, abrieron los ojos sorprendidos. Y continué.
-Siempre vivimos felices, nunca nos faltó nada, pero vivimos encerrados. ¿Cómo somos libres entonces? ¡Vamos a salir de acá!

Todos los chicos se levantaron y empezaron a correr por la sala, mientras los cuidadores los perseguían, tratando de agarrar a alguno de un manotazo al aire. Dos se abalanzaron sobre mí, pero pude esquivarlos y correr fuera de la cocina. Me siguieron por el pasillo a toda velocidad, yo iba tirando cosas al pasar para tratar de detenerlos, pero era inútil, sabía que no había lugar donde correr, que todo estaba cerrado y no podría ir a ningún lado. Llegamos al final del pasillo, justo frente a la puerta de salida. Empecé a tironear del picaporte, pero fue en vano, mientras veía de reojo a los cuidadores acercándose furiosos. Seguí forcejeando sin éxito, hasta que los cuidadores estaban cerca. Uno, se dirigió a mí:
-No sé por qué tanta manía con irte, ¡si acá les damos todo!
-Todo no. No me dieron la posibilidad de elegir.

Uno de los cuidadores se abalanzó sobre mí, pero pude escabullirme por entre sus piernas, y corrí de nuevo por el pasillo, en dirección opuesta. No me quedó más remedio que volver a entrar a la cocina, puesto que más adelante estaban los demás cuidadores persiguiendo a los otros chicos. Fui directamente hacia la puerta opuesta por la que había entrado, pero también estaba cerrada. Dos cuidadores entraron y cerraron a su espalda la puerta con llave. Uno tenía una bolsa de arpillera y el otro una soga. Trataron de reducirme, y de ponerme la bolsa en la cabeza, pero pude saltar por entre ellos con mis últimas fuerzas. Estaba agotado. Toda la debilidad acumulada en la oscuridad, más las recientes corridas me habían dejado unos cuantos raspones que ya empezaban a arder, la frente transpirada y las rodillas temblando.  Eso, sin contar los nervios y el dolor en la cabeza y en la boca del estómago. Quedé de frente al ventanal, de espaldas a la mesa, y de costado a los cuidadores que venían hacia mi. De un pequeño empujón, me subí a la mesa, era mi oportunidad, la última chance de salir. Tomé carrera tirando unos platos al piso y avancé. Al llegar
al borde de la mesa, salté con las fuerzas que me quedaban.

Pude sentir el aire rozando mis orejas, enfriando un poco más el sudor en mi cara, refrescando los raspones, y el impacto contra el vidrio. El gran ventanal voló en mil pedazos. Sentía cómo los vidrios rozaban mi piel, algunos superficialmente, otros se enhebraban y enterraban en mis músculos, mientras otros simplemente caían. Y también lo hice yo. Caí al piso, pero no al piso de la cocina. Era el pasto del jardín, aquel que siempre me habían prohibido pisar. Al que nunca me dejaron ir. Ahí estaba, tumbado en él, mezclándolo con mi sangre. Apoyé la cabeza de costado en la tierra. No tenía más fuerzas. La luz era intensa. Sentí primero un dolor muy fuerte en todo el cuerpo, miles de agujas picándome los brazos, las piernas. Las articulaciones dolían, la cabeza pesaba diez veces más. De a poco, en un degradé, todos los dolores se juntaron y se transformaron en calor. Sentía mi cuerpo volverse tibio, mientras mis ojos seguían mirando a la calle. Mis ojos, entre encandilados y cansados, comenzaron a ver cómo un auto se detenía en la vereda. La visión se fue haciendo un poco más borrosa, ya no distinguía formas concretas. El sonido se volvía grave y confuso. Mientras se cerraban lentamente, mis ojos pudieron distinguir dos siluetas que se bajaban del auto y se dirigían a la puerta del orfanato, parecían no haberme visto. Y finalmente, la oscuridad de nuevo.

Me quedé con esa última sensación tibia, con el dolor intenso que se transforma en calor, y con una sonrisa de haber por fin logrado traspasar los muros de aquel lugar que se suponía debía darme todo, pero no pudo con lo más simple.

Y así, otra vez en la oscuridad, me sentía victorioso.

Había llegado a mi lugar feliz.

jueves, 14 de marzo de 2013

El Lugar Feliz (Parte II)


(Escenas del capítulo anterior, click acá)
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II

La cena de ese día fue lenta. Me tocaba ayudar en la cocina cortando verduras, poniendo la mesa y sirviendo los platos. Apenas pude comer. Tenía intriga de todo. De mis padres, de por qué era tan difícil salir afuera a pesar que decían lo contrario, de ver el mundo, de explorar... así que mientras todos conversaban yo me hundía más y más en pensamientos, preguntas que me autorespondía, las pensaba nuevamente, refutaba todo lo que acababa de afirmar y empezaba de nuevo. Así fue como llegó la noche, y mientras hacíamos las camas, hablé con Sergio, el mejor amigo que tuve, el único ser humano en el que confié toda mi vida plenamente. Mientras las sábanas se extendían, le pregunté:
- Sergio... ¿vos estás bien acá adentro?
- ¡Claro! La habitación es genial... tenemos luz del sol de día...
- ¡No, no la habitación en sí! Este lugar... el orfanato...
- ¡Sí! Cómo no vamos a estar bien si nos salvaron de estar allá afuera, donde hay tantas cosas horribles.
- ¿Y nunca te preguntaste cómo es allá afuera?
- No hace falta... con todo lo que nos dijeron... Gente que te quita tus cosas, que te lastima, accidentes, multitudes apuradas, mal humor, violencia... prefiero quedarme acá y estar seguro.
- ¿Y nunca te dio intriga?
- Me saco las dudas con todo lo que me cuentan, y realmente no tengo ningún motivo para salir de acá... ¡si estamos bien!
- Y si hubiera alguna razón, una sola, para intentar salir... ¿lo harías?
- No creo... me gusta mucho este lugar.
- Yo encontré mi razón. Y quiero salir de acá.
Discutimos un rato, porque Sergio afirmaba que ese era el mejor lugar para quedarse, mientras que yo sostenía que valía la pena arriesgarse a salir para conocer a mis padres.

A pesar que no estaba de acuerdo conmigo, Sergio se ofreció a ayudarme. Nos quedamos un rato, sentados en la cama, ideando un plan en voz baja para que el personal del orfanato no nos escuchara. La idea era simple: Esa misma noche, cuando todos duerman, nos colaríamos en la cocina. Llenaría la mochila de agua, algunas frutas y comida, y luego un abrigo. Después, Sergio vigilaría que todos estén en sus habitaciones mientras yo robaba las llaves de la puerta principal y escapaba, dejando la llave del lado de afuera. Una vez fuera, Sergio cerraría la puerta desde adentro y volvería a poner la  llave en su sitio, para luego volver a dormir.

Entonces esperamos. Las luces no brillaban más, el silencio recorría los pasillos que se veían un poco más lúgubres y aún más largos por la oscuridad que luchaba contra la luz de la luna. Salimos al corredor, y empezamos. Nos separamos, mientras yo juntaba comida, mirando hacia afuera por el gran ventanal, sabiendo que pronto vería esta misma imagen, pero desde el otro lado del vidrio, Sergio vigilaba desde el baño, el único lugar poco sospechoso para permanecer a esa hora. Luego, salí y entré a la oficina, una pequeña habitación con cuadros viejos, una planta alta medio seca y un escritorio tradicional con papeles y algunos cajones. Empecé a revisar en los cajones buscando la llave, cuando escuché pasos en el pasillo. Me quedé quieto, inmóvil, bajo el escritorio. Los pasos se detuvieron justo en la puerta, oí murmullos y el picaporte que giró lentamente hasta que la puerta se entornó. Una mano se asomó, buscando el interruptor de luz. Lo encontró. Mis ojos tardaron unos segundos en acostumbrarse al cambio brusco, y mientras la visión se me aclaraba, escuché la voz de uno de los cuidadores:

- No hace falta que te escondas, sabemos que estás acá y lo que estás buscando. Las llaves las tengo en mi mano en este momento.

Salí lentamente de abajo del escritorio, y vi a uno de los ciudadores con una mueca de entre enojo y desilución en la cara, y al lado, llorando en silencio, como conteniéndose, Sergio, que levantó la mirada con verguenza y me dijo:

- Perdón... no quería que corras peligro allá afuera.

Bajé la mirada, triste, y me dejé llevar por el cuidador. Me sentaron en una habitación, pidiéndome explicaciones de porqué quería escapar. Yo no contestaba. En mi cabeza, se trenzaban imágenes de los intentos fallidos de huir, primero con inocencia, luego a drede, repasaba una y otra vez todo lo vivido, a Sergio, la traición. No podía confiar más en nadie. Y mientras yo pensaba esto, llovian preguntas cada vez más incisivas, a las que yo no prestaba atención. Lo único que llegué a escuchar fue "La habitación ciega" y fue ahí que volví, nervioso, a mirar a los que me interrogaban.

-Este comportamiento no puede repetirse, ni debe pasarse por alto. Vamos a llevarlo a la habitación ciega.

Yo quería reaccionar, pero entre el miedo y la impotencia de no poder correr, sabía que no tenía opción. La traición de Sergio me había dejado débil, tanto física como mentalmente, y sentía que no tenía sentido hacer nada. Uno de los cuidadores me agarró firmemente de una mano y me sacó de la habitación.

Al salir, muchos de mis amigos estaban en el pasillo, porque se habían despertado por el alboroto. Dos cuidadores los mantenían a raya, y Sergio me miraba pasar, aún con lágrimas en los ojos, mientras me llevaban a la habitación ciega.

La habitación ciega era el más temido de los castigos. Sólo vi una vez entrar a alguien allí, y nunca se supo qué había hecho para merecerlo, pero al salir, nunca quiso hablar más con nadie. Se trata de pasar un tiempo indefinido en una habitación que apenas tiene la anchura para sentarse, totalmente a oscuras. Esa habitación queda exactamente en el medio de la casona, y tiene una puerta vieja de madera, de esas gruesas, donde el sonido no entra ni sale.

Y así, ante la vista de todos y sin oponerme, entré a la habitación ciega. La oscuridad total me mareó cuando cerraron la puerta, perdí la orientación en pocos segundos, y lo último que recuerdo de esa noche es el ruido del metal de las llaves oxidadas girando en la cerradura, provocando un leve eco, que al disolverse en el escaso aire de la habitación, dio paso a un silencio sepulcral.

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CONTINUARÁ DE NUEVO!

lunes, 11 de marzo de 2013

Curiosidad Dominguera

Claramente, las hojas que no caen en otoño son hojas hipsters.

viernes, 8 de marzo de 2013

El Lugar Feliz (Parte I)


Siempre dijeron que podía salir del orfanato cuando cumpliera dieciocho  y hacía ya varios años esperaba ese momento. Nunca nos dejaban salir a la calle, aunque cubrían satisfactoriamente todas nuestras necesidades: Cada uno de nosotros hacía distintos tipos de trabajo para mantener tanto el edificio como para ayudar a mejorar la calidad de vida de nuestros compañeros. Entonces, un día tocaba cortar el pasto, otro, cocinar, lavar los platos, barrer, cuidar de los más chicos, etc. La pasábamos muy bien y por suerte nunca nos faltó nada, pero nunca escuché a ninguno preguntar si podía ir a la calle, o si por lo menos podía salir a hacer las compras.

Recibíamos educación dentro del orfanato, en unas aulas muy lindas y bien decoradas, donde varios profesores de distintas disciplinas nos llenaban de saberes con la mejor de las pedagogías y un trato excepcional.

También nos enseñaban a realizar tareas cotidianas y de la casa, para que después podamos desempeñarlas y colaborar, como dije anteriormente, y cada uno podía elegir a su gusto qué actividades extra realizar, entre varias disciplinas deportivas, artísticas y de oficios en las instalaciones del orfanato, que tenía talleres de arte, un gran parque con varias canchas y lugares donde realizar casi cualquier actividad.

Realmente todos estaban muy a gusto, pero desde hace unos años, siempre soñé con conocer a mis padres y esperé a cumplir los dieciocho para poder atravesar la puerta es ir en su búsqueda. Al día siguiente del festejo, armé mi pequeña mochila, acomodé mi espacio, saludé a todos con varios abrazos y un par de lágrimas, y emprendí el camino por el pasillo que daba a la puerta de calle, que por las tardes siempre estaba sin llave. Al poner una mano en el picaporte, el cuidador se acercó a mi con una sonrisa, poniendo su mano contra la puerta, y me preguntó "Así que no estabas bien acá... es una lástima...". Lo miré fijo y le contesté "Es que necesito conocer a mis padres". El cuidador, aún sonriente, abrió la puerta de par en par y me dijo "Bueno, andá. Yo hablé con tus padres y están bien, pero si querés buscarlos, podés ir tranquilo". Abrí los ojos sorprendido y le pregunté si sabía dónde encontrarlos, y me dijo que aún no, pero que querían pasar a visitarlo en unos días, así que era mejor que permanezca allí hasta ese momento. Le dije que quería hablar con ellos, y me dijo que debía buscar el número, me invitó a pasar de nuevo, a volver a mi habitación a esperar un rato a que lo encuentre, así que lo hice.

Sentado en mi cama con una gran sonrisa, me tiré boca arriba y mirando el techo, pensaba en qué lindo iba a ser el reencuentro, después de tantos años, de tantos recuerdos borrosos que tengo de la infancia más tierna. Sin querer, y por el cansancio de la emoción, me quedé dormido.

Me despertaron para la cena y hoy me tocaba lavar los platos, así que comimos en la mesa del comedor, que es una gran habitación con un techo muy alto y un ventanal enorme que da directo a la calle. Recuerdo que siempre nos sentamos a mirar a través del ventanal y jugamos a predecir de qué color iba a ser el próximo auto que pasara por la calle. ¡Nos daba tanta intriga viajar en auto! Nunca habíamos salido de acá...

La cena transcurrió como siempre, y mientras lavaba los platos, le pregunté al cuidador por el número de mis padres. Respondió que era mejor buscarlo al día siguiente, con más luz.

Los siguientes cinco días, fui escuchando diversas razones, motivos o excusas por los cuales el número no aparecía, y decidí abandonar la espera para irme, ahora sí, a buscarlos personalmente. Entonces, volví a guardar todas mis pertenencias y emprendí hacia la puerta. Es vez, extrañamente la puerta estaba cerrada con llave, y no encontré a ninguno de los cuidadores para preguntarles. Al no tener otra forma de salir, y ya un poco irritado, me fui a dormir.

Al día siguiente, encaré a uno de los cuidadores, "Me quiero ir", dije firmemente, y él expuso una serie de explicaciones-excusas para no me fuera, a lo que yo respondí "Me quiero ir", y haciéndome preguntas que trataban de confundirme y de tratarme como si estuviera menos preciando el lugar, ya un poco nervioso, puso su mano en mi hombro y me dijo "lo siento". Dio media vuelta y se fue, dándome la espalda, dejándome paralizado.

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CONTINUARÁ... (muejeje)

domingo, 3 de marzo de 2013

La Hora Mágica


Nos delizamos en la hora mágica como la espuma en la cuesta de una ola, esperando tocar la orilla. ¡Claro! Las olas nacen cuando el mar avisa que va a llegar a la costa, ¿De qué otra forma entonces podría llegar a causar semejante alboroto?. En altamar no hay olas, sólo sinuosidades que mecen las burbujas de aire que se escapa de las píedras que habitan en el fondo, esas criaturas milenarias e inmóviles que no sangran ni lloran. Por eso, en la hora mágica pensé en las piedras. Si bien estaba herido, no podía sangrar, no podía permitírmelo y debía dejarme llevar por la luz anaranjada, hasta que la calma se interrumpa de golpe ante el aviso desesperado de la pronta colisión con la playa, en una ligera explosión de iodo y arena que acabaría con todo, con todo, menos con los minutos restantes de la hora mágica.

martes, 26 de febrero de 2013

Las Notas


Cuando nos enfrentamos al terror de tener que incorporar conocimiento de una materia específica para una fecha acordada (de prepo) por una persona al servicio de la enseñanza, odiamos a los creadores de Matrix por graficarnos una máquina a la que podríamos conectarnos y aprender Kung Fu en cinco segundos la cual todavía no se ha inventado. Odiamos también, el hecho de que por más que el examen haya sido avisado con más de una semana de anticipación, no es sino antes de los últimos dos días que nuestro cerebro logra entender lo que está sucediendo y nuestra situación académica frente al exámen, la asignatura y nuestro mismísimo futuro.

Luego de fundir neuronas, quemar pestañas, abusar de nuestra masa encefálica, irritar nuestros ojos e inundar nuestros cuerpos con energizantes, viene la experiencia, que quizá merezca un texto aparte, pero no es ella la que nos importa esta vez, sino más bien el resultado de nuestras sonatas más hermosas que el profesor traduce en una nota numérica, que más allá de que nos hayamos roto nuestro querido trasero estudiando, siempre tenemos nervios de recibir.

(Vale aclarar que aprobamos con cuatro)

Es así como podemos traducir las notas en un exámen escrito:

Si te sacaste...

...un 0, el profesor se dio cuenta que eras vos el que ponía material fecal en la birome que él se llevaba a la boca.
...un 1, por lo menos no es un ausente. Igual la pasaste bien escabiando toda la semana, no te preocupa.
...un 2, es que pusiste tu nombre, la fecha, y dibujaste un hermoso sol que representa al clima actual.
...un 3, es que te tomó lo que dijiste "esto no lo va a tomar".
...un 4, es ahí... estudiaste para un seis, pero no pudo ser.
...un 5, es "estabas ahi, pero dijiste algo que sorprendio al profesor".
...un 6, es "estabas ahi, pero hiciste reir al prefesor dos o tres veces con tus respuestas".
...un 7, estaba para un 6, pero le caés bien al profesor.
...un 8, todas las respuestas estaban bien, pero tenías muchas faltas graves de ortografía.
...un 9, te merecías un 10, pero el profesor te odia.
...un 10, seguro es un error del profesor.

Mientras que en un exámen oral, pasa lo siguiente:

Si te sacaste...

...un 0, es prácticamente que pasaste a decir "no estudié, puto!".
...un 1, idem el punto anterior, pero sin el "puto".
...un 2, trataste de decir algo, pero las "lagunas mentales" te jugaron una mala pasada. (Supuestamente estudiaste... SUPUESTAMENTE).
...un 3, la remaste, la remaste hasta que dijiste una burrada que no pudiste remontar en la primera pregunta, y el profesor gritó NEEEEXT.
...un 4, mechaste dentro de la exposición algunos temas de la vida cotidiana y le contaste al profesor de cómo el gato de la vecina usa de baño tu jardín (porque sabés que al profesor le pasaba lo mismo y generaste empatía).
...un 5, es que lo que dijiste lo dijiste bien... pero usando monosílabos.
...un 6, lo que el profesor preguntó, lo sabías, pero empezaste a tartamudear y a babear tanto que decidió conformarte con un seis y ahorrarte el ridículo.
...un 7, estudiaste un día antes y funcionó. Vamos todavía!
...un 8, estudiaste dos días antes, así cualquiera!
...un 9, hablaste sin parar, contestaste todo y mucho más de lo que te preguntaban, pero por egocéntrico te bajaron un punto.
...un 10, te tomaron último y la clase terminó hace diez minutos, estás sólo en el aula con el profesor, te hace tres preguntas y las contestaste cortitas y al pie.

Corta la bocha.

Y es así como nuestro futuro se va forjando, a raíz de las calificaciones que vuelcan nuestros docentes según nuestro desempeño áulico.

jueves, 14 de febrero de 2013

El Día de los No Enamorados


Llega febrero y el calor está entre dar su mejor golpe e irse para siempre, como en un amague constante que muchas veces nos despierta con unos cuarenta grados y nos acuesta con diez. Quizás sea esta diferencia de temperatura, o quizás sea el calor mismo, lo que nos hace mirar con ojitos de corazón a nuestras amadas (o amados, en caso de las mujeres, o cualquiera de las posibles combinaciones, dada la sociedad moderna y la sexualidad abierta que nos rodea en estos tiempos) y preparar alguna sorpresa y unos tantos elogios para el ser que elegimos como acompañante.

Es así que el catorce de febrero hacemos algo inolvidable, ponemos velas, compramos osos de peluche gigantes, regalamos flores, bombones y caramelos, y sin embargo, el resto del año seguimos siendo los mismos fríos y predecibles de siempre.

Es que sorprender a alguien en San Valentín, es totalmente predecible, pero la gente no se anima a sorprender a su pareja con la neutralidad de un día común. Quizás es por miedo, quizás por verguenza, pero a mi parecer, no es lindo que nos demuestren cariño una vez al año, y es más arriesgado darle una sorpresa un día cualquiera, por ejemplo, un 25 de marzo, regalandole bombones y flores o invitando a cenar.

Otra opción conveniente también, es la de dividir todo el amor despilfarrado en ese sólo día, y darle más sorpresas anuales a la persona que queremos.

Acordate, si te regala muchas cosas por el día de San Valentín, no está enamorado y seguro que te va a dejar! Mientras más velas ponga en la mesa que te prepare, más rápido lo hará!

No sean caraduras! Regalen más amor durante el año!! (Así yo puedo regalar más odio).

Y para todos los que festejan el día del soltero el día anterior, festejen todos los días si tienen huevos eee!!! (?)

Como siempre desde acá, repartiendo la mejor onda posible (que en este caso es muy poca).

Chau.

viernes, 8 de febrero de 2013

La Última Explosión

Se manejaba en el espacio tan libre, era como si respirara, como si en verdad lo necesitara, pero sabía que respirar no era vital, ya que su cuerpo había quedado atrás hacía rato. Todo su peso había desaparecido, por eso ascendía sin control, a merced del aire que ahora lo acunaba, como en una melodía adormecedora. Había logrado cumplir el primero de sus objetivos, pero el camino aún era largo, por lo que entrecerraba sus ojos y se dejaba llevar por la brisa, que cada vez más fría, lo tiraba hacia un espacio más y más oscuro. El hielo empezaba a petrificarlo, a devolverle su peso, pero ya no era el mismo. No podía moverse con la libertad con la que lo hacía en la tierra, y sin embargo, sabía que eso era lo que iba a pasar. Tenía todo calculado. Incluso, mentalmente, contaba los segundos del ascenso para tener una idea de cuándo iba a descongelarse y a liberarse de nuevo.

 El sol no estaba lejos, pero de todos modos, él no tenía apuro. Convertido en un bloque helado, sonreía sin distraerse de la cuenta, hasta que los rayos del sol comenzaron a derretir las primeras gotas, para luego de un momento, volver a liberarlo, y él, entonces, en línea recta, mirando fijamente la bola de fuego, empezó a reir cínicamente a carcajadas que rebotaban en todos los planetas, hasta que empezó a gritar, y sus gritos rompieron varias lunas, que se convirtieron en asteroides errantes. Algunas estrellas se apagaron a lo lejos, y cuando por fin hizo impacto en el sol, produjo un estallido nuclear que destruyó todo lo conocido, y como un nuevo big bang, creó un universo nuevo, una realidad paralela que ya no lo necesitaba. Por eso mismo, decidió, por voluntad propia, dejar de existir inmerso en la explosión. Y aprovechando el impulso, volvió a separarse en millones de átomos, que individualmente continuaron subiendo y subiendo, quizás en busca de otros soles. O tal vez en busca de una reconstrucción, en una realidad donde pueda existir sin la necesidad de explotar de nuevo.

martes, 29 de enero de 2013

Parásito

http://www.facebook.com/lamireyamemira

Debía darle de comer desde adentro para mantener su propia vida. Era una relación simbiótica tan delicada que un leve error de cálculos los mataría a ambos. El parásito debía alimentar a quien lo mantenía, utilizando para esto pedazos pequeños de su cuerpo, que le iba arrancando cada tanto.

De esta manera, hacía que el anfitrión se mantenga con vida, pero a la vez lo iba matando, aunque más lentamente que la enfermedad que lo debilitaba. El parásito sabía que cuando su anfitrión muriera, él también lo haría, ya que no tendría forma de mantenerse.

Lo que ignoraba, es que el cuerpo que lo incluía lo estaba usando, ya que necesitaba que el parásito le diera de comer para mantenerse con vida, mientras que él alimentaba de la misma forma a su propio anfitrión, del quien él era el parásito.


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Este texto fue basado en la ilustración que vemos convenientemente a la derecha del texto que fue basado en dicha ilustración, basada en dicho texto.

Dicho esto, vale aclarar, también convenientemente, que dicha imagen (que, aclaro, acompaña el presente texto) fue creada por la autora de la imagen que acompaña al texto que se basa en la imagen. Dicha autora, la de la imagen, es La Mireya Me Mira, y pueden mirarla ustedes también en el siguiente link:
http://www.facebook.com/lamireyamemira

Recordemos entonces, que el link pertenece a La Mireya Me Mira, autora de la imagen que está a la derecha del texto basado en la imagen de la derecha. 

Visítenla que es más genia que todo.

Abrazos y odios!
Pabablds
Vicepresidente Junior

jueves, 24 de enero de 2013

Nota Editorial #10

Queridos amiguitos abismales:

Hace mucho no me dirijo personalmente a ustedes, y hoy lo hago para darle la bienvenida al Año, porque soy un hipster frustrado, y me cabe darle la bienvenida al año a los veintipico días de haber comenzado.

El año pasado nos dejó un sabor amargo, como de morder un rabanito, pero los rabanitos me gustan, así que podemos considerar eso como un comentario positivo. El abismo se expandió, e impregnó de letras algunos diarios y revistas, que se vieron amables en compartir algunos de los textos en sus páginas.

Hace poco, nació el nuevo integrante de la familia abismal (que por cierto hace mucho no comento por acá), que sería el quintillizo "Mirame" (apto para voyeuristas).



Para conseguir la colección completa y algunas postales y cosas copadas, deben enviar un correo a info@paradoenelabismo.com.ar con sus datos (nombre, dirección, ciudad y código postal) y en unas dos semanas los tendrán en sus manos. ¡Y todo es gratis!

También, pueden agregar al facebook (http://www.facebook.com/paradoenelabismo) y enterarse de las novedades abismales, o bien hacer el pedido por mensaje privado, o quizás, sólo para charlar un rato y que tenga más amigos para odiar.

Espero que este año esté lleno de promesas liberadoras, de odios contagiosos y de viejas con paraguas.

¡No se olviden de odiar a las viejas con paraguas!

Gracias por los mensajes, las puteadas y la alegría que recibo a diario. ¡Los odio a todos!

Saludos cordiales,

Pebablds
Vicepresidente Junior

miércoles, 23 de enero de 2013

El de Atrás


Bueno, es como le digo... voy caminando por la calle, y siento que me siguen. De reojo puedo ver a alguien a mis espaldas, pero al darme vuelta no hay nadie. Sigo caminando, pensando que fue una sensación extraña, y al girar levemente la cabeza, vuelvo a ver una silueta. Nuevamente, al girar completamente la calle está desierta.

Estoy seguro que alguien anda siempre atrás mío. El otro día, estaba viendo el partido en el sillón, y sentía el sonido de una respiración a mis espaldas. Era extraño, porque sólo estaba el respaldo y la pared, no había espacio, pero de nuevo estaba seguro que había alguien ahí. Me paré, di vueltas al sillón, saqué los almohadones, levanté la alfombra, pero no vi nada. Lo extraño fue que cuando caminaba, sentía que seguía atrás mío. Pero trataba de mirar adelante.

Es como si tuviera alguien, que aún no puedo determinar si es amigo o enemigo, que todo el tiempo está siguiéndome, para cuidarme o para hacerme daño. No tengo intimidad, me siento desnudo en todo momento, un cosquilleo infinito en el estómago, a veces me dan arcadas, pero no llego a vomitar por vergüenza  Si ese que me sigue quiere hacerme mal, no quiero que me encuentre débil. Me mantengo fuerte en todo momento, o por lo menos eso trato de hacer notar.

Lo que noto es que el que me sigue tampoco duerme. Se queda de pie mientras yo trato de descansar, observándome. Es como si tomara nota de mis respiros, de mis bostezos, de mis movimientos inconscientes. Debe estar haciendo un mapa de mis fortalezas y debilidades, y estoy seguro que en algún momento lo va a usar, y mi intuición dice que no va a ser a mi favor.

Ese que me sigue, que intuyo que es un hombre, pero aún no puedo afirmarlo con certeza, es muy veloz. He tratado de perderlo por ejemplo, metiéndome en un baño y cerrando la puerta con violencia apenas entro, pero es inútil, sigue ahí. A veces, cuando lo siento muy cerca mientras camino, giro de golpe y a veces hasta de un salto, pero parece que sabe anticipadamente mis movimientos, ya que al darme vuelta él sigue estando atrás mío, como si se moviera a mis espaldas al mismo tiempo que mi cuerpo dio el giro.

Siempre siento que me siguen, en todo momento. De hecho, ahora mismo se que alguien está a unos treinta centímetros del diván, y que seguro usted puede verlo, porque está de pie. Es obvio que no me va a decir que lo está viendo, porque el loco soy yo, y supuestamente sólo los locos podemos verlo. Pero me juego a que usted en este momento está tratando de ignorarlo tanto como yo.

Porque usted sabe como es esto... todos sentimos todo el tiempo que hay alguien atrás nuestro, pero sólo los que lo decimos estamos locos.

miércoles, 16 de enero de 2013

La Barrera del Sonido


Salió del trabajo tarde, para variar, y fue directo a la parada del colectivo. Era de noche, y las luces se tambaleaban por el viento que las acunaba, haciendo bailar las sombras de los carteles apagados de los negocios.

En la parada, estaba ella, con sus eternos auriculares. Él nunca había podido averiguar su nombre, su edad, ni había podido entablar una conversación. Era muy tímido, pero algo dentro suyo le hacía sentir que era la mujer de su vida. Ya le gustaba físicamente, pero por sus gestos y sus muecas, podía lanzarse a adivinar que también iba a gustarle su costado emocional y todo el resto.

Parado atrás de ella, buscó y buscó dentro de sí las fuerzas para decirle las primeras palabras, después de varios meses de cruzarse en la misma parada a la misma hora todos los días.

"El no ya lo tengo", pensaba él, autoanimándose. "Pero si quedo mal la voy a ver todos los días", volvía a pensar, autodesanimándose. Entre la lucha interna que se llevaba a cabo entre la timidez y el amor, se discutían temas como "qué decir", "qué pasaría si...", "qué pasaría si no...", "cuándo, dónde, cómo y porqué", "¿Dónde la invito?", y muchos otros tópicos que lo lastimaban de sólo pensarlo.

Después de unos minutos de debatir para sus adentros, la timidez fue vencida, y él, con la piel de gallina, levantó su mano y le dijo firmemente "Disculpame, nos vemos siempre en esta misma parada y me parecés muy interesante, quisiera que..." al instante que el colectivo abría su puerta y ella subía sin haber notado la guerra ni el acto de valentía que había sucedido a sus espaldas, al tiempo que sonaba a todo volumen algún tema de The Cure en sus auriculares.

lunes, 31 de diciembre de 2012

Promesas


Llega fin de año y todos aprovechan para sacarse pesos de encima (además de los pesos que ya se sacaron de encima comprando pirotecnia, que está bastante cara), y la mejor excusa que encuentran para desligarse de las responsabilidades es esa línea imaginaria que divide un año del otro. Entonces, llegados los primeros días de diciembre nadie quiere empezar nada nuevo ni emprender nuevas empresas, usando como excusa que el año que viene será mejor, y que es mejor empezar después de las fiestas.

Es entonces cuando se posponen proyectos, trabajos, clases, estudios médicos, visitas a parientes muy lejanos (a menos que vengan a pasar las fiestas con nosotros) o cualquier otro tipo de plan que no incluya pan dulce, regalos o un gordo blanco y rojo que profana la propiedad privada entrando a todas las casas del mundo por las chimeneas.

Por ende, la abuela dice que no es momento para ir al dentista a arreglarse los implantes dentales, así que pide doble ración de puré para la cena de nochebuena, el hijo mayor dedice posponer las clases de manejo, así que le pide al padre que después de las doce lo lleve a lo de los amigos (porque no hay otra forma de atravesar la ciudad) y emprenden un viaje muy parecido a la segunda guerra mundial. La tía alcohólica decide dejar de beber el año que viene, por lo que aprovecha para ir a la farmacia y vaciar la góndola del alcohol etílico.

Pero también existen los proyectos nuevos que uno piensa hacer (o por lo menos dice que piensa) en base a los errores cometidos en el año que está terminando. Así la gente dice "bueno, el año que viene me cambio de laburo" o "empiezo a estudiar medicina". Cosas que parecen olvidarse luego del brindis y no son mencionadas nunca más.

Muy pocos de los proyectos realmente se llevan a cabo, pero las esperanzas de la gente que los promete hacen creer que realmente pueden suceder. Y todos les creemos, e incluso intentamos convencernos a nosotros mismos que a partir de enero dejamos el alcohol, empezamos la dieta y nos ponemos las pilas en la facultad. El típico pensamiento de principio de año, "este año sí que voy a estudiar, no como el año pasado que me la pasé zafando" dura hasta medidados de marzo, donde comienzan las clases y nos damos cuenta que todo será igual y que somos los mismos vagos de siempre.

Supongo entonces, que el cerebro necesita pensar a modo de placebo que vamos a cambiar, para poder resetear la mente, en cierta forma, y empezar a mandarnos las mismas cagadas de siempre, con la emoción y la sorpresa de la primera vez.

Prometo que el año que viene no voy a ser tan ortiva y voy a dejar de criticar a todos como vieja en celo menopáusico.

¿Salud?

domingo, 23 de diciembre de 2012

Histeria de Navidad


¡La familia unida! Unida por costumbres, por tradiciones, por amistad, por enemistad y por muchas otras razones que casi obligan a la familia a reunirse. Desde afuera, es una postal amorosa: La abuela amasando los ravioles, las mujeres con hijos preparan el postre, los hombres van apilando leña junto a la bolsa de carbón, los niños juegan a la playstation y los bebés duermen plácidamente esperando la noche y su gran momento.

Pero vista desde adentro, la familia unida (o más bien, pegada a la fuerza por algún adhesivo de contacto) es casi como querer andar en un monociclo desinflado sobre un alambre de púas que une dos edificios de cuadras opuestas: Caés seguro. Y duele.

El momento por excelencia donde la familia "decide" (sí, entre comillas) reunirse, es fin de año, donde casualmente con pocos días de diferencia, festejamos navidad y año nuevo. Es ahí cuando la familia se instala en una casa, que todos los años es la misma, aunque el anfitrión siempre diga "che, el año que viene vayamos a lo de Hernán, que tiene una pileta grande y un patio enorme!". ¡Pero no! La tradición es la tradición, y la veintena de familiares acude con desesperación a la pequeña casa con una pelopincho para los niños y donde el mosquito más pequeño debe ser destruido con una nueve milímetros, para evitar que aparte de chuparnos la sangre nos robe las zapatillas.

Antes de que lleguen todos, mamá está histérica cambiando las cortinas de la cocina, porque dice que la tía Olga el año pasado dijo que no eran de buen gusto. No se por qué a mamá le importa tanto lo que dice la tía Olga, si al fin y al cabo ella siempre habla mal de todo el mundo. No sé si porque es soltera a sus setenta y tantos, o porque realmente es amarga como un limón verde. Papá está cortando el pasto con mi hermano Julián, que mira para adentro con ganas de tirarse a ver televisión, creo que quería ver un especial navideño de Patoruzú que estaban pasando por algún canal de los bajitos, pero siempre se ve con algo de lluvia y a veces engancha el radio de una agencia de remises que queda a tres cuadras. Mi hermana se prueba vestidos y esconde sus muñecas preferidas para que las mellizas no las destruyan cuando entren en su pieza a jugar. Todos están transpirados, a la defensiva, cuidando los detalles mínimos de la casa, de la comida, del parque y ya se escuchan los primeros gritos al aire de cosas que no salieron según lo esperado.

Al rato, empieza a sonar el timbre una y otra vez con breves intervalos de descanso. La familia comienza a reunirse lentamente. Mientras el tío Osvaldo llega con una mochila llena de explosivos envueltos en papel de diario -que mejor no diga dónde consiguió-, la tía Marga deposita una gran fuente de ensalada de frutas en la mesa mientras saluda con una sonrisa de plástico a todos. Mi hermano se pega a los explosivos y Osvaldo comienza a explicarle cómo funciona cada uno. Mamá aparece corriendo mientras grita que son unos salvajes, y aleja las pequeñas bombas ilegales de mi hermano, mientras maldice al tío.

Rato más tarde, aparecen por la puerta el Tío José y la Tía Mercedes, que vienen con la tía Olga apoyada en su bastón observando todo a su alrededor sin emitir palabra. La tía Olga en realidad es la tía de mamá, pero no le gusta que le digan abuela. Aparte ella nunca tuvo hijos, se ve que prefiere los sobrinos. Con ellos vienen las mellizas, alborotadas como siempre y jugando y peleando y jugando y peleando. Juegan y pelean tanto que a veces nadie distingue cuándo pelean y cuándo juegan, y la madre las reta por estar peleando, y ellas se quejan de haber estado jugando, pero cuando se pelean nadie les dice nada, porque aparentan jugar. Al verlas, mi hermana corre a su habitación a resguardar lo poco que quedaba afuera, pero es en vano porque enseguida las mellizas corren en su búsqueda y logran interceptarla antes de que guarde el auto deportivo de su muñeca, que ya está sellando su destino de juguete destruido.

Al ver tanta gente, mi hermano se encierra en su habitación y pone música a un volumen que le permita no escuchar a sus simpáticos familiares.

Pasado un rato, mientras papá y los tíos discuten sobre quién va a ir a buscar al abuelo este año, la tía Olga charla con mamá sobre las cortinas, mientras que la tía Mercedes aprovecha para llamar por teléfono a sus amigas. A escondidas, la tía Marga toma de una petaca que guarda disimuladamente en su bolsito.

Pasa el tiempo, la tarde, y empieza a caer el sol. El abuelo ya está en casa sentado en la cabecera de la mesa, charlando con la Tía Olga (Vale aclarar que el abuelo es el papá de papá, y que la tía Olga siempre le cayó muy bien. De hecho, creo que es la única persona que se acerca a hablarle, pero la Tía Olga siempre está con cara de perro). Creo que al final al abuelo lo fueron a buscar los tres juntos porque no se ponían de acuerdo, pero en el auto de José, que tiene gas y gasta menos.

La cena está servida. Pero no logran que las mellizas y mi hermana, que ya son como grandes amigas, se sienten a cenar. Mientras tanto, mamá le pega gritos a mi hermano que sigue con la música a todo volumen. La tía Marga, balbuceando, se ofrece a ir a buscarlo, y se levanta medio tambaleándose de la silla.

A los veinte minutos, y con mamá medio disgustada, empieza la cena. Todos hablan primero de sus anécdotas de la juventud, de la infancia, y van aproximándose en el tiempo hasta caer en la navidad pasada, cuando un globo cayó en el techo y casi prende fuego todo. Mamá, de lo exagerada que es, había llamado a los bomberos, que vinieron enseguida y el fuego ya se había apagado. Ahora ya no le creen nada.

Se empiezan a retirar los platos y con el postre, vienen las sidras. Mi hermano quiere abrir una, pero mamá no lo deja, diciendo que se puede sacar un ojo, y se la da a José, que empieza a forcejear mientras Mercedes sirve la ensalada de fruta en los potecitos. La Tía Marga, sin que nadie la vea, le echa un poco de su petaca a la ensalada sin mucha precisión, mientras Osvaldo charla con papá y el abuelo sigue elogiando a la Tía Olga.

El Tío José sigue forcejeando con la sidra, y Osvaldo se la arrebata de las manos para abrirla él con un repasador que había ido a buscar. Cuando la sidra se abre (Y José se siente mal por no haber podido) empiezan a llenarse los vasos y la cuenta regresiva comienza con la tele prendida, la radio prendida, la notebook prendida y todas las luces de la casa, prendidas. La Tía Marga ya casi no puede modular, y hace preguntas como "Ya llegó navidad a china?" mientras que Osvaldo la mira de reojo con cara seria, y nadie más los escucha. El abuelo se quedó dormido al lado de la Tía Olga, que sigue despierta, casi como nueva. Los chicos están en la mesa jugando a no se qué, mientras mamá y Mercedes juntan la mesa. Alguna copa se rompe, otro plato cae, murmullos, insultos bajitos, escoba, y empieza realmente la cuenta regresiva:

Diez!: Osvaldo corre a buscar la caja de pirotecnia.
Nueve!: La Tía Olga desparrama todas las pasas de uva en la mesa y empieza a contar doce lo más rápido posible. (Creo que nadie le avisó que eso es sólo para año nuevo)
Ocho!: Mamá se esconde por la cocina para buscar los regalos.
Siete!: Mi hermano se acerca al Tío Osvaldo para probar los cohetes.
Seis!: Mi hermana y las mellizas pelean por el auto y por un brazo de una muñeca que quedó en el piso.
Cinco!: Mamá vuelve corriendo con la cámara para sacar una foto grupal.
Cuatro!: José y Mercedes discuten porque José no pudo abrir la sidra y Mercedes rompió una copa y dejó el piso pegajoso.
Tres!: La Tía Olga se da cuenta que las cortinas de la cocina ahora están en el comedor, y lo grita en voz alta.
Dos!: Marga se tambalea y logra agarrarse de la silla.
Uno!: Mamá reúne a todos para la foto, y en el apuro no se da cuenta que el tío Osvaldo tiene un cohete en la mano.

¡FELIZ NAVIDAD!

Gritan todos mientras las nenas lloran porque rompieron todos los juguetes, José y Mercedes discuten a los gritos que se quieren separar, el abuelo ronca como nunca en su vida, la Tía Olga se atraganta con una pasa de uva mientras critica a viva voz las cortinas que vio el año pasado, el tío Osvaldo corre al baño a buscar una gasa porque le explotó un tumbaranchos en la mano, mientras papá llama a la ambulancia y mamá barre el piso frenéticamente, mientras la tía Marga baila semidesnuda sobre la mesa hasta vomitar sobre el abuelo, que durmiendo boca arriba, se atraganta y comienza a asfixiarse, mientras mi hermano aprovecha la confusión y se lleva la caja de cohetes, al tiempo que la Tía Olga se sirve más ensalada de fruta, a la que Marga le había echado Whisky, y mientras Olga comienza a marearse, papá viene diciendo que la ambulancia está en camino, al momento en que mi hermano prende mal una cañita voladora y se dispara justo a las cortinas que la Tía Olga odia, y comienza el fuego, y los gritos de José y de Mercedes, sumado a los de las chicas, no dejan a mamá llamar a los bomberos que de todos modos no le creen la historia por el incidente anterior. La tía Olga se queda dormida justo cuando el abuelo empieza a toser, y se dan cuenta que puede ahogarse con el vómito de Marga, que empieza a levantarse despeinada y confundida, al tiempo que mi hermano busca un lugar donde esconderse de mi mamá, que lo sigue a los gritos y choca con papá, que trae un balde de agua para apagar las cortinas que siguen prendiéndose fuego, y derriten el auto de mi hermana, que estaba unos metros atrás forcejeando con las mellizas, que peleaban con mi hermana pero no peleaban entre sí (estaban jugando), pero sin embargo Osvaldo les grita que se callen, pero ellas le responden que no es su padre, y siguen en lo suyo, mientras Osvaldo se venda la mano y se sienta medio ensangrentado a esperar la ambulancia, que no encuentra un buen lugar para estacionar porque José dejó mal su auto luego de ir a buscar al abuelo, que ahora se levantó para ir al baño y nadie se dió cuenta. La tía Olga se terminó la ensalada de frutas y al querer levantarse tropieza con un vidrio de la copa que se le cayó a Mercedes y cae, para agarrarse de las cortinas prendidas fuego, que ahora tocan la enslada de frutas de Marga llena de alcohol y comienzan a flamearse, al tiempo que mi hermano se esconde, mi mamá barre, Marga baila y mi papá trata de desenredar una manguera. Osvaldo le abre a los médicos de la ambulancia, mientras la habitación estalla en llamas, pero sale el abuelo del baño confundido y los médicos lo agarran a él creyendo que era el herido, y se lo llevan sin más. Osvaldo queda con su mano vendada y dolorida en el sillón, mientras que Olga se va durmiendo de a poco mientras maldice a las cortinas -que ahora son de fuego-, José y Mercedes agarran de los pelos a las mellizas y se van discutiendo, mamá barre frenéticamente el piso mientras papá y mi hermano van apagando el fuego. Mi hermana llora los restos de su auto de juguete, mientras Marga vomita en el baño y se queda también dormida.

Al día siguiente, la casa es un caos, pero se logran rescatar las sobras del día anterior. Comen en un silencio atroz, donde cualquier comentario puede disparar una discusión, un dolor de cabeza, o una cara no deseada de cualquiera de los comensales. Al pasar la tarde, el humor va mejorando, y para las cinco, donde todos se despiden, alguno al saludar dice "bueno, será hasta el año que viene", y ahí es cuando papá, abrazado tiernamente a mamá, responde:

- ¡Che! ¡Pero vengan la semana que viene a festejar año nuevo!

lunes, 17 de diciembre de 2012

Regalados


Navidad es una época donde todos se regalan cosas entre sí. Regalar es algo casi de compromiso, sobre todo para aquellos que sabemos que nos van a regalar algo, y si bien el valor del regalo no importa ya que es la acción lo que cuenta, muchas veces perdemos la fe en la humanidad cuando por ejemplo, nos encontramos con un par de medias, es decir, por el mismo valor que ese par de medias, me podrían haber regalado caramelos, pero claramente, un par de medias es algo que nadie quiere encontrarse bajo el arbolito.

Luego, tenemos distintos regalos de mal gusto que paso a detallar:

- Si a mamá le regalás un electrodoméstico, una escoba, una cacerola o una plancha, es como si a un obrero egipcio, de esos que construían las pirámides, le regalaras un bloque de piedra de una tonelada, nuevito nuevito, listo para ser subido cuesta arriba al ritmo de los latigazos. (Esto también equivale a regalarle herramientas a papá).

- Si te regalan plata, existen dos variantes: Esa persona claramente no te conoce (porque quizás sólo te vea forzadamente en navidad) o no tuvo tiempo/ganas de comprarte algo, entonces te da la posibilidad de que inviertas en lo que quieras. No es malo, pero es algo que no tuvo esfuerzo ni creatividad.

- Si te regalan ropa, entrás en una complicación: Si la prenda no te gusta y querés cambiarla, deberás hacerlo en secreto. Si no te ves mucho con la persona que te la regaló, bien, pero si por ejemplo, es tu abuela y la ves todos los domingos, TODOS LOS DOMINGOS va a preguntar si te pusiste el saquito que te trajo Papá Noel. Si nunca lo ve, va a sospechar y podés quedar mal y jamás volverá a amasar para vos. Pensalo. La otra opción, claramente, es quedarse con la prenda horrible y bancarsela, cosa que a veces no viene mal.

- Si alguien que no es tu pareja te regala ropa interior (de cualquier índole), ¡CORRÉ! ¡ES UNA TRAMPA! (Más aún si lo hace frente a tus familiares / conocidos).

Si te regalan desodorante / perfume, seguramente es porque olés mal. No les des el gusto de usarlo y empezá a ir a correr todas las mañanas sin bañarte luego, en señal de protesta.

Si te regalan algo totalmente inútil, como por ejemplo un llavero, simplemente debemos encontrar el domicilio del regalador y romperle todos los vidrios de las ventanas a piedrazos. Captará el mensaje inmediatamente y jamás volverá a regalar llaveros a nadie.

Como vemos, el hecho de regalar va más allá del dinero que uno pueda o quiera gastar en algo que va a trascender sus manos y pasar a otras para siempre, sino que tiene que ver con la creatividad. Por eso mismo, a todos los que regalan herramientas, llaveros, lapiceras, medias, perfumes, ropa, plata e incluso algunas otras cosas de mal gusto que no quisiera mencionar, les doy como consejo que se hagan budistas y no regalen nada. De todos modos, aunque sean budistas, algo de pan dulce les van a convidar, y hasta es posible que les compartan los cohetes ilegales envueltos en papel de diario que el tío compró para destruir el cielo cuando cuenten las doce (y que de hecho, esos cohetes costaron más que todos los regalos que pueden encontrar debajo del arbolito, y es muy probable que haya sido ese mismo tío que, por haber gastado tanto en explosiones luminosas de un segundo, haya comprado llaveros, medias, lapiceras, herramientas y ropa interior a último momento y con las últimas monedas que tenía).

¡Salud!

jueves, 6 de diciembre de 2012

La Frontera Vertical

Sus labios perfilados se contraen para dejar escapar un silbido corto, manteniendo su espesor en el aire que ahora explota en breve sinfonía de color. Las aves acuden a su llamado, voraces y nerviosas, esperando al invocador que ahora se ve impaciente. Con ellas a su alrededor, busca traspasar la frontera vertical, y con los pájaros atados a su abrigo, asciende hasta tocar las nubes. Sus pieles van cayendo de a poco hasta que sus dedos se desprenden. Las articulaciones se invierten. Los ojos se achican y la nariz se fusiona con su boca. Los pelos de su cabeza cubren su cuerpo, al tiempo que van bifurcándose y transformándose en plumas.

lunes, 3 de diciembre de 2012

Odio IX (Te llueve, te llueve)


Odio a los que hablan de un equipo de fútbol como "nosotros": Ustedes no jugaron! Gritar como desaforado no colabora en la victoria/derrota del equipo.

Odio a los que se despiden diciendo "estamos en contacto": En contacto te voy a poner con un enchufe, a ver qué te parece. Pelotudo.

Odio los que ponen cosas arriba de las sillas: Las sillas son para sentarse. No para sentar la cartera. Ni la plancha. Ni al perro. Ni los apuntes. Ni a las viejas.

Odio los forros que van en motos pequeñas haciendo ruido ensordecedor: Putos! (Y más si la hacen explotar, como está de moda en estos días).

Odio los que le cambian el sentido a la palabra "rica": "Qué rica chica!" oh por dios! Es como querer hacerse el buena onda por tener ochenta años y quedar como un idiota.

Odio a la gente que grita en el teléfono: Si vos no escuchás porque estás en el bondi, o porque el auricular no se escucha lo suficientemente alto, no quiere decir que al otro le esté pasando lo mismo. AAAAAAAAAAAAAAAAAAA

Odio los blogs que tienen música de fondo: Me destruyen los mejores temas y hasta me asustan. Tengo miedo.

Odio los Keygen con música. Déjenme piratear en paz: Me asustan más que los anteriores a veces, y suelen delatar ciber-actividades delictivas.

Odio levantarme temprano: Simplemente no me cabe viejo.

Odio a los que dicen que odian a Facebook... en facebook. 

Odio los que se quejan del gobierno en las redes sociales: ¡Como si la presidenta estuviera pendiente de eso! Vayan a quejarse a plaza de mayo... cagones!

Odio las verrugas: Simplemente la odio.

Odio a la gente que habla fuerte: No hace falta gritar todo el tiempo, ¡POR FAVOR! ¡ME IRRITAN!

Odio hablar por teléfono: El teléfono debería ser sólo para pedir un remis o una pizza, o comida china que está buenísima, y no para hablar tres horas sobre qué hice en cada momento del día!

Odio que se me mojen las medias un día de lluvia: Como he escrito anteriormente... es un bajón. De los feos.

Odio a los que nunca contestan los mensajes: Siempre nos ponen en jaque y debemos ser quienes llamemos, para que ellos, señores no-contestadores, no gasten su maldito crédito.

Odio las verrugas: Sí, de nuevo. En el mismo odio. ¡Déjenme en paz!

Odio que el mínimo del aire acondicionado sea siempre 17: A veces tengo más calor que el que puede ser destruido con 17 grados.

Odio a los que escriben todo en mayúscula y sin signos de puntuación: "HOLA COMO ESTAS TODO BIEN ME PODES PASAR EL PRESUPUESTO QUE ME MANDASTE EL OTRO DIA PORQUE SE ME PERDIO ENTRE TANTOS PAPELES QUE TENGO MUCHAS GRACIAS Y QUE TENGAS UN LINDO FIN DE SEMANA LARGO.". Lo peor es que por lo general es gente que tiene un buen trabajo y gana muy bien. Los odio doblemente.

Odio los dedos de los pies: Son deformes y deberían desaparecer... quizá nos vendría bien algún tipo de pezuña, o dos dedos nomás... Naturaleza, vos fijate, que me estás empezando a irritar.


¡Viva Odiar!

Y sigan odiando en: http://www.paradoenelabismo.com/search/label/odio

Y ódienme por Facebook:  http://www.facebook.com/paradoenelabismo

Cha!




viernes, 30 de noviembre de 2012

Pregunta Cósmica

¿Las cebras son blancas y negras o negras y blancas?

jueves, 22 de noviembre de 2012

El Jugador


Se acodó lentamente sobre la mesa, dejando la cabeza suspendida entre sus manos, que formaban un triángulo hacia el piso, mientras miraba fijamente como todos se alejaban un paso de la mesa, y aquél hombre de traje blanco, rojo y negro, que muchas veces habría sabido ser su peor enemigo, y tantas otras su angel de la guarda, empezaba a hacer rodar la pequeña pelotita blanca en sentido contrario al que giraba la ruleta.

De nuevo en la misma situación. En sesenta de sus ochenta años, había tenido altas y bajas, pero su mayor disfrute era el extremo, el todo o la nada. Recordaba entonces su infancia pobre, los zapatos remendados, la ropa gastada, la comida insípida, los gatos, los miles de gatos que coleccionaba su familia, sus cinco hermanos y sus tres hermanas, de los que por fin se había podido alejar cuando descubrió su talento.

Mientras la pelotita giraba frenéticamente y los casilleros negros y rojos se fundían en un solo color gracias a la velocidad, recordó aquél día en que ganó sus primeros cinco pesos en aquel puestito de la calle, donde un hombre desafiaba a adivinar las cartas. Nadie había podido vencerlo, excepto él. Primero una vez, que
intuyó fue la suerte. Dos veces seguidas, suerte de principiante. Tres veces seguidas, para despertar el asombro de todos, incluyéndose a sí mismo.

Su vida, su escape, fue jugar sin parar. Apostaba siempre en puestos callejeros, se metía en problemas, y lograba escapar, siempre bien, siempre legal. A los veinticinco años había ganado una pequeña fortuna, que seguía apostando. La bebida, el tabaco, el éxito, todo pendía siempre de un ligero hilo. Y lo perdió todo, y sin embargo nunca se rindió, y volvió a ganar, y así también volvió a perder.

Mientras los demás jugadores se mordían los codos, expectantes del destino de sus fichas, él seguía firme, seguro, acodado en el marco de madera oscura de la mesa que lo sostenía.

Sabía que de un momento a otro todo se podía ir, y a pesar de su edad y de su condición, no había nada que lo hiciera sentir más vivo que esos diez o quince segundos de esperar que empezaban a correr cuando la pelota iniciaba el recorrido fugaz de su órbita. Los segundos eran puñales que se clavaban en su cuerpo, pero a su vez, también podrían darle los recursos para curar esas mismas heridas. Se relamía con indiferencia en la situación, los grises jamás habían sido lo suyo, y este caso no fue la excepción. Sostenía que jugar de a poco era morir tímidamente, sin el placer y la emoción que él sabía encontrar en el escaso girar de una esfera blanca.

Y así fue, como ese pequeño levitar cesó su marcha, y la verdad golpeó con su mejor estocada.

- Veintitrés rojo.

Lentamente se incorporó, se puso de pie totalmente erguido, sacándose el reloj de la muñeca y los zapatos importados de los pies, y con una inmensa naturalidad y una admirable calma, los puso arriba de la mesa junto a las llaves de su auto. Del bolsillo de su pantalón, sacó un par de monedas, que contó en la palma de su mano, como enumerando botones, para volver a ponerlas en un sólo movimiento dentro de su bolsillo, sonrió al tiempo que asentía con la cabeza al croupier y tras una lenta media vuelta, se fue caminando, viejo y descalzo, hacia la salida del gran casino.