-¡Entonces andate a la mía!
domingo, 20 de julio de 2014
lunes, 14 de julio de 2014
DO-MIN-GO
Como es sabido, los domingos son días agridulces que presentan una serie de sabores que se mezclan y entreveran para formar así veinticuatro horas con distintas gamas, tonalidades y sentimientos. Vamos a proceder a dividir al domingo en tres grandes partes.
DO:
Comprende desde las 00hs hasta entre las 4 y las 6 de la mañana. Muchos, al empezar el DO ya están en medio del tobogán de la alegría, habiendo realizado un pequeño ritual durante las últimas horas del sábado, que entre cena y post-cena, los han hecho quedar en lo que suele llamarse "Punto Caramelo". Esta, es la hora pico del domingo -y también del fin de semana entero-, porque los domingos empiezan explotando en medio de una salida destructiva en la que nos vemos inmersos, rodeados por música, sustancias que alteran nuestra percepción y música confusa, que va en crescendo hasta que, luego del summum de la noche, va cayendo en picada como nuestros párpados y sentimos desde lejos el llamado de la cama, que nos atrae imantados para caer como adoquín en el agua y perder el conocimiento hasta el siguiente momento del día.
MIN:
Un domingo normal es aquel en el que nuestros ojos se abren no antes de las 12 del mediodía, inaugurando la segunda etapa que comienza al separar nuestros párpados hasta aproximadamente las 18hs. Apenas empieza, MIN nos recibe con la boca seca, un agradable dolor de cabeza punteagudo, algunos recuerdos confusos de los que fue el DO, e imágenes que van apareciendo de a poco como flashes de algo incierto. Tenemos todos los miembros aún, ninguna cicatriz en el abdomen, la billetera -aunque más flaca que anoche- y el celular en perfecto estado. La ropa en el piso, la puerta entreabierta y signos de que estuvimos peleando con las sábanas para poder taparnos. Todo va de acuerdo al plan.
Aunque sea el mediodía, en esta etapa del domingo almorzar es opcional, y depende exactamente de la intensidad del DO. Si ha sido uno leve, podemos afrontar una tira de asado precedida por un choripán. Si la intensidad del DO fue media, apelaremos a la ensalada o a unos fideos con manteca. Pero si DO fue catastrófico, debemos dar gracias de poder estar sentados en la mesa con los ojos abiertos y el estómago por hacer erupción. Cualquiera sea el caso, luego del almuerzo -familiar o en soledad- viene la etapa más linda del domingo. La segunda parte del MIN es a partir de las 14, 15hs y es un momento de optimismo desmesurado, que nos hace olvidar qué día de la semana es, colocándolo en el puesto número uno del momento menos productivo pero más relajante de la semana. Durante la segunda mitad del MIN, podemos elegir si dormir una siesta (también dependiendo la intensidad del DO, la siesta es opcional u obligatoria),
ver una película, salir a tomar mates con amigos (esta opción es nula si el DO fue catastrófico) o tirarse en una reposera a ver crecer el pasto.
A eso de las 18 todo empieza a ponerse gris conforme la noche va avanzando.
GO:
A partir de as 18 y hasta las 23.59 del Domingo, nos encontramos en la etapa GO, que a pesar de su significado en inglés, -avanzar, ir- esta etapa es todo lo contrario. Nos volvemos lentos, caemos en la realidad espesa de que mañana comienza nuevamente la rutina, y el optimismo generado en MIN va cayendo en picada, destrozándose a medida que pasan los minutos haciendo que nos preguntemos "por qué
no hice otra cosa en vez de hacer eso que hice", cuestionando aquella elección que tomamos en MIN -sea cual sea- y pensar qué hubiera pasado si en vez de ver esa película hubiéramos salido a ver el sol.
Conforme va cayendo el optimismo se acerca la cena, una cena triste, con poca conversación entre los comensales -usualmente sobre las tareas a realizar el lunes- y rápida, porque todos luego quieren bañarse al mismo tiempo, el calefón transpira porque no da a basto y gana siempre el primero en entrar al baño como si fuera a anotar un try en un partido de Rugby.
Luego del baño se genera una meseta. Aproximadamente entre las 22 y las 23 del GO (a veces hasta las 22.30) tenemos un pequeño momento de relax, seguido por la caída final y la entrada absoluta en razón: Mañana es lunes. No hay nada que hacer. Una vez que hayamos salido de la meseta y entrado en razón, todo está perdido, sólo debemos dejarnos llevar por las sábanas, que nos envolverán con su calor para que empecemos la rutina como todos los lunes: Hechos mierda, con los ojos pegados y el hígado en la mano, pero siempre teniendo en la mente la cuenta regresiva para encontrarnos de nuevo con el próximo fin de semana.
DO:
Comprende desde las 00hs hasta entre las 4 y las 6 de la mañana. Muchos, al empezar el DO ya están en medio del tobogán de la alegría, habiendo realizado un pequeño ritual durante las últimas horas del sábado, que entre cena y post-cena, los han hecho quedar en lo que suele llamarse "Punto Caramelo". Esta, es la hora pico del domingo -y también del fin de semana entero-, porque los domingos empiezan explotando en medio de una salida destructiva en la que nos vemos inmersos, rodeados por música, sustancias que alteran nuestra percepción y música confusa, que va en crescendo hasta que, luego del summum de la noche, va cayendo en picada como nuestros párpados y sentimos desde lejos el llamado de la cama, que nos atrae imantados para caer como adoquín en el agua y perder el conocimiento hasta el siguiente momento del día.
MIN:
Un domingo normal es aquel en el que nuestros ojos se abren no antes de las 12 del mediodía, inaugurando la segunda etapa que comienza al separar nuestros párpados hasta aproximadamente las 18hs. Apenas empieza, MIN nos recibe con la boca seca, un agradable dolor de cabeza punteagudo, algunos recuerdos confusos de los que fue el DO, e imágenes que van apareciendo de a poco como flashes de algo incierto. Tenemos todos los miembros aún, ninguna cicatriz en el abdomen, la billetera -aunque más flaca que anoche- y el celular en perfecto estado. La ropa en el piso, la puerta entreabierta y signos de que estuvimos peleando con las sábanas para poder taparnos. Todo va de acuerdo al plan.
Aunque sea el mediodía, en esta etapa del domingo almorzar es opcional, y depende exactamente de la intensidad del DO. Si ha sido uno leve, podemos afrontar una tira de asado precedida por un choripán. Si la intensidad del DO fue media, apelaremos a la ensalada o a unos fideos con manteca. Pero si DO fue catastrófico, debemos dar gracias de poder estar sentados en la mesa con los ojos abiertos y el estómago por hacer erupción. Cualquiera sea el caso, luego del almuerzo -familiar o en soledad- viene la etapa más linda del domingo. La segunda parte del MIN es a partir de las 14, 15hs y es un momento de optimismo desmesurado, que nos hace olvidar qué día de la semana es, colocándolo en el puesto número uno del momento menos productivo pero más relajante de la semana. Durante la segunda mitad del MIN, podemos elegir si dormir una siesta (también dependiendo la intensidad del DO, la siesta es opcional u obligatoria),
ver una película, salir a tomar mates con amigos (esta opción es nula si el DO fue catastrófico) o tirarse en una reposera a ver crecer el pasto.
A eso de las 18 todo empieza a ponerse gris conforme la noche va avanzando.
GO:
A partir de as 18 y hasta las 23.59 del Domingo, nos encontramos en la etapa GO, que a pesar de su significado en inglés, -avanzar, ir- esta etapa es todo lo contrario. Nos volvemos lentos, caemos en la realidad espesa de que mañana comienza nuevamente la rutina, y el optimismo generado en MIN va cayendo en picada, destrozándose a medida que pasan los minutos haciendo que nos preguntemos "por qué
no hice otra cosa en vez de hacer eso que hice", cuestionando aquella elección que tomamos en MIN -sea cual sea- y pensar qué hubiera pasado si en vez de ver esa película hubiéramos salido a ver el sol.
Conforme va cayendo el optimismo se acerca la cena, una cena triste, con poca conversación entre los comensales -usualmente sobre las tareas a realizar el lunes- y rápida, porque todos luego quieren bañarse al mismo tiempo, el calefón transpira porque no da a basto y gana siempre el primero en entrar al baño como si fuera a anotar un try en un partido de Rugby.
Luego del baño se genera una meseta. Aproximadamente entre las 22 y las 23 del GO (a veces hasta las 22.30) tenemos un pequeño momento de relax, seguido por la caída final y la entrada absoluta en razón: Mañana es lunes. No hay nada que hacer. Una vez que hayamos salido de la meseta y entrado en razón, todo está perdido, sólo debemos dejarnos llevar por las sábanas, que nos envolverán con su calor para que empecemos la rutina como todos los lunes: Hechos mierda, con los ojos pegados y el hígado en la mano, pero siempre teniendo en la mente la cuenta regresiva para encontrarnos de nuevo con el próximo fin de semana.
jueves, 10 de julio de 2014
Otoño Perverso
El otoño nos presenta, dándonos una cachetada en la mejilla, al señor Frío, quien llega de a poco, de a poco, bajando la temperatura hasta que un día televantásalamañanay ¡PUM! De 10 grados pasás a sentir 1.
La cama nos encadena, pero como una fuerza liberadora, llega la rutina con un alicate tamaño industrial para liberarnos, y decirnos casi con una caricia "Dale pibe, salí de ese lugar perfecto donde te encontrás y enfrentate al mundo real". El mundo real duele, sobre todo cuando sentimos esa espada de 1 grado (o menos) atravesarnos instantáneamente en el segundo que ondeamos las sábanas para salir de nuestro hermoso y cálido campo de fuerza.
Pero como el otoño sabe que sufrimos, y se alegra macabramente con nuestro sufrimiento, sube el termostato diez grados pasado el mediodía, y nos hace transpirar no sólo por nuestros abrigos (que suelen ser exageradamente abultados y exageradamente muchos) y entramos en la terrible desición al volver camino a casa: ¿Me lo dejo todo puesto y hago de mi cuerpo un sauna, o meto todo en la mochila y creo una especie de Bomba Nuclear de fibra de algodón a punto de explotar?
Cada uno tendrá sus opiniones respecto a una desición u otra, lo interesante es que cualquiera que nos guste, va a tener grandes desventajas, pero sólo una cosa a favor: Mantenernos calientes una hora (como mucho) durante la mañana. ¿Es esto negocio?
El primer frío del año suele ser el más doloroso, donde decimos "¡Uh! ¡Cierto que el frío existía!" y nos tiramos el placard encima por la mañana, y por la tarde nos queremos morir, y le pedimos a todos los dioses que inventen ya la teletransporación por lo menos para que nuestros abrigos aparezcan en casa sin tener que sufrir una hora o más en un transporte público cargando con diez kilos de campera.
Algunos, optamos a veces en dejar algo de ropa en nuestro lugar de trabajo, para que la vuelta no sea tan complicada, pero muy en el fondo sabemos que tarde o temprano ese buzo tendrá que volver, de forma que no solucionamos el inconveniente, sino que atrasamos unos días nuestro pesar.
¡Pero no te preocupes! Antes de hacer una horca con la bufanda y colgarte del ventilador de techo, pensalo. Abriguémonos conscientemente... Sabemos, (y SIEMPRE sabemos) que el frío va a durar poco en esta época y que el otoño sólo nos está jugando una mala pasada. Le gusta inspirarnos temor, y nos acostumbra un poco al frío, dándonos tres días de un frío matutino insoportable y el siguiente, un calor casi primaveral, que nos mete la incertidumbre por la oreja, y desconfiamos: "Mmm, mejor me llevo un saquito por si refresca" y obviamente, nunca lo hace.
Así que para evitar estas jugarretas a las que el tiempo nos expone, vamos a aclimatarnos lentamente. Sientan un poco el frío que no viene mal, abríguense a conciencia para evitar bondis repletos de mochilas abultadas, paraguas (porque muchos asocian el frío con la lluvia) y gente transpiradas con tres grados bajo cero (los aromas mezclados en los bondis/trenes suelen ser peores cuando hace frío que en pleno verano).
No tengan miedo en abrir un poquito la ventanilla del bondi para que corra aire. Recuerden que también necesitamos respirar.
¡Brindemos por un otoño con menos abrigo!
Y obvio, por un invierno en el que todo andemos en remerita.
----------------------------
Escrito para Revista Clap!
La cama nos encadena, pero como una fuerza liberadora, llega la rutina con un alicate tamaño industrial para liberarnos, y decirnos casi con una caricia "Dale pibe, salí de ese lugar perfecto donde te encontrás y enfrentate al mundo real". El mundo real duele, sobre todo cuando sentimos esa espada de 1 grado (o menos) atravesarnos instantáneamente en el segundo que ondeamos las sábanas para salir de nuestro hermoso y cálido campo de fuerza.
Pero como el otoño sabe que sufrimos, y se alegra macabramente con nuestro sufrimiento, sube el termostato diez grados pasado el mediodía, y nos hace transpirar no sólo por nuestros abrigos (que suelen ser exageradamente abultados y exageradamente muchos) y entramos en la terrible desición al volver camino a casa: ¿Me lo dejo todo puesto y hago de mi cuerpo un sauna, o meto todo en la mochila y creo una especie de Bomba Nuclear de fibra de algodón a punto de explotar?
Cada uno tendrá sus opiniones respecto a una desición u otra, lo interesante es que cualquiera que nos guste, va a tener grandes desventajas, pero sólo una cosa a favor: Mantenernos calientes una hora (como mucho) durante la mañana. ¿Es esto negocio?
El primer frío del año suele ser el más doloroso, donde decimos "¡Uh! ¡Cierto que el frío existía!" y nos tiramos el placard encima por la mañana, y por la tarde nos queremos morir, y le pedimos a todos los dioses que inventen ya la teletransporación por lo menos para que nuestros abrigos aparezcan en casa sin tener que sufrir una hora o más en un transporte público cargando con diez kilos de campera.
Algunos, optamos a veces en dejar algo de ropa en nuestro lugar de trabajo, para que la vuelta no sea tan complicada, pero muy en el fondo sabemos que tarde o temprano ese buzo tendrá que volver, de forma que no solucionamos el inconveniente, sino que atrasamos unos días nuestro pesar.
¡Pero no te preocupes! Antes de hacer una horca con la bufanda y colgarte del ventilador de techo, pensalo. Abriguémonos conscientemente... Sabemos, (y SIEMPRE sabemos) que el frío va a durar poco en esta época y que el otoño sólo nos está jugando una mala pasada. Le gusta inspirarnos temor, y nos acostumbra un poco al frío, dándonos tres días de un frío matutino insoportable y el siguiente, un calor casi primaveral, que nos mete la incertidumbre por la oreja, y desconfiamos: "Mmm, mejor me llevo un saquito por si refresca" y obviamente, nunca lo hace.
Así que para evitar estas jugarretas a las que el tiempo nos expone, vamos a aclimatarnos lentamente. Sientan un poco el frío que no viene mal, abríguense a conciencia para evitar bondis repletos de mochilas abultadas, paraguas (porque muchos asocian el frío con la lluvia) y gente transpiradas con tres grados bajo cero (los aromas mezclados en los bondis/trenes suelen ser peores cuando hace frío que en pleno verano).
No tengan miedo en abrir un poquito la ventanilla del bondi para que corra aire. Recuerden que también necesitamos respirar.
¡Brindemos por un otoño con menos abrigo!
Y obvio, por un invierno en el que todo andemos en remerita.
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Escrito para Revista Clap!
miércoles, 25 de junio de 2014
El Cosmos Nos Conecta
ADVERTENCIA:
Este artículo puede tener contenido demasiado místico para algunas personas. Abstenerse de su lectura los que no creen en nada, los que creen en todo, y aquellos a los que todavía les resulta curiosa la comparación y similitud entre las palabras "Casualidad" y "Causalidad".
Es verdad que estamos hechos de estrellas. De hecho, es sabido que las partículas jamás se destruyen, sino que desintegran sus uniones para formar nuevas, y así, nuevos elementos. De hecho, las partículas que nos forman a nosotros alguna pudieron ser parte de un rayo de luz, de un dinosaurio o de la piel seca que se le cae a la gente esa que siempre anda perdiendo piel por ahí.
Dicho esto, podemos asegurar que hay personas que se toman este tipo de conexiones DEMASIADO en serio, y en un intento por comprender la raza humana y toda su mística, asegura que hay exactamente doce tipos de personas. ¿Doce? Doce. Uno por cada signo zodiacal, claro está.
Tenemos entonces este tipo de pensamiento que cataloga a los seres humanos según el día de su nacimiento, que mágica al haber pisado el mundo en ese momento automáticamente venimos seteados como una computadora por defecto con cierta configuración de humor, de gustos y de relación con otras personas.
"¡Claro! ¡Mirá como se enoja! Eso es porque es de Leo", tenemos que escuchar muchas veces. "Él es tranquilo porque es de Tauro" murmura una abuela cuando la otra le habla de su nieto. Y así, empezamos a devastarnos y degradarnos como seres humanos, de forma tal que si sos de TAL signo, es obvio que tenés que actuar de TAL manera.
¡Pero esta gente piensa en todo! Por lo que no tenemos escapatoria cuando queremos encontrar una falla en su perfecto sistema de configuración humana: "Todos los de Escorpio son hábiles para los negocios" dice una señora. "Yo soy de Escorpio y jamás me fue bien..." responde un ser humano, titubeando. "Pero en qué año naciste?" Responde la señora con seguridad. "En 1987" contesta el humano. "¡Claro! Ese año dominaba la tercer luna de Júpiter y la luz daba en el eucalipto que había en la 9 de Julio, al lado del bar Don Gregorio, y por eso es obvio que sos un escorpiano que no va con esa regla". Y así nos sentimos más y más destinados a ser algo que no sabíamos que éramos pero que seguramente nunca seremos. ¿O no?
Están también aquellos que no son especialistas en el tema, pero categorizan constantemente a las personas que los rodean tratando de relacionarlos astronómicamente. "¿NAAAA SOS DE LEO? ¡MI PRIMO ES DE LEO!" dice exaltada la dueña de casa. "Ah..." decís vos. -findelaconversación- (Y ni hablar del famoso NO CAEMOS DE CULO que los capricornianos sabrán comprender).
También abundan aquellos molestos que asocian negativamente a las personas por su signo: "Ah no, mirá, no podemos estar juntos, porque sos de Piscis, y mi ex era de Piscis, y creo que la gente de Piscis me va a lastimar siempre" te dice la chica con la que querés estar, mientras vos lentamente le contás las falanges de los dedos para calcular cuántos pedacitos quedarías si se las vas cortando de a una.
También está la virtud de este campo, que supone cierta motivación a personas que creen en este método, por ejemplo "Sos de Aries? Intentá haciendo Bungee Jumping, los de Aries son buenos en eso." Después obviamente esa vieja que nos recomendó hacer tal actividad no viene a nuestro funeral, por miedo a que la lapiden ahí mismo y sean dos funerales en vez de uno.
Entonces, esto de creer o reventar ya lleva varias explosiones dentro de nuestra sociedad, y aunque muchos todavía eligen la mística de creer, compran sus cartas astrales para que los guíen por un buen camino, leen su fortuna para anticiparse a aquellos problemas que se vienen y sacar piedras del camino antes que desaparezcan y se hacen dependientes de esto como si fuera una droga de las más intravenosas, nunca, jamás, nunca van a saber lo lindo, la hermosa sensación que sentimos aquellos a los que no nos importa cuál
va a ser nuestro futuro, pero aún así lo esperamos al pie del cañón, nosotros, los que siempre elegimos reventar.
Este artículo puede tener contenido demasiado místico para algunas personas. Abstenerse de su lectura los que no creen en nada, los que creen en todo, y aquellos a los que todavía les resulta curiosa la comparación y similitud entre las palabras "Casualidad" y "Causalidad".
Es verdad que estamos hechos de estrellas. De hecho, es sabido que las partículas jamás se destruyen, sino que desintegran sus uniones para formar nuevas, y así, nuevos elementos. De hecho, las partículas que nos forman a nosotros alguna pudieron ser parte de un rayo de luz, de un dinosaurio o de la piel seca que se le cae a la gente esa que siempre anda perdiendo piel por ahí.
Dicho esto, podemos asegurar que hay personas que se toman este tipo de conexiones DEMASIADO en serio, y en un intento por comprender la raza humana y toda su mística, asegura que hay exactamente doce tipos de personas. ¿Doce? Doce. Uno por cada signo zodiacal, claro está.
Tenemos entonces este tipo de pensamiento que cataloga a los seres humanos según el día de su nacimiento, que mágica al haber pisado el mundo en ese momento automáticamente venimos seteados como una computadora por defecto con cierta configuración de humor, de gustos y de relación con otras personas.
"¡Claro! ¡Mirá como se enoja! Eso es porque es de Leo", tenemos que escuchar muchas veces. "Él es tranquilo porque es de Tauro" murmura una abuela cuando la otra le habla de su nieto. Y así, empezamos a devastarnos y degradarnos como seres humanos, de forma tal que si sos de TAL signo, es obvio que tenés que actuar de TAL manera.
¡Pero esta gente piensa en todo! Por lo que no tenemos escapatoria cuando queremos encontrar una falla en su perfecto sistema de configuración humana: "Todos los de Escorpio son hábiles para los negocios" dice una señora. "Yo soy de Escorpio y jamás me fue bien..." responde un ser humano, titubeando. "Pero en qué año naciste?" Responde la señora con seguridad. "En 1987" contesta el humano. "¡Claro! Ese año dominaba la tercer luna de Júpiter y la luz daba en el eucalipto que había en la 9 de Julio, al lado del bar Don Gregorio, y por eso es obvio que sos un escorpiano que no va con esa regla". Y así nos sentimos más y más destinados a ser algo que no sabíamos que éramos pero que seguramente nunca seremos. ¿O no?
Están también aquellos que no son especialistas en el tema, pero categorizan constantemente a las personas que los rodean tratando de relacionarlos astronómicamente. "¿NAAAA SOS DE LEO? ¡MI PRIMO ES DE LEO!" dice exaltada la dueña de casa. "Ah..." decís vos. -findelaconversación- (Y ni hablar del famoso NO CAEMOS DE CULO que los capricornianos sabrán comprender).
También abundan aquellos molestos que asocian negativamente a las personas por su signo: "Ah no, mirá, no podemos estar juntos, porque sos de Piscis, y mi ex era de Piscis, y creo que la gente de Piscis me va a lastimar siempre" te dice la chica con la que querés estar, mientras vos lentamente le contás las falanges de los dedos para calcular cuántos pedacitos quedarías si se las vas cortando de a una.
También está la virtud de este campo, que supone cierta motivación a personas que creen en este método, por ejemplo "Sos de Aries? Intentá haciendo Bungee Jumping, los de Aries son buenos en eso." Después obviamente esa vieja que nos recomendó hacer tal actividad no viene a nuestro funeral, por miedo a que la lapiden ahí mismo y sean dos funerales en vez de uno.
Entonces, esto de creer o reventar ya lleva varias explosiones dentro de nuestra sociedad, y aunque muchos todavía eligen la mística de creer, compran sus cartas astrales para que los guíen por un buen camino, leen su fortuna para anticiparse a aquellos problemas que se vienen y sacar piedras del camino antes que desaparezcan y se hacen dependientes de esto como si fuera una droga de las más intravenosas, nunca, jamás, nunca van a saber lo lindo, la hermosa sensación que sentimos aquellos a los que no nos importa cuál
va a ser nuestro futuro, pero aún así lo esperamos al pie del cañón, nosotros, los que siempre elegimos reventar.
martes, 10 de junio de 2014
Nota Editorial #11
Un abismo es como una bola de nieve, que se derrite si se queda quieta, pero en movimiento va creciendo hasta estrellarse en un todo y lo hace nada. Contrario a la nieve, el abismo carece de volumen, puesto que es un espacio vacío, y al girar, agrandarse y estrellarse contra la nada, crea todo.
Hoy se cumplen seis años desde que el abismo empezó a girar y tan vacío está que dejó pequeños todos en el camino, esos todos, algunos se derritieron, otros giraron hasta chocar con otros todos y hacerlos nada y esas nadas, pequeñas abismas, crecieron y rompieron y borraron y crecieron y crearon y sus clústeres hoy siguen rodando, aunque algunos se derritan.
Gracias por permanecer dentro de esta burbuja de nada, que es Parado En El Abismo, para chocarse, golpearse y destruirse y transformarla en un todo.
Seis años de nada, ¡y por muchos más de todo!
Pasen por el FACEBOOK que hay unos concursos interesantes para quienes quieran ganarse el Volumen 2 del Gran Abismo Ilustrado, próximo a salir en el Julio próximo. Próximo.
¡Abrazos cósmicos!
(losodioatodos)
Pebablds
Vicepresidente Junior
Hoy se cumplen seis años desde que el abismo empezó a girar y tan vacío está que dejó pequeños todos en el camino, esos todos, algunos se derritieron, otros giraron hasta chocar con otros todos y hacerlos nada y esas nadas, pequeñas abismas, crecieron y rompieron y borraron y crecieron y crearon y sus clústeres hoy siguen rodando, aunque algunos se derritan.
Gracias por permanecer dentro de esta burbuja de nada, que es Parado En El Abismo, para chocarse, golpearse y destruirse y transformarla en un todo.
Seis años de nada, ¡y por muchos más de todo!
Pasen por el FACEBOOK que hay unos concursos interesantes para quienes quieran ganarse el Volumen 2 del Gran Abismo Ilustrado, próximo a salir en el Julio próximo. Próximo.
¡Abrazos cósmicos!
(losodioatodos)
Pebablds
Vicepresidente Junior
jueves, 22 de mayo de 2014
Cuando Cae El Sol
El frío de Julio se había ido, aunque seguía siendo Julio. El mar calmo se ponía turbio con el anaranjar del cielo. Nos miramos. Te hice un lugar al lado mío. Te sentaste.
Quietos, con la vista hacia el frente, las olas volvían inquietas mientras el cielo enrrojecía. El sol, enorme, daba fin al día acercándose al horizonte, cayendo en un movimiento que a la distancia veíamos similar al de un globo.
Una nube de vapor blanco se levantó repentinamente sobre el mar cuando el sol lo tocó, las olas, enloquecidas, se levantaban y rompían por todos lados. El sol comenzó a sumergirse en el mar. El agua hervía, salía vapor, humo, blanco y negro y gris.
La oscuridad casi lo había abarcado todo, y cuando menos lo esperamos, volvió el frío de cien Julios. Los árboles se helaban a medida que el agua hervía más y más, hasta que de un golpe, el sol terminó de sumergirse en el mar, levantando una ola enorme que lentamente se acercaba hacia la costa. Lentamente, claro, porque la veíamos a kilómetros de distancia levantarse, imponente, sobre lo que estaba a punto de dejar de ser nuestro planeta.
Mientras el Tsunami del fin del mundo estaba por devorarnos, me miraste, con la calma de la que siempre eras habitué, sonreíste y dijiste con la más sincera de tus expresiones: "Siempre pensé que el Sol era más grande que la Tierra".
Quietos, con la vista hacia el frente, las olas volvían inquietas mientras el cielo enrrojecía. El sol, enorme, daba fin al día acercándose al horizonte, cayendo en un movimiento que a la distancia veíamos similar al de un globo.
Una nube de vapor blanco se levantó repentinamente sobre el mar cuando el sol lo tocó, las olas, enloquecidas, se levantaban y rompían por todos lados. El sol comenzó a sumergirse en el mar. El agua hervía, salía vapor, humo, blanco y negro y gris.
La oscuridad casi lo había abarcado todo, y cuando menos lo esperamos, volvió el frío de cien Julios. Los árboles se helaban a medida que el agua hervía más y más, hasta que de un golpe, el sol terminó de sumergirse en el mar, levantando una ola enorme que lentamente se acercaba hacia la costa. Lentamente, claro, porque la veíamos a kilómetros de distancia levantarse, imponente, sobre lo que estaba a punto de dejar de ser nuestro planeta.
Mientras el Tsunami del fin del mundo estaba por devorarnos, me miraste, con la calma de la que siempre eras habitué, sonreíste y dijiste con la más sincera de tus expresiones: "Siempre pensé que el Sol era más grande que la Tierra".
lunes, 5 de mayo de 2014
Azul Oscuro
El suelo, azul oscuro, casi negro por el líquido, hacía que las baldosas casi ni se vean. El hombre, atadas sus manos y pies fuertemente al respaldo y patas de la silla, no podía hacer otro movimiento que girar la cabeza. El ciego, en cambio, suelto, gateaba tocándolo todo sin poder ver, resbalando y chapoteando entre los pequeños charcos azulados que dejaban las gotas al caer del techo, como petróleo, e iban llenando lentamente la habitación.
La puerta, casi invisible, sólo dejaba ver la cerradura como un hueco imperceptible en la pared, y sus bisagras perfectamente escondidas disimulaban muy bien su color con el de las paredes.
El hombre atado, sin poder más que sollozar, respiraba frenéticamente, jadeaba lo que podía a pesar de su mordaza. El ciego, escuchaba desde el suelo buscando la llave, sin saber si se trataba de una amenaza o de un aliado. Oía la respiración agitarse cada vez más.
Sin poder comunicarse, el hombre de la silla veía la llave asomarse en un pequeño pedestal a unos pasos suyos. Tirar la silla era imposible: Estaba como salida del mismo piso, pegada, atornillada, o lo que fuere.
El ciego se incorpora, mancha todas las paredes con sus manos buscando algo. Tantea, revisa, descubre así el pequeño orificio oculto, lo toca, lo mira con sus manos. El hombre de la silla se queja con más fuerza, salta, como haciendo señales. El ciego interpreta entonces que se trata de un amigo, pero desconfía. Deben coordinarse. El de la silla no deja de exaltarse, quiere eliminar sus nudos. No puede.
En el piso, moviéndose como una oruga, el ciego busca algo que no sabe si existe. Se mancha las manos, los codos, los brazos, el cuello. Él es azul ahora, casi negro. El hombre de la silla forcejea sin resultados. La llave, cada vez más cerca de las manos. La llave, siempre cerca de los ojos. Inconexos. Las gotas, cayendo lentamente, cada vez desde más filtraciones por el techo, se escuchan en semicorcheas que el ciego cuenta y el de la silla observa.
La llave, cerca. La mordaza, ¡La mordaza! Empieza a morder la mordaza. El ciego se acerca a la silla, toca los pies, descubre que ahí está su compañero, pero se aleja. Aún no puede confiar. Las gotas, cada vez más.
Las manos recorren el piso como sabuesos, rastrean, escuchan, gritan. Los ojos también gritan, lloran, muerden, pero desde la silla.
La mordaza empieza a ceder hilo a hilo, los dientes se gastan. Hacen chirridos agudos que molestan.
El ciego da con el pedestal, da con la llave. La agarra, la toca, la mordaza disminuye, las gotas caen, el piso queda atrás, el azul crece, el ciego se incorpora, encuentra la pared, la mordaza va aflojándose, los dientes molestan, también se aflojan, las manos vuelven a la pared, sienten húmedo, saben que es el camino, siguen la humedad hasta la cerradura, la mordaza casi cae, las manos tocan el hueco, los ojos que ven se mueven para todos lados, lloran, jadean, muerden más fuerte. Las manos acarician el ojo de la cerradura, tantean la posición de la llave, el hombre jadea más, muerde la mordaza, la afloja más. La mano encuentra la puerta, las pupilas se dilatan, la mano gira, la llave abre, las gotas evolucionan a chorros pequeños, la mordaza cae, la llave vuelve a girar, los chorros se hacen grandes, el de la silla grita "¡NO ABRAS!", el ciego se asusta, cae, la puerta se abre dejando caer dentro de la habitación una catarata que se suma a las gotas, a los chorros, disuelve el piso y termina inundándolos a ambos de un azul oscuro, casi negro.
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Inspirado en esta canción:
La puerta, casi invisible, sólo dejaba ver la cerradura como un hueco imperceptible en la pared, y sus bisagras perfectamente escondidas disimulaban muy bien su color con el de las paredes.
El hombre atado, sin poder más que sollozar, respiraba frenéticamente, jadeaba lo que podía a pesar de su mordaza. El ciego, escuchaba desde el suelo buscando la llave, sin saber si se trataba de una amenaza o de un aliado. Oía la respiración agitarse cada vez más.
Sin poder comunicarse, el hombre de la silla veía la llave asomarse en un pequeño pedestal a unos pasos suyos. Tirar la silla era imposible: Estaba como salida del mismo piso, pegada, atornillada, o lo que fuere.
El ciego se incorpora, mancha todas las paredes con sus manos buscando algo. Tantea, revisa, descubre así el pequeño orificio oculto, lo toca, lo mira con sus manos. El hombre de la silla se queja con más fuerza, salta, como haciendo señales. El ciego interpreta entonces que se trata de un amigo, pero desconfía. Deben coordinarse. El de la silla no deja de exaltarse, quiere eliminar sus nudos. No puede.
En el piso, moviéndose como una oruga, el ciego busca algo que no sabe si existe. Se mancha las manos, los codos, los brazos, el cuello. Él es azul ahora, casi negro. El hombre de la silla forcejea sin resultados. La llave, cada vez más cerca de las manos. La llave, siempre cerca de los ojos. Inconexos. Las gotas, cayendo lentamente, cada vez desde más filtraciones por el techo, se escuchan en semicorcheas que el ciego cuenta y el de la silla observa.
La llave, cerca. La mordaza, ¡La mordaza! Empieza a morder la mordaza. El ciego se acerca a la silla, toca los pies, descubre que ahí está su compañero, pero se aleja. Aún no puede confiar. Las gotas, cada vez más.
Las manos recorren el piso como sabuesos, rastrean, escuchan, gritan. Los ojos también gritan, lloran, muerden, pero desde la silla.
La mordaza empieza a ceder hilo a hilo, los dientes se gastan. Hacen chirridos agudos que molestan.
El ciego da con el pedestal, da con la llave. La agarra, la toca, la mordaza disminuye, las gotas caen, el piso queda atrás, el azul crece, el ciego se incorpora, encuentra la pared, la mordaza va aflojándose, los dientes molestan, también se aflojan, las manos vuelven a la pared, sienten húmedo, saben que es el camino, siguen la humedad hasta la cerradura, la mordaza casi cae, las manos tocan el hueco, los ojos que ven se mueven para todos lados, lloran, jadean, muerden más fuerte. Las manos acarician el ojo de la cerradura, tantean la posición de la llave, el hombre jadea más, muerde la mordaza, la afloja más. La mano encuentra la puerta, las pupilas se dilatan, la mano gira, la llave abre, las gotas evolucionan a chorros pequeños, la mordaza cae, la llave vuelve a girar, los chorros se hacen grandes, el de la silla grita "¡NO ABRAS!", el ciego se asusta, cae, la puerta se abre dejando caer dentro de la habitación una catarata que se suma a las gotas, a los chorros, disuelve el piso y termina inundándolos a ambos de un azul oscuro, casi negro.
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Inspirado en esta canción:
martes, 22 de abril de 2014
Por Las Dudas
Vinieron a mi casa riéndose, trayendo cinco fajos de billetes de cien dólares que tiraron sobre la mesa al entrar. Sorprendido los miré. "Son falsos", me dijeron, "los acabamos de comprar en una casa de bromas", y rompieron a reír a caracajadas.
"Muy gracioso..." dije mientras agarraba uno. Eran totalmente idénticos, se sentían igual a tacto y lo único que los diferenciaba de un billete común, a simple vista, era una leyenda que debajo del valor, decía "Billete falso, no válido para uso comercial".
Me dijeron que los tire, que ya habían cumplido su misión de sorprenderme. Los puse en una bolsa que llevé al tacho de basura, pero antes de tirarlos, los guardé en una de las puertitas del aparador de arriba.
Por las dudas.
"Muy gracioso..." dije mientras agarraba uno. Eran totalmente idénticos, se sentían igual a tacto y lo único que los diferenciaba de un billete común, a simple vista, era una leyenda que debajo del valor, decía "Billete falso, no válido para uso comercial".
Me dijeron que los tire, que ya habían cumplido su misión de sorprenderme. Los puse en una bolsa que llevé al tacho de basura, pero antes de tirarlos, los guardé en una de las puertitas del aparador de arriba.
Por las dudas.
miércoles, 16 de abril de 2014
Enredarse con lo Inalámbrico
Se levantaba todas las mañanas sabiendo que su día iba a ser una aventura impredecible. No por su trabajo en la fábrica de cartón, ni por su esposa, Elba, que atendía una librería a unas cuadras de casa, sino por su superpoder. No, no volaba, ni se teletransportaba, ni hablaba con animales, ni era súper inteligente. Su superpoder era palpar los datos que flotaban en el espacio, desde descargas que los vecinos hacían por WiFi, hasta ondas de la televisión satelital.
Entonces, era común que saltara por su ventana del noveno piso y cayera sobre un mp3 que lo llevara a planta baja, o que se tropezara con el noticiero de las doce cuando iba a comer. Una vez, mientras corría, casí le saca un ojo la discografía completa de Led Zeppelin que venía de frente, que un chico en la plaza estaba descargando con su tablet.
Entre tanta información que volaba a su alrededor, una vez se quedó atónito. Escuchó voces, se sintió atraído, pero no atraído para irse siguiéndolas, sino para quedarse inmóvil para no perderlas.
Se tropezó un poco, pero logró, después de un rato de probar posiciones en el lugar, volver a captarlas. Era una radio zonal, independiente, que le llamó mucho la atención. Ese día se quedó inmóvil dos horas, escuchando, mientras la gente que pasaba lo miraba extrañada. Una casualidad, como suele pasar, hizo que el viento le robara su sombrero -porque no dijimos que este era un hombre que vestía con estilo- y lo tirara al piso, a sus pies. Quieto, miraba con sus ojos para abajo sin mover la cabeza, al sombrero, como gritándole que vuelva, pero obviamente los sombreros no interpretan el significado de nuestras palabras, y nosotros no conocemos su idioma, así que ni se inmutó.
Al rato, una señora algo mayor que pasaba dejó una moneda dentro del sombrero del hombre, lo miró y sonrió. Ese mismo día, el hombre renunció a su trabajo y todos los días volvió a esa misma esquina, a la misma posición para poder escuchar esa misma radio que tanto le había gustado, con el sombrero -que seguía sin hablar castellano- a sus pies, donde trabaja actualmente como estatua viviente, disfrutando siempre de la compañía de su radio preferida, que le hizo olvidar todas las películas pesadas que le caían encima mientras esperaba el colectivo a la mañana, todas las novelas de la tarde que le hacían cosquillas en los pies, y todos los remixes de temas de Madonna que le taladraban los oídos.
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Dedicado a la gente de La Fribuay
Entonces, era común que saltara por su ventana del noveno piso y cayera sobre un mp3 que lo llevara a planta baja, o que se tropezara con el noticiero de las doce cuando iba a comer. Una vez, mientras corría, casí le saca un ojo la discografía completa de Led Zeppelin que venía de frente, que un chico en la plaza estaba descargando con su tablet.
Entre tanta información que volaba a su alrededor, una vez se quedó atónito. Escuchó voces, se sintió atraído, pero no atraído para irse siguiéndolas, sino para quedarse inmóvil para no perderlas.
Se tropezó un poco, pero logró, después de un rato de probar posiciones en el lugar, volver a captarlas. Era una radio zonal, independiente, que le llamó mucho la atención. Ese día se quedó inmóvil dos horas, escuchando, mientras la gente que pasaba lo miraba extrañada. Una casualidad, como suele pasar, hizo que el viento le robara su sombrero -porque no dijimos que este era un hombre que vestía con estilo- y lo tirara al piso, a sus pies. Quieto, miraba con sus ojos para abajo sin mover la cabeza, al sombrero, como gritándole que vuelva, pero obviamente los sombreros no interpretan el significado de nuestras palabras, y nosotros no conocemos su idioma, así que ni se inmutó.
Al rato, una señora algo mayor que pasaba dejó una moneda dentro del sombrero del hombre, lo miró y sonrió. Ese mismo día, el hombre renunció a su trabajo y todos los días volvió a esa misma esquina, a la misma posición para poder escuchar esa misma radio que tanto le había gustado, con el sombrero -que seguía sin hablar castellano- a sus pies, donde trabaja actualmente como estatua viviente, disfrutando siempre de la compañía de su radio preferida, que le hizo olvidar todas las películas pesadas que le caían encima mientras esperaba el colectivo a la mañana, todas las novelas de la tarde que le hacían cosquillas en los pies, y todos los remixes de temas de Madonna que le taladraban los oídos.
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Dedicado a la gente de La Fribuay
martes, 1 de abril de 2014
Retomar
"Volver con la frente marchita" murmura un tango en una radio destruída que escucha el portero de donde trabajas, que entredormido te saluda bostezando cuando, vos también en plena bocanada de aire (no podría decirse con exactitud quién contagió el bostezo a quién) levantás la mano sin emitir palabra, te acomodás la camisa que obviamente jamás planchaste, y vas a esperar el ascensor para lo que será un nuevo año de oportunidades (tormentos) que acaba de comenzar.
Las vacaciones son como una inyección de libertad que nos meten en la piel por lo general entre enero y febrero (hay quienes las tienen más adelante, pero vamos a hacer hincapié en las tradicionales vacaciones de verano), que entre la cosa con amigos, los viajes de mochilero a lugares desolados y esas mañanas (porque cuando uno está de viaje inexplicablemente se levanta a la mañana) en el bolsón llena de hippies se van desvaneciendo, y nos golpea el adoquín de la verdad: Las vacaciones terminaron, hola rutina, hola sobredosis de café, hola jefe, hola a la gente que no queremos saludar, hola vida de persona grande.
Así entonces, con lo que queda de nuestro hígado nos sentamos en el escritorio a pensar en lo que hicimos (porque suena como castigo y tal vez lo sea) en las vacaciones: Despertarse para merendar, acostarse después de desayunar, salir todos (TODOS) los días a algún bar, conocer gente nueva, andar por ahí como vagabundo (o sintiéndose uno).
La rutina no sólo viene acompañada de trabajo, claro, sino de cierta organización en la vida EN BASE a la vida laboral. No salir los días de semana (o salir y bancarse las consecuencias), no beber durante la semana (o bancarse las consecuencias), no quedarse en casa viendo nuestra serie favorita hasta las cinco de la mañana (o bancarse las consecuencias). Se como sea, estamos pendientes de todoloquepuedellegarapasarsi... y como a muchos poetas de la rutina les encanta decir, "nos van cortando las alas", pero pluma a pluma, para que duela. Y duele.
Quienes tienen, además de sus vidas, el cuidado de otras como (podríamos hablar de mujeres mantenidas o suegras, pero vamos a concentrarnos en) hijos, todo esto implica no solo adaptarse a los propios horarios, sino combinarlos con el de esta otra persona y hacer que cada día sea una rigurosa carrera contra el tiempo. Quienes tengan niños pequeños que vayan al jardín o primaria, sabrán que hay que desayunar/vestir/llevar al colegio en tiempo récord, y que aún así esto nos de el espacio necesario para llegar al trabajo y no perder el presentismo (quienes luchas por él) o no aguantar los primeros veinte minutos de la jornada un discurso sobre la moral, las buenas costumbres, el horario y el planchado de la camisa.
¡Pero no todo está perdido! Aún quedan los fines de semana y varios feriados donde volver a inyectarnos esa sensación de vacaciones (aunque en dosis más cortas, condensadas y explosivas) para poder calcular "bueno, si descono el viernes, paso todo el sábado en cama hasta la noche, vuelvo a salir y el domingo fisuro todo el día" y tratar de no morir en el intento, ante tan delicada sincronización etílica.
De todos modos, no hay que preocuparse. Entrar en la rutina no es tan malo, podemos reconfortarnos por el simple hecho de saber que hay personas que se toman vacaciones en Septiembre y vienen sufriendo esto desde mucho antes que nosotros, así que brindemos por lo viernes, por los feriados puente y por esos martes, miércoles o jueves en buena compañía que instantáneamente se transforman en sábados sin que nos importen las consecuencias de la mañana siguiente, ni las arrugas de la camisa, y seguimos inmersos en la rutina a la que nos acostumbran, pensando en que lo único que queremos retomar, son las vacaciones.
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Publicado en Marzo de 2014 para Clap! Revista
Las vacaciones son como una inyección de libertad que nos meten en la piel por lo general entre enero y febrero (hay quienes las tienen más adelante, pero vamos a hacer hincapié en las tradicionales vacaciones de verano), que entre la cosa con amigos, los viajes de mochilero a lugares desolados y esas mañanas (porque cuando uno está de viaje inexplicablemente se levanta a la mañana) en el bolsón llena de hippies se van desvaneciendo, y nos golpea el adoquín de la verdad: Las vacaciones terminaron, hola rutina, hola sobredosis de café, hola jefe, hola a la gente que no queremos saludar, hola vida de persona grande.
Así entonces, con lo que queda de nuestro hígado nos sentamos en el escritorio a pensar en lo que hicimos (porque suena como castigo y tal vez lo sea) en las vacaciones: Despertarse para merendar, acostarse después de desayunar, salir todos (TODOS) los días a algún bar, conocer gente nueva, andar por ahí como vagabundo (o sintiéndose uno).
La rutina no sólo viene acompañada de trabajo, claro, sino de cierta organización en la vida EN BASE a la vida laboral. No salir los días de semana (o salir y bancarse las consecuencias), no beber durante la semana (o bancarse las consecuencias), no quedarse en casa viendo nuestra serie favorita hasta las cinco de la mañana (o bancarse las consecuencias). Se como sea, estamos pendientes de todoloquepuedellegarapasarsi... y como a muchos poetas de la rutina les encanta decir, "nos van cortando las alas", pero pluma a pluma, para que duela. Y duele.
Quienes tienen, además de sus vidas, el cuidado de otras como (podríamos hablar de mujeres mantenidas o suegras, pero vamos a concentrarnos en) hijos, todo esto implica no solo adaptarse a los propios horarios, sino combinarlos con el de esta otra persona y hacer que cada día sea una rigurosa carrera contra el tiempo. Quienes tengan niños pequeños que vayan al jardín o primaria, sabrán que hay que desayunar/vestir/llevar al colegio en tiempo récord, y que aún así esto nos de el espacio necesario para llegar al trabajo y no perder el presentismo (quienes luchas por él) o no aguantar los primeros veinte minutos de la jornada un discurso sobre la moral, las buenas costumbres, el horario y el planchado de la camisa.
¡Pero no todo está perdido! Aún quedan los fines de semana y varios feriados donde volver a inyectarnos esa sensación de vacaciones (aunque en dosis más cortas, condensadas y explosivas) para poder calcular "bueno, si descono el viernes, paso todo el sábado en cama hasta la noche, vuelvo a salir y el domingo fisuro todo el día" y tratar de no morir en el intento, ante tan delicada sincronización etílica.
De todos modos, no hay que preocuparse. Entrar en la rutina no es tan malo, podemos reconfortarnos por el simple hecho de saber que hay personas que se toman vacaciones en Septiembre y vienen sufriendo esto desde mucho antes que nosotros, así que brindemos por lo viernes, por los feriados puente y por esos martes, miércoles o jueves en buena compañía que instantáneamente se transforman en sábados sin que nos importen las consecuencias de la mañana siguiente, ni las arrugas de la camisa, y seguimos inmersos en la rutina a la que nos acostumbran, pensando en que lo único que queremos retomar, son las vacaciones.
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Publicado en Marzo de 2014 para Clap! Revista
viernes, 21 de marzo de 2014
jueves, 13 de marzo de 2014
Secuencia
De la semilla al tallo.
Del tallo a las ramas.
De las ramas al tronco.
Del tronco al árbol.
Del árbol a la arboleda.
De la arboleda al bosque.
Del bosque a la hectárea.
De la hectárea al campo.
Del campo al río.
Del río al mar.
Del mar al continente.
Del continente al mundo.
Del mundo al sistema solar.
Del sistema solar a la galaxia.
De la galaxia al universo.
Del universo a las dimensiones.
De las dimensiones al tiempo.
Del tiempo a la explosión.
De la explosión a la semilla.
Y es tan sólo una semilla.
Del tallo a las ramas.
De las ramas al tronco.
Del tronco al árbol.
Del árbol a la arboleda.
De la arboleda al bosque.
Del bosque a la hectárea.
De la hectárea al campo.
Del campo al río.
Del río al mar.
Del mar al continente.
Del continente al mundo.
Del mundo al sistema solar.
Del sistema solar a la galaxia.
De la galaxia al universo.
Del universo a las dimensiones.
De las dimensiones al tiempo.
Del tiempo a la explosión.
De la explosión a la semilla.
Y es tan sólo una semilla.
lunes, 10 de marzo de 2014
In Invisibilidad
"Si me tocás, me volveré invisible. Cualquier roce, accidental o a drede, hará que instantáneamente desaparezca. Es por eso que si te cruzás conmigo, si me abrazas, si me besas, si querés acercarte de cualquier forma, no volverás a verme jamás, solo el aire donde mi cuerpo ocuparía un espacio." Le dijo mientras fruncía el ceño.
"No hay problema." contestó, mientras se arrancaba los ojos con un tallo de rosa.
"No hay problema." contestó, mientras se arrancaba los ojos con un tallo de rosa.
miércoles, 5 de marzo de 2014
Chispas
Excéntricos ambos, eran víctimas de las modas más exóticas que alguien pueda llegar a descubrir, siempre pendientes de lo último en cada continente, siempre dos pasos adelante de cada temporada.
Él, incansable trabajador de manos gastadas, había hecho su fortuna vendiendo pan con la receta de su abuela, que una vez fallecida le dejó dentro de una botella junto con trescientos pesos que le ayudaron a comprar sus primeros paquetes de harina en el almacén del barrio, cuyos paquetes aún conserva en la vitrina centran del living, junto a un enorme ventanal que da a su campo de golf de pasto celeste, genéticamente alterado para él.
Vivió siempre cerca del barrio donde nació, siempre solo a partir de la muerte de su abuela. Su única preocupación fue que la masa levara correctamente, que no se humedezca la sal y que el horno se mantuviera a temperatura. Así, logró forjar un imperio que le dio la fortuna que actualmente posee.
Compra por internet cuanto objeto de colección único pueda encontrar: Desde sillones de formas inentendibles -algunos incluso con manuales que explican cómo sentarse en ellos- hasta utensilios de cocina con formas irregulares, capaces de extraer el ojo del comensal al pinchar un raviol.
Su ropa, siempre de las mejores telas, con colores llamativos y texturas estridentes, que lastimaban a la vista tan sólo con pestañear cerca.
Ella, en cambio, nació con la vida resuelta. Hija de un padre abogado, muy estructurado, que consintió siempre a su hija única.
Carente de madre, pero rodeada de sirvientes, vivió su infancia en una nube rosa de satisfacción, que duró hasta terminar sus estudios en medicina con un promedio de siete. Obviamente, jamás pensó en ejercer, pero hizo cuanto su padre le pidió sólo para poder mantener su status y nivel económico.
Las pocas horas de clase no se comparaban con las muchas de fiestas, sushi y viajes, tal vez en su avión privado o simplemente en el Rolls Royce que compró de capricho en una concesionaria alemana.
De gustos totalmente descabellados, solía comprar pinturas de artistas totalmente desconocidos que al parecer, no sabían lo que hacían, por precios incalculables, que luego amontonaba en un armario oscuro detrás del armario enorme donde guardaba los zapatos.
Una semana atrás, ambos buzones habían sido intervenido con el mismo sobre, del mismo color rosa, con la misma invitación, por lo que una semana después, a esa hora, en ese mismo salón, estaban ambos presentes.
Él, con un smoking de cortes desprolijos pero cuidados, color verde brillante, el pelo teñido con una tiza violeta, un carísimo perfume por el que pagó fortuna, que tenía esencias de flores ya extintas del amazonas, con fluidos de ciertos animales críados exclusivamente para licuarlos en esa mezcla, y unos pantalones largos y negros que tocaban con la punta de las mangas sus mocasines azul perlado.
Ella, con un vestido que encajaba perfectamente con su figura y se confundía con su piel, a pesar de ser celeste, con algunos andrajos de seda que chorreaban por el piso. El peinado altísimo y rubio, recogido de forma inusual pero llamativa, unos zapatos de taco aguja multicolores, anteojos transparentes, joyas a gusto y un exquisito perfume de diseñador que tenía un añejamiento de 400 años y sólo se habían creado seis frascos pequeños, los cuales contenían poderosos químicos concentrados de un aroma extraordinario,
y cuya receta fue quemada una vez concluídos los seis frascos, luego de matar a su creador, quien los hizo para una princesa rumana, que murió durante unas invasiones poco después de terminada la receta, y que nunca llegó a utilizar.
Sus ojos se cruzaron por el medio del salón, atravesando toda la pista de baile. Quizás los colores fueron los que se llamaron a sí mismos, y comenzaron a caminar mirándose fijamente, él con sus lentes de contacto rosa, ella con sus pestañas de diez centímetros.
Así avanzaron por el salón, sin mirar el sushi o el caviar que dejaban atrás en cada paso.
Él recogió de una bandeja sin torcer la vista, dos copas larguísimas y finas de Don Perignon, casi haciéndo tropezar al mozo, mientras ella sonreía irónicamente.
Su acercamiento tuvo lugar frente a una gran fuente de hielo decorada con frutas, la proximidad les erizaba la piel. Cinco metros, tres metros. Casi se tocaban, cuando sus aromas se mezclaron.
La esencia de flores extintas del Amazonas friccionó con los extraños e inentendibles químicos antiguos, generando chispas en el aire, que dieron lugar, una vez concretada la reacción, a una terrible explosión que disolvió entre aire, perfume y frutas de estación, no sólo a los dos excéntricos invitados, sino también el salón y los edificios en un radio de dos cuadras.
Él, incansable trabajador de manos gastadas, había hecho su fortuna vendiendo pan con la receta de su abuela, que una vez fallecida le dejó dentro de una botella junto con trescientos pesos que le ayudaron a comprar sus primeros paquetes de harina en el almacén del barrio, cuyos paquetes aún conserva en la vitrina centran del living, junto a un enorme ventanal que da a su campo de golf de pasto celeste, genéticamente alterado para él.
Vivió siempre cerca del barrio donde nació, siempre solo a partir de la muerte de su abuela. Su única preocupación fue que la masa levara correctamente, que no se humedezca la sal y que el horno se mantuviera a temperatura. Así, logró forjar un imperio que le dio la fortuna que actualmente posee.
Compra por internet cuanto objeto de colección único pueda encontrar: Desde sillones de formas inentendibles -algunos incluso con manuales que explican cómo sentarse en ellos- hasta utensilios de cocina con formas irregulares, capaces de extraer el ojo del comensal al pinchar un raviol.
Su ropa, siempre de las mejores telas, con colores llamativos y texturas estridentes, que lastimaban a la vista tan sólo con pestañear cerca.
Ella, en cambio, nació con la vida resuelta. Hija de un padre abogado, muy estructurado, que consintió siempre a su hija única.
Carente de madre, pero rodeada de sirvientes, vivió su infancia en una nube rosa de satisfacción, que duró hasta terminar sus estudios en medicina con un promedio de siete. Obviamente, jamás pensó en ejercer, pero hizo cuanto su padre le pidió sólo para poder mantener su status y nivel económico.
Las pocas horas de clase no se comparaban con las muchas de fiestas, sushi y viajes, tal vez en su avión privado o simplemente en el Rolls Royce que compró de capricho en una concesionaria alemana.
De gustos totalmente descabellados, solía comprar pinturas de artistas totalmente desconocidos que al parecer, no sabían lo que hacían, por precios incalculables, que luego amontonaba en un armario oscuro detrás del armario enorme donde guardaba los zapatos.
Una semana atrás, ambos buzones habían sido intervenido con el mismo sobre, del mismo color rosa, con la misma invitación, por lo que una semana después, a esa hora, en ese mismo salón, estaban ambos presentes.
Él, con un smoking de cortes desprolijos pero cuidados, color verde brillante, el pelo teñido con una tiza violeta, un carísimo perfume por el que pagó fortuna, que tenía esencias de flores ya extintas del amazonas, con fluidos de ciertos animales críados exclusivamente para licuarlos en esa mezcla, y unos pantalones largos y negros que tocaban con la punta de las mangas sus mocasines azul perlado.
Ella, con un vestido que encajaba perfectamente con su figura y se confundía con su piel, a pesar de ser celeste, con algunos andrajos de seda que chorreaban por el piso. El peinado altísimo y rubio, recogido de forma inusual pero llamativa, unos zapatos de taco aguja multicolores, anteojos transparentes, joyas a gusto y un exquisito perfume de diseñador que tenía un añejamiento de 400 años y sólo se habían creado seis frascos pequeños, los cuales contenían poderosos químicos concentrados de un aroma extraordinario,
y cuya receta fue quemada una vez concluídos los seis frascos, luego de matar a su creador, quien los hizo para una princesa rumana, que murió durante unas invasiones poco después de terminada la receta, y que nunca llegó a utilizar.
Sus ojos se cruzaron por el medio del salón, atravesando toda la pista de baile. Quizás los colores fueron los que se llamaron a sí mismos, y comenzaron a caminar mirándose fijamente, él con sus lentes de contacto rosa, ella con sus pestañas de diez centímetros.
Así avanzaron por el salón, sin mirar el sushi o el caviar que dejaban atrás en cada paso.
Él recogió de una bandeja sin torcer la vista, dos copas larguísimas y finas de Don Perignon, casi haciéndo tropezar al mozo, mientras ella sonreía irónicamente.
Su acercamiento tuvo lugar frente a una gran fuente de hielo decorada con frutas, la proximidad les erizaba la piel. Cinco metros, tres metros. Casi se tocaban, cuando sus aromas se mezclaron.
La esencia de flores extintas del Amazonas friccionó con los extraños e inentendibles químicos antiguos, generando chispas en el aire, que dieron lugar, una vez concretada la reacción, a una terrible explosión que disolvió entre aire, perfume y frutas de estación, no sólo a los dos excéntricos invitados, sino también el salón y los edificios en un radio de dos cuadras.
miércoles, 26 de febrero de 2014
La Herencia
Fallecido mi abuelo, toda la familia se juntó en una larga ceremonia que duró dos almuerzos, para repartir la generosa herencia. Todos se fueron con una sonrisa y un hermoso paquete, y yo, con una pequeña carta.
Llegué a mi casa, me encerré en mi habitación y con mucho cuidado, abrí con un cutter el sobre salivamente sellado y saqué un papelito doblado, amarillo, que al abrirse decía con letra horrible: "Detrás del patio, la gran X". Pensé en mostrarle la nota a mis padres, pero suponiendo que el hecho de que la carta fuera solo para mi significaba que yo sólo debía saber el enigma, opté por guardarme cada palabra.
Esa noche apenas pude dormir.
En la mañana, pedaleé hasta la vieja cada del abuelo. Entre bostezos, salté la reja de pesado metal negro y corrí al patio, atrás. Revisé con el lugar con los ojos. Nada. Luego, una puerta, al fondo, en el taller, un X enorme de madera la cruzaba. Corrí, entré.
Dentro del pequeño taller de madera, había algo extraño en el suelo, una baldosa floja. La levanté. No había más que tierra, pero por mi descuido, noté que la siguiente estaba despegada del suelo. La levanté. Un agujero en la tierra.
Empecé a agrandar el agujero con una pala, hasta que dí con algo pesado y pequeño. Rodeé la cosa con la pala, como liberándola, y la llevé afuera, donde el sol dejaba verme con más claridad.
Era una especie de cofre, pero no tenía llave. Así que lo abrí usando un cortafierro y el poder de un gran martillazo, y dentro, una caja roja un poco más pequeña que el contenedor anterior, cerrada con una cinta vieja, que decidí cortar.
Dentro, una pequeña lata ovalada que tomé entre mis manos. Era como de galletitas viejas, y a pesar de estar bastante despintada, aún se notaban una o dos mamushkas dibujadas. Agarré la tapa con la palma de mi mano, y haciendo un poco de fuerza pude zafarla y alejarla del resto del envase.
Dejóse entrever a la luz del sol un sobre normal, amarillento.
Lo agarré con ambas manos, parecía contener algo grande dentro, y rectangular.
Cuando me concentré en el sobre, decía muy grande con la misma letra horrible: "JAMÁS ABRIR ESTE SOBRE" pasando justo cerca del punto lacrado.
Obviamente lo guardé y enterré de nuevo. No soy ningún desobediente.
Llegué a mi casa, me encerré en mi habitación y con mucho cuidado, abrí con un cutter el sobre salivamente sellado y saqué un papelito doblado, amarillo, que al abrirse decía con letra horrible: "Detrás del patio, la gran X". Pensé en mostrarle la nota a mis padres, pero suponiendo que el hecho de que la carta fuera solo para mi significaba que yo sólo debía saber el enigma, opté por guardarme cada palabra.
Esa noche apenas pude dormir.
En la mañana, pedaleé hasta la vieja cada del abuelo. Entre bostezos, salté la reja de pesado metal negro y corrí al patio, atrás. Revisé con el lugar con los ojos. Nada. Luego, una puerta, al fondo, en el taller, un X enorme de madera la cruzaba. Corrí, entré.
Dentro del pequeño taller de madera, había algo extraño en el suelo, una baldosa floja. La levanté. No había más que tierra, pero por mi descuido, noté que la siguiente estaba despegada del suelo. La levanté. Un agujero en la tierra.
Empecé a agrandar el agujero con una pala, hasta que dí con algo pesado y pequeño. Rodeé la cosa con la pala, como liberándola, y la llevé afuera, donde el sol dejaba verme con más claridad.
Era una especie de cofre, pero no tenía llave. Así que lo abrí usando un cortafierro y el poder de un gran martillazo, y dentro, una caja roja un poco más pequeña que el contenedor anterior, cerrada con una cinta vieja, que decidí cortar.
Dentro, una pequeña lata ovalada que tomé entre mis manos. Era como de galletitas viejas, y a pesar de estar bastante despintada, aún se notaban una o dos mamushkas dibujadas. Agarré la tapa con la palma de mi mano, y haciendo un poco de fuerza pude zafarla y alejarla del resto del envase.
Dejóse entrever a la luz del sol un sobre normal, amarillento.
Lo agarré con ambas manos, parecía contener algo grande dentro, y rectangular.
Cuando me concentré en el sobre, decía muy grande con la misma letra horrible: "JAMÁS ABRIR ESTE SOBRE" pasando justo cerca del punto lacrado.
Obviamente lo guardé y enterré de nuevo. No soy ningún desobediente.
jueves, 13 de febrero de 2014
(D)escribir
Es cortarse la piel y arrancarla de la carne, de los músculos, y sin ella tirarse sobre un lienzo en blanco y comenzar a dar vueltas impregnando un rojo fuerte que se va oscureciendo con el tiempo, pero no se va.
Es abrirse la cabeza con un martillo, llenarla de caramelos, de limones, de serpientes y pegarla de nuevo así, rota y remendada para conectarla nuevamente. Es conectarse con el mundo del que nos desconectamos.
Es abrir una puerta sin salida, es romper los ladrillos y encontrar adoquines, es destruir los adoquines y encontrar madera, es hacer una puerta con esa madera.
Es tenerlo todo y perderlo en un segundo, sentirse liviano, tirar bolsas de arena. Prenderse fuego el pelo y tirarse al río, caer metros sin fin sin tocar el suelo. Flotar a la superficie sin descomprimirse. Es reventar sentado.
Es donar un órgano invisible a alguien que no lo estaba esperando, es compartir la sangre, los huesos, la carne, es abrigarse con la piel del otro.
Es quitarse los zapatos, golpearse los pies, amputarse las manos, sacarse los ojos, coserse las orejas.
Es tallar los propios huesos, crear formas, abrir colores, escuchar silencios.
Es compartir, es paz.
Es ser.
Es abrirse la cabeza con un martillo, llenarla de caramelos, de limones, de serpientes y pegarla de nuevo así, rota y remendada para conectarla nuevamente. Es conectarse con el mundo del que nos desconectamos.
Es abrir una puerta sin salida, es romper los ladrillos y encontrar adoquines, es destruir los adoquines y encontrar madera, es hacer una puerta con esa madera.
Es tenerlo todo y perderlo en un segundo, sentirse liviano, tirar bolsas de arena. Prenderse fuego el pelo y tirarse al río, caer metros sin fin sin tocar el suelo. Flotar a la superficie sin descomprimirse. Es reventar sentado.
Es donar un órgano invisible a alguien que no lo estaba esperando, es compartir la sangre, los huesos, la carne, es abrigarse con la piel del otro.
Es quitarse los zapatos, golpearse los pies, amputarse las manos, sacarse los ojos, coserse las orejas.
Es tallar los propios huesos, crear formas, abrir colores, escuchar silencios.
Es compartir, es paz.
Es ser.
domingo, 9 de febrero de 2014
Siempre le tuvimos miedo a la oscuridad
Se que vas a entrar porque vas a prender la luz, porque es obvio que siempre le tuviste miedo a la oscuridad. Todas las noches gastando las lámparas de la pieza. Nunca pudiste tolerar la falta de iluminación, la piel oscura, la sombra escondida. Necesitás la claridad máxima que las pupilas de tus ojos celestes puedan captar en su máxima apertura. Siempre leyendo esos libros de historia de letra pequeñísima, ¡Claro! Jamás pudiste entender como yo leía mis ensayos a media luz, o simplemente con la claridad de la luna,
cuando estaba en el patio, leyendo a oscuras entre las plantas.
Nunca pudiste aceptar tampoco que una lámpara o candelabro o velador tenga un espacio vacío donde falte un foco. Si tenía tres espacios, debían tener todos lámpara que funcione, sino no podías permanecer en la habitación. Yo, por el contrario, alimentaba las penumbras con una linterna chiquita que llevaba dos pilas de las pequeñas, y con eso me bastaba.
¿Y si fuera siempre de día?
Jamás podrías comprender cómo es el hecho de que la luz desaparezca, quizás a manos de demonios terribles que la atrapan cada noche, o tal vez sea que se va para que la extrañemos. Pero siempre le tuvimos miedo a la oscuridad, lo admito.
Se que vas a entrar porque vas a prender la luz, y se van a oir esos pasos firmes sobre el parquét antes de que gires el picaporte. Y yo acá, con mis auriculares sonando en el piso, apoyado en la ventana cerrada herméticamente. Podría abrirla, dejar que entre un poco de aire. Afuera hay viento y creo que llueve. No sé si los golpes son granizo o las ramas del Paraíso que golpean contra las chapas.
Es como si estuviera ciego. Estar a oscuras es como estar ciego. La oscuridad total marea. Pero si hay oscuridad quiere decir que en algún lugar tiene que haber luz.
Y vos venís de ahí, del velador, de los candelabros, del sol. De todas esas cosas que no nos asustan, quizás porque las vemos muy bien. La oscuridad nos da miedo porque no la conocemos, no sabemos su forma. De todos modos, si tuviéramos una lámpara apagada en medio de la oscuridad no nos daría miedo, porque quizás nunca hubiéramos sabido que estaba ahí.
No sé ni qué hora es, ni cuánto tiempo pasó. Pero se que seguramente vayas a venir.
Se que vas a entrar porque vas a prender la luz, y voy a escuchar el ruido de la puerta al abrirse, ese ruido finito y horrible que pide a gritos una gota de aceite. La oscuridad siempre me pone alerta, el miedo me pone alerta, perceptivo, puedo ser más sensible y más introspectivo, y quizás lo que más miedo me da es empezar a buscar adentro mío.
Y vos allá, tan superficial en tu mundo de luz, alrededor de miles de millones de cosas que sin embargo nunca pudiste ver. Hay tanta información que no podes concentrarte en ninguna en particular.
De todos modos no me importa ver.
Se que vas a entrar porque vas a prender la luz y voy a dejar de tener miedo. Voy a sentir el abrazo cálido de un rayo y me va a calmar saber que estoy entero, que sigo acá, que las paredes todavía no se movieron y que el techo sigue siendo un techo. O tal vez me sorprenda porque los colores hayan cambiado, ¡No sé! Hace tanto tiempo que no veo nada...
Y sin embargo todavía no se qué me falta.
Se que vas a entrar porque vas a prender la luz y vas a ver este desastre, el amontonamiento, el ruido, las rayas, el techo tirado en el suelo, los floreros volando, la cama de pie, los libros pegados en la pecera. No se si el gato seguirá estando, hace tiempo que no estornudo, debe haberse ido.
Se que vas a entrar porque vas a prender la luz, y vas a arruinarlo todo.
cuando estaba en el patio, leyendo a oscuras entre las plantas.
Nunca pudiste aceptar tampoco que una lámpara o candelabro o velador tenga un espacio vacío donde falte un foco. Si tenía tres espacios, debían tener todos lámpara que funcione, sino no podías permanecer en la habitación. Yo, por el contrario, alimentaba las penumbras con una linterna chiquita que llevaba dos pilas de las pequeñas, y con eso me bastaba.
¿Y si fuera siempre de día?
Jamás podrías comprender cómo es el hecho de que la luz desaparezca, quizás a manos de demonios terribles que la atrapan cada noche, o tal vez sea que se va para que la extrañemos. Pero siempre le tuvimos miedo a la oscuridad, lo admito.
Se que vas a entrar porque vas a prender la luz, y se van a oir esos pasos firmes sobre el parquét antes de que gires el picaporte. Y yo acá, con mis auriculares sonando en el piso, apoyado en la ventana cerrada herméticamente. Podría abrirla, dejar que entre un poco de aire. Afuera hay viento y creo que llueve. No sé si los golpes son granizo o las ramas del Paraíso que golpean contra las chapas.
Es como si estuviera ciego. Estar a oscuras es como estar ciego. La oscuridad total marea. Pero si hay oscuridad quiere decir que en algún lugar tiene que haber luz.
Y vos venís de ahí, del velador, de los candelabros, del sol. De todas esas cosas que no nos asustan, quizás porque las vemos muy bien. La oscuridad nos da miedo porque no la conocemos, no sabemos su forma. De todos modos, si tuviéramos una lámpara apagada en medio de la oscuridad no nos daría miedo, porque quizás nunca hubiéramos sabido que estaba ahí.
No sé ni qué hora es, ni cuánto tiempo pasó. Pero se que seguramente vayas a venir.
Se que vas a entrar porque vas a prender la luz, y voy a escuchar el ruido de la puerta al abrirse, ese ruido finito y horrible que pide a gritos una gota de aceite. La oscuridad siempre me pone alerta, el miedo me pone alerta, perceptivo, puedo ser más sensible y más introspectivo, y quizás lo que más miedo me da es empezar a buscar adentro mío.
Y vos allá, tan superficial en tu mundo de luz, alrededor de miles de millones de cosas que sin embargo nunca pudiste ver. Hay tanta información que no podes concentrarte en ninguna en particular.
De todos modos no me importa ver.
Se que vas a entrar porque vas a prender la luz y voy a dejar de tener miedo. Voy a sentir el abrazo cálido de un rayo y me va a calmar saber que estoy entero, que sigo acá, que las paredes todavía no se movieron y que el techo sigue siendo un techo. O tal vez me sorprenda porque los colores hayan cambiado, ¡No sé! Hace tanto tiempo que no veo nada...
Y sin embargo todavía no se qué me falta.
Se que vas a entrar porque vas a prender la luz y vas a ver este desastre, el amontonamiento, el ruido, las rayas, el techo tirado en el suelo, los floreros volando, la cama de pie, los libros pegados en la pecera. No se si el gato seguirá estando, hace tiempo que no estornudo, debe haberse ido.
Se que vas a entrar porque vas a prender la luz, y vas a arruinarlo todo.
sábado, 1 de febrero de 2014
Las Ganas de Conversar
Somos seres sociales, que, valga la redundancia, vivimos en sociedad, eso no hay duda. Estamos constantemente rodeados de gente con la que intercambiamos contacto visual, algunos roces, e incluso algunas palabras en todo momento, ya sea en la calle, en un ascensor o cuando pedimos "un pancho con mostaza porque la mayonesa no me gusta, ah, y ponele papitas" al señor de bigotes de escasa higiene, que con un amor poco ortodoxo encaja la salchicha en medio del pan previamente cortado y procede a cumplir nuestros deseos de aderezos mientras impregna en pocos segundos todos los microbios que puedan saltar de su respiración a nuestra comida.
Nos cruzamos a diario con gente de todo tipo, pero eso no nos hace seres que se sientan contentos de formar parte del tumulto, de ser un grano de arena en medio de la playa. Muchas veces nos enerva y saca lo peor de nosotros. Cuando alguien por algún motivo nos trata mal, nos enojamos, pero cuando nos trata bien, ¡También nos enojamos!.
-¡Hola ! ¡Buen día! ¿Cómo está usted hoy? ¿Me podría dar un pancho por favor? ¡Muchas gracias!
- Sí, tomá.
"¡¿Este pelotudo quién se cree para venir a hacerse el peter pan buena onda acá?!" piensa el vendedor de panchos, que lo que menos quiere es tener un tipo de conversación con un cliente, a menos que sea una mujer exuberante (o no tanto, digamos que por lo menos una mujer con calzas), en donde la situación es totalmente inversa:
- Hola (señor horrible de bigotes antihigiénicos), deme un pancho por favor.
- Sí, ¡cómo no! ¿Sabía usted que los panchos eran alimento de los egipcios, esos que construyeron las pirámides? Es lindo conocer de dónde vienen las cosas que comemos...
Y así la chica, intimidada por las moscas, toma su pancho y se lo lleva a la vereda, tratando de salir lo antes posible para que no le miren el culo el panchero y los cinco obreros que comen sentados en las sillas altas que dan a la barra, llena de papitas.
También nosotros, seres cotidianos que no vendemos panchos, huimos de cualquier oferta de comunicación humana en plena calle. Así son los casos de señoras de avanzada edad (viejas) que en una parada de colectivo nos cuentan que hace cincuenta años esa calle era de tierra y sus hermanos jugaban a la pelota, o el taxista que busca iniciar conversación con un "Parece que se va a larga una..." donde nos pone contra la pared (porque él sabe que nosotros podemos ver las nubes negras sobre nosotros y es el tema de conversación universal) y debemos responder con un "sí, se va a largar con todo". De todos modos, esta gente conoce métodos infalibles para hacer un collage de temas que van desde "qué caro que está todo" hasta "viste la inseguridad que hay", pasando por "vos no te enfermaste? ¡están todos resfriados!".
Ni hablar de las personas molestas (su laburo es ser molestos) que te paran por la calle con alguna promoción de cursos. "¡SECUNDARIO ACELERADO! APROVECHA ESTA PROMO" mirá, tengo barba y estoy más cerca de los treinti que de los veinti. Si no terminé el secundario, más que una promo, gatillame un chumbo en la cabeza. (Chicos, estudien, es el futuro! :) ) O peor aún, LOS VENDEDORES DE PERFUMES, que saben todo tipo de halagos al paso que no ofenden, pero ayudan para que los miren por un segundo mientras te interrumpen el paso. "Che campeón, capo, genio, cómo andás, te puedo comentar una cosita?" y ahí listo, media hora de un monólogo interminable que no se acaba con un "tengo que laburar y estoy llegando tarde", porque aunque sea verdad, es lo que dicen todos, y francamente no les importa.
Y PEOR AÚN las mujeres, que deben tener (y alguna fémina lectora del abismo, que me corrija si me equivoco) varios intentos de conversación por parte de algún masculino de dudosa procedencia, que trata de exceder el clásico piropo al estilo "qué linda parrilla para apoyar mi chorizo" y van al plano de "disculpame, sabés cómo llegar a la calle Cabildo?" y a partir de eso, y a veces con mucha más habilidad que un taxista, sacan una conversación medianamente fluída en la que se les cae, como sin querer, una invitación a tomar algo o su número de celular.
Y así, con tanta interacción, con tanta sociedad que nos explota en la cara, es como nace la misantropía. Es como si de golpe te obligaran a comerte cien milanesas a la napolitana de prepo. Te pudrís.
De esta forma, (seguro a muchos les pasa lo mismo) me dan ganas de encerrarme en una cueva lejos de todos los colectivos, los ascensores, las viejas y los taxistas con ganas de conversar, pero claro, no me voy porque ahí no tendría WiFi, y todos sabemos que internet satelital es una mierda.
¡Feliz odio a todos!
Nos cruzamos a diario con gente de todo tipo, pero eso no nos hace seres que se sientan contentos de formar parte del tumulto, de ser un grano de arena en medio de la playa. Muchas veces nos enerva y saca lo peor de nosotros. Cuando alguien por algún motivo nos trata mal, nos enojamos, pero cuando nos trata bien, ¡También nos enojamos!.
-¡Hola ! ¡Buen día! ¿Cómo está usted hoy? ¿Me podría dar un pancho por favor? ¡Muchas gracias!
- Sí, tomá.
"¡¿Este pelotudo quién se cree para venir a hacerse el peter pan buena onda acá?!" piensa el vendedor de panchos, que lo que menos quiere es tener un tipo de conversación con un cliente, a menos que sea una mujer exuberante (o no tanto, digamos que por lo menos una mujer con calzas), en donde la situación es totalmente inversa:
- Hola (señor horrible de bigotes antihigiénicos), deme un pancho por favor.
- Sí, ¡cómo no! ¿Sabía usted que los panchos eran alimento de los egipcios, esos que construyeron las pirámides? Es lindo conocer de dónde vienen las cosas que comemos...
Y así la chica, intimidada por las moscas, toma su pancho y se lo lleva a la vereda, tratando de salir lo antes posible para que no le miren el culo el panchero y los cinco obreros que comen sentados en las sillas altas que dan a la barra, llena de papitas.
También nosotros, seres cotidianos que no vendemos panchos, huimos de cualquier oferta de comunicación humana en plena calle. Así son los casos de señoras de avanzada edad (viejas) que en una parada de colectivo nos cuentan que hace cincuenta años esa calle era de tierra y sus hermanos jugaban a la pelota, o el taxista que busca iniciar conversación con un "Parece que se va a larga una..." donde nos pone contra la pared (porque él sabe que nosotros podemos ver las nubes negras sobre nosotros y es el tema de conversación universal) y debemos responder con un "sí, se va a largar con todo". De todos modos, esta gente conoce métodos infalibles para hacer un collage de temas que van desde "qué caro que está todo" hasta "viste la inseguridad que hay", pasando por "vos no te enfermaste? ¡están todos resfriados!".
Ni hablar de las personas molestas (su laburo es ser molestos) que te paran por la calle con alguna promoción de cursos. "¡SECUNDARIO ACELERADO! APROVECHA ESTA PROMO" mirá, tengo barba y estoy más cerca de los treinti que de los veinti. Si no terminé el secundario, más que una promo, gatillame un chumbo en la cabeza. (Chicos, estudien, es el futuro! :) ) O peor aún, LOS VENDEDORES DE PERFUMES, que saben todo tipo de halagos al paso que no ofenden, pero ayudan para que los miren por un segundo mientras te interrumpen el paso. "Che campeón, capo, genio, cómo andás, te puedo comentar una cosita?" y ahí listo, media hora de un monólogo interminable que no se acaba con un "tengo que laburar y estoy llegando tarde", porque aunque sea verdad, es lo que dicen todos, y francamente no les importa.
Y PEOR AÚN las mujeres, que deben tener (y alguna fémina lectora del abismo, que me corrija si me equivoco) varios intentos de conversación por parte de algún masculino de dudosa procedencia, que trata de exceder el clásico piropo al estilo "qué linda parrilla para apoyar mi chorizo" y van al plano de "disculpame, sabés cómo llegar a la calle Cabildo?" y a partir de eso, y a veces con mucha más habilidad que un taxista, sacan una conversación medianamente fluída en la que se les cae, como sin querer, una invitación a tomar algo o su número de celular.
Y así, con tanta interacción, con tanta sociedad que nos explota en la cara, es como nace la misantropía. Es como si de golpe te obligaran a comerte cien milanesas a la napolitana de prepo. Te pudrís.
De esta forma, (seguro a muchos les pasa lo mismo) me dan ganas de encerrarme en una cueva lejos de todos los colectivos, los ascensores, las viejas y los taxistas con ganas de conversar, pero claro, no me voy porque ahí no tendría WiFi, y todos sabemos que internet satelital es una mierda.
¡Feliz odio a todos!
viernes, 24 de enero de 2014
Harapos
Un hombre harapiento, seguido por un olor nauseabundo y varias moscas alrededor, entra a un lujoso restaurante cerca del puerto, una elegante zona iluminada donde los más snob se acercan para comer o tomar un té con magdalenas o croissants.
- Mesa para uno, por favor - dijo el hombre, ante los ojos horrorizados del mozo que lo miraba casi a punto de echarle encima una lata de insecticida o de prender un espiral.
- Disculpe señor, este es un espacio de alto nivel donde no podemos admitir personas con su... vestimenta. -
- Bueno, no hay problema - comentó el hombre de muy buen humor - no pensé que mi ropa iba a ser un problema, pero igualmente tenga este billete de cien por las molestias.-
De su bolsillo harapiento, sacó un billete de cien y se lo colocó al mozo en el bolsillo de su impecable camisa blanca, quien en seguida revisó que fuera real. Lo era. Cuando subió la vista, el hombre estaba casi en la puerta de salida. El mozo, sorprendido, lo interceptó y le pidió disculpas por el "mal entendido", y me informó que se había desocupado una mesa recientemente, mientras repetía que todo había sido una confusión y que no dudó jamás de su categoría.
El mozo explicó la situación a sus compañeros, alegando que se trataba de uno de esos millonarios excéntricos que gustan probar los zapatos de los pobres. Todos lo trataron con mucho respeto y cordialidad, como a cualquier otro cliente de ese lujoso restaurante, aguantando incluso el mal olor que emanaba el extraño comensal.
Luego de devorar la entrada, levantó su mano llamando al mozo y pidió un abundante y exótico plato principal, que ocupaba toda la mesa, junto con una botella de vino, esta vez blanco.
Terminada la comida y el postre y ante la mirada aún sorprendida del personal, el hombre retira la servilleta de sus rodillas, bebe lo último de su copa y camina lentamente hacia la salida. El mozo lo detiene y le extiende un papel con una cifra de cuatro dígitos, el hombre lo toma, ríe y le dice:
- ¡No se moleste! Yo sólo tenía cien pesos que había encontrado, ¡pero gracias por todo!.
Y se llevó sus moscas fuera del lujoso restaurante.
- Mesa para uno, por favor - dijo el hombre, ante los ojos horrorizados del mozo que lo miraba casi a punto de echarle encima una lata de insecticida o de prender un espiral.
- Disculpe señor, este es un espacio de alto nivel donde no podemos admitir personas con su... vestimenta. -
- Bueno, no hay problema - comentó el hombre de muy buen humor - no pensé que mi ropa iba a ser un problema, pero igualmente tenga este billete de cien por las molestias.-
De su bolsillo harapiento, sacó un billete de cien y se lo colocó al mozo en el bolsillo de su impecable camisa blanca, quien en seguida revisó que fuera real. Lo era. Cuando subió la vista, el hombre estaba casi en la puerta de salida. El mozo, sorprendido, lo interceptó y le pidió disculpas por el "mal entendido", y me informó que se había desocupado una mesa recientemente, mientras repetía que todo había sido una confusión y que no dudó jamás de su categoría.
El mozo explicó la situación a sus compañeros, alegando que se trataba de uno de esos millonarios excéntricos que gustan probar los zapatos de los pobres. Todos lo trataron con mucho respeto y cordialidad, como a cualquier otro cliente de ese lujoso restaurante, aguantando incluso el mal olor que emanaba el extraño comensal.
Luego de devorar la entrada, levantó su mano llamando al mozo y pidió un abundante y exótico plato principal, que ocupaba toda la mesa, junto con una botella de vino, esta vez blanco.
Terminada la comida y el postre y ante la mirada aún sorprendida del personal, el hombre retira la servilleta de sus rodillas, bebe lo último de su copa y camina lentamente hacia la salida. El mozo lo detiene y le extiende un papel con una cifra de cuatro dígitos, el hombre lo toma, ríe y le dice:
- ¡No se moleste! Yo sólo tenía cien pesos que había encontrado, ¡pero gracias por todo!.
Y se llevó sus moscas fuera del lujoso restaurante.
jueves, 16 de enero de 2014
Epidemia
Doctor, tengo un grave problema. Resulta que anteayer iba caminando por la plaza, la que está cerca de la iglesia y eran casi las tres de la tarde, porque recuerdo las tres campanadas. La cosa es que yo volvía del almacén, de comprar jugos de naranja en polvo que tanto gustan a mi esposa, cuando me topé con el carnicero que estaba en la puerta de su negocio descargando unas medias reses, cuando nos pusimos a charlar y me contó que andaba medio mal y que no pudo dormir en toda la noche.
Acto seguido, suspiró y se estiró, largando al aire un bostezo que instantáneamente se me contagió. Pensé que iba a ser algo inofensivo, pero caminando de vuelta a casa me encontré a doña Emilce, y le conté lo que acaba de ocurrir, mientras se me vino a la cara un bostezo, y ella también bostezó, contagiada.
Llegué a casa y a la hora de dormir, acostado con los ojos abiertos, no pude dejar de pensar en bocanadas de aire profundo, cálido, entrando y saliendo de mí como fuego, como agua hirviendo, como un río de sal. De ahí el sofocamiento, calores, transpiración. La almohada dejó de ser cómoda, me movía. Hacía frío, calor, frío, más frío y mucho calor. Los ojos, rojos, se llenaron de arena. No podía cerrarlos o dejarlos abiertos. En las ojeras se acumulaba el sudor y caía por mis mejillas peor que lágrimas.
¡Vi el amanecer! Me levanté, bostezaba todo el tiempo. Maldije muchas veces, me senté, paré y caminé por toda la casa. El canto finito de los primeros pájaros era insoportable. Tomé un té de tilo para relajarme y no paraba de bostezar.
Mis pulmones se expandían y contraían más que un fuelle y yo, en el limbo de no saber qué hacer. Por eso, apenas fueron las nueve, nueve y cuarto, me vestí y vine a consultarlo.
Lo peor de todo es que cuando salía de casa, pasó por la vereda doña Emilce con una cara horrible, y me contó que ella tampoco pudo dormir y estaba dele bostezar.
Y PEOR que eso, mientras venía a paso ligero creo haber contagiado a tres personas más. ¡Una de ellas era una niña que jugaba en la plaza! ¡Soy un monstruo, doctor! ¿Qué debo hacer?
- Cálmese, creo que usted necesita relajarse - afirmó calmado el doctor, completo de seguridad y un tanto inquieto por la extraña consulta por un simple bostezo. - Esta noche vea algo de televisión y luego concéntrese en dormir.
El paciente dio un gran bostezo, apretó la mano del médico y se fue. Al cerrar la puerta el médico abrió sus fauces tomando mucho aire, dando lugar a un bostezo propio. Acto seguido, continuó atendiendo a los demás pacientes que esperaban en la pequeña recepción.
Dos días más tarde, la secretaria deja una carta del paciente en el escritorio del médico, que llegó tarde ese día. Al abrirlo, con el ambo arrugado, las manos temblorosas y la respiración agitada, se quitó los anteojos para leer mejor, descubriendo dos ojos rojos que leían: "¡Gracias doctor! Espero no verlo nunca más."
El médico dejó la carta sobre el escritorio, llevó la mano a boca para cubrir un gran bostezo que duró unos segundos y, con el pulso temblando y las ojeras negras, pidió a la secretaria que le envíe al primer paciente del día.
Acto seguido, suspiró y se estiró, largando al aire un bostezo que instantáneamente se me contagió. Pensé que iba a ser algo inofensivo, pero caminando de vuelta a casa me encontré a doña Emilce, y le conté lo que acaba de ocurrir, mientras se me vino a la cara un bostezo, y ella también bostezó, contagiada.
Llegué a casa y a la hora de dormir, acostado con los ojos abiertos, no pude dejar de pensar en bocanadas de aire profundo, cálido, entrando y saliendo de mí como fuego, como agua hirviendo, como un río de sal. De ahí el sofocamiento, calores, transpiración. La almohada dejó de ser cómoda, me movía. Hacía frío, calor, frío, más frío y mucho calor. Los ojos, rojos, se llenaron de arena. No podía cerrarlos o dejarlos abiertos. En las ojeras se acumulaba el sudor y caía por mis mejillas peor que lágrimas.
¡Vi el amanecer! Me levanté, bostezaba todo el tiempo. Maldije muchas veces, me senté, paré y caminé por toda la casa. El canto finito de los primeros pájaros era insoportable. Tomé un té de tilo para relajarme y no paraba de bostezar.
Mis pulmones se expandían y contraían más que un fuelle y yo, en el limbo de no saber qué hacer. Por eso, apenas fueron las nueve, nueve y cuarto, me vestí y vine a consultarlo.
Lo peor de todo es que cuando salía de casa, pasó por la vereda doña Emilce con una cara horrible, y me contó que ella tampoco pudo dormir y estaba dele bostezar.
Y PEOR que eso, mientras venía a paso ligero creo haber contagiado a tres personas más. ¡Una de ellas era una niña que jugaba en la plaza! ¡Soy un monstruo, doctor! ¿Qué debo hacer?
- Cálmese, creo que usted necesita relajarse - afirmó calmado el doctor, completo de seguridad y un tanto inquieto por la extraña consulta por un simple bostezo. - Esta noche vea algo de televisión y luego concéntrese en dormir.
El paciente dio un gran bostezo, apretó la mano del médico y se fue. Al cerrar la puerta el médico abrió sus fauces tomando mucho aire, dando lugar a un bostezo propio. Acto seguido, continuó atendiendo a los demás pacientes que esperaban en la pequeña recepción.
Dos días más tarde, la secretaria deja una carta del paciente en el escritorio del médico, que llegó tarde ese día. Al abrirlo, con el ambo arrugado, las manos temblorosas y la respiración agitada, se quitó los anteojos para leer mejor, descubriendo dos ojos rojos que leían: "¡Gracias doctor! Espero no verlo nunca más."
El médico dejó la carta sobre el escritorio, llevó la mano a boca para cubrir un gran bostezo que duró unos segundos y, con el pulso temblando y las ojeras negras, pidió a la secretaria que le envíe al primer paciente del día.
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