lunes, 15 de junio de 2015

Segundo Manifiesto del Abismo: La Necesidad del Movimiento

Un abismo es como una bola de nieve, que se derrite si se queda quieta, pero en movimiento va creciendo hasta estrellarse en un todo y se convierte en nada.

Contrario a la nieve, el abismo carece de volumen, puesto que es un espacio vacío, y al girar, agrandarse y estrellarse contra la nada, crea todo.

Este abismo tal como lo conocemos, lleva seis años desde que empezó a girar y tan vacío está que dejó pequeños todos en el camino, esos todos, algunos se derritieron, otros giraron hasta chocar con otros todos y hacerlos nada y esas nadas, pequeñas abismas, crecieron y rompieron y borraron y crecieron y crearon y sus clústeres hoy siguen rodando, aunque algunos se derritan.

El movimiento, la nada y el todo son los grandes pilares del abismo, puesto que siendo un abismo la nada donde cabe un todo, requiere del movimiento para que esto ocurra. Sin nada, no hay todo, sin todo no hay nada y sin movimiento no existen ni la nada ni el todo.

Imaginen una realidad estática, donde los planetas no orbiten, donde el universo no se expanda, donde las estrellas no envejezcan, donde no existan movimientos tectónicos que vomiten volcanes o que los apaguen, donde no existe el viento y las hojas de los árboles que no podrían existir queden estáticas en su propia inexistencia.

Claramente en ese escenario no existiría la vida, sería una hoja en blanco antes de ser creada, porque nunca existió el impulso, la idea motora que la materializó, y en parte, eso es el abismo: Una idea contenida esperando ser materializada, pero en pleno movimiento que, de a poco, la acerca a su existencia.

martes, 2 de junio de 2015

Silencio En Silencio

Todos los silencios esconden miles de sonidos, eso ya es sabido y sumamente repetido por miles de poetas contemporáneos, por músicos, por amantes de la literatura.

Hay sonidos que tienen en sí mismos sostenidos, bemoles, rojos, verdes, amarillos, turquesas, metáforas, líneas, historias, cigarrillos, caricias, complicidades, guiños, aire, viento, huracanes, tormentas, ventanas, lluvia, agua, mares, ríos, mates, pasto, árboles, pájaros, cielos, soles, lunas, meteoritos y saturnos.

Pero el silencio más poderoso de todos, y a su vez el más atroz, es el silencio que contiene dentro de sí otros silencios, cuya fuerza es inmensa y suele generar ese efecto de vacío capaz de destruir sostenidos, bemoles, rojos, verdes, amarillos, turquesas, metáforas, líneas, historias, cigarrillos, caricias, complicidades, guiños, aire, viento, huracanes, tormentas, ventanas, lluvia, agua, mares, ríos, mates, pasto, árboles, pájaros, cielos, soles, lunas, meteoritos y saturnos.

Ese vacío, ese silencio al cuadrado, suele aparecer más allá de la muerte, es la muerte triple, cuando mueren la palabras, los sonidos, los sentidos, y nada más puede propagarse, porque todo, hasta lo más fuerte, es incapaz de penetrar el vacío, que por más contradictorio que suene, es la fuerza más increíble que existe, la destrucción en su máximo exponente, el lado mil por ciento salvaje de la existencia, que arrasa con todo, con la felicidad, con la tristeza y con todo lo imaginable.

El silencio dentro de un silencio, son millones de bombas de hidrógeno cayendo al mismo tiempo en un mismo punto, en una milésima de segundo que dura más de una hora, y nos permite viajar miles de millones de años al pasado, momentos antes de que se produzca el big bang.

Esto sucede cuando REALMENTE no queda más por decir.

jueves, 28 de mayo de 2015

Des-Desencuentro

Se venían mirando desde que se subieron al colectivo. Sólo miradas, sin muecas, ni sonrisas, ni ademanes de nada. Y sólo con sus miradas, y quizás de tanto conocerse de viajes anteriores en el mismo transporte, a la misma hora, acordaron implícitamente que ella se bajara una cuadra después y él una cuadra antes.

Él la dejó pasar primero sin hablar, con un leve gesto de la mano y casi amaneciendo una sonrisa. Ella dejaba un rastro de perfume que él siguió sinuosamente mirando hacia atrás como le decía un cartel sobre la puerta que no olvide.

Cruzaron la calle, como caminando por separado y accidentalmente se metieron al mismo café. Se sentaron en mesas opuestas, y sus miradas siguieron cruzándose, formando trenzas invisibles en el aire que daban tres, cinco, diez vueltas y se entreveraban con el vapor del capucchino de vainilla y el cortado doble con crema.

Ella pidió edulcorante, él azúcar. Revolviendo los sobres dentro de las tazas, dentro de los platos, sobre la mesa, conectados por el parqué de alto tránsito, movían los dos la pierna derecha al mismo ritmo, como sincronizados con el tempo de So What, de Davis, mientras el murmullo de la gente bajaba, y la trompeta parecía acapararlo todo.

Las piernas se movían frenéticamente, aún conectadas por el parqué, oyendo las trompetas, entre miradas sin murmullos que zigzagueaban entre humo, vapor, miel, edulcorante y esas galletitas horribles que siempre ponen en los platos cuando uno pide café.

El track del cd llegó al final, el murmulló pareció subir (siempre estuvo al mismo nivel), el ruidito del golpear de la taza, de ambas tazas contra el plato, el vaso de soda. La galletita no. Ninguno de los dos.

La cuenta, el mesero, la propina, el parqué, la puerta. Otra vez la dejó pasar, esta vez su perfume tenía detalles de canela, y él, con la misma pulcritud y neutralidad de siempre, prosiguió.

La esquina, ella a la izquierda. Él, derecha.

Mañana va a ser un día incómodo en el colectivo.

miércoles, 27 de mayo de 2015

Efervescente

Botellas caen, vidrios, humedad.
Los manteles, clavados, soportaban los vientos.

Las copas, dobladas, chillaban de dolor.

Voces, ruidos, gritos, silencio.

Se transformaban en cosas, en sombras, en formas.
Eran deformes, negros, blancos y azules. Celestes también.

Paranoia, mil, millón, bi.

Alfileres en la panza, espadas por la nuca,
El pelo mojado, la garganta ácida.
El estómago efervescente.

miércoles, 6 de mayo de 2015

Flotante

Vemos la luna como si no fuera una luna.

La vemos ahi, quieta en el cielo cubierta por las nubes, como acechando.

La vemos en el cielo tan normal, sin pensar que es un cascote de millones de toneladas flotando, si, flotando en un mar oscuro.

¿Te imaginas una montaña flotando? ¿El Aconcagua flotando? Parece maravilloso, imposible. Bueno. La luna son miles de Aconcaguas flotando a la vez. Y es real. Creo.

Y la vemos ahi, tan no-milesdeaconcaguasflotando. Tan redonda. Tan cotidiana.

La luna es una pelota, la vemos como una pelota.

Sentimos que esta ahi. Decimos "mirá la luna, qué linda que está", porque esta naranja, porque a veces es roja, pero cuando simplemente esta, no la vemos como un asteroide capaz de destruirnos, despiadada y pesada.

La vemos ahi, peso pluma, sin pensar que está flotando, volando.

Y la vemos porque la vemos, y cuando no la vemos, no la vemos, sin pensar dónde estará, qué estará tramando.

Nos tropezamos todo el tiempo con una pelota inmensa que vuela por encima nuestro, la señalamos y seguimos esperando el colectivo, como si supiéramos sin temor a equivocarnos, que ella y que nosotros, mañana volveremos a vernos.

*

viernes, 24 de abril de 2015

Definiciones #1

Soy el pájaro que se cae,
la sonrisa que envenena,
la distancia que marea,
la rima que desafina.

Soy semilla en el asfalto,
el silencio en semifusas,
la luz por su ausencia,
el compás más corrido.

Soy la uña encarnada,
la lengua muda,
la boca torcida.

Soy el techo del cielo,
la sangre por fuera,
la explosión.

Soy el agua estancada,
la montaña dormida.

Soy un agujero,
soy el sol.

Soy lo que se rompe.

Soy un girasol.

martes, 31 de marzo de 2015

El Rincón

Se dice que hay un rincón de cada casa del que nadie vuelve, del que sólo se escuchan sombras caminar por el aire. Un lugar donde los perros nunca huelen, donde las moscas nunca se posan. Es un sitio recóndito, secreto que los arquitectos guardan celosamente, y que aquellos que pertenecen a la cofradía protegen con su vida, así tengan que tragar veinte cucharadas de cal antes de morir.

Es una esquina, o una ochava, o una especie de zigzag, siempre a la vista de todos, pero al pasar de nadie, justo donde nunca da la luz. Tan pequeño que nadie puede esconderse, pero nunca pasa desapercibido.

Lo vemos siempre, pero no sabemos. No sabemos que lo vemos siempre. Y esa es la razón del secreto. Es un rincón tan común del que nadie sospecharía, pero cuando se descubre, la gravedad pierde sentido, los floreros se secan, las hojas se transforman en polillas y las cortinas salen despavoridas.

Es el punto justo donde el feng shui y la conexión astral perpetuan, donde el ying y el yang son uno solo. Y tan fácil es hacerlo, y tan fácil destruirlo, que ni las arañas tejen en sus límites.

El tema es complicado, puesto que si uno, sin saber, introduce su cabeza en esa esquina, esa ochava, o ese zigzag, es posible que se devuelva como un monstruo, como una escultura del siglo XV o como nada, siendo la nada misma su existencia, siendo que no sería más.

Y es por eso que tamaña energía es el secreto más escondido de quienes estructuran paredes, de quienes levantan vigas y quienes en pura coordinación silenciosa levantan las esquinas, las ochavas y los zigzags con más poder en el universo.

jueves, 12 de marzo de 2015

La Copa Molida

Después del maravilloso espectáculo que había presenciado esa tarde, esperé sentado en mi mesa hasta que todo el público se había ido. Me quedé incluso después de que las meseras salían del baño con su ropa de civil, apuradas para tomar el último colectivo.

Me quedé hasta que salió él, alto, bien vestido, sonriente y con una pequeña mochila en uno de sus hombros.

Me levanté, le di la mano mientras le comentaba que me había encantado su función: La humildad, la gracia, el show, todo había sido espléndido. Sonrió mirándome a los ojos y agradeció con amabilidad cada una de mis palabras.

Tras dar un paso para alejarse de mi, no pude contenerme y le confesé que quería aprender.

"¿Aprender?" Me dijo. "Sí, quiero que me enseñe a ser mago, ilusionista, quiero incorporar su gracia, su talento, y tal vez en algún momento, si es que soy bueno, poder montar mi propio show en la ciudad donde nací, o incluso si usted lo permite y lo concede, formar parte del suyo".

Al principio se nego, pero ante mi insistencia no le quedó más opción que darme su tarjeta para que lo dejara ir.

La primer clase fue intensa, puros entrenamientos casi físicos, de manos, movimientos de muñeca, expresiones faciales, y tardamos casi un mes en que accediera -aunque yo estaba ansioso desde el primer día- a mostrarme uno de sus trucos.

"¿Cuál te gustaría aprender?", me dijo con un tono amable, pero firme. "Siempre me llamó la atención cuando usted muerde esa copa de vidrio con su boca. ¿Es una copa real?" - "Así es, es real, pero no creo que estés preparado para ese truco". De nuevo, insistí casi hasta no dejarle opción. Accedió.

La copa, normal, traslúcida, hermosa, fría. La tuve en mis manos. "El secreto es morder la copa sin que el vidrio se astille hacia arriba, haciendo fuerza con la mandíbula inferior, luego moliendo cuidadosamente el vidrio con las muelas, guardando la mitad en uno de los cachetes, y la otra mitad tragándolo lentamente y en porciones muy pequeñas, casi ínfimas".

Lo hice al pie de la letra, él iba atentamente siguiendo mi cuidadoso manejo de la copa. Al tragar el polvo de vidrio que mis muelas habían destrozado, empecé a asfixiarme, me dolía todo, me picaba el cuello, me ardía el estómago.

Caí al piso agarrándome el cuello, y él, parado al lado mío totalmente firme, lanzó una sutil carcajada al aire mientras murmuró "Un mago nunca revela sus trucos".

martes, 3 de marzo de 2015

Siempre Todo es lo Mismo

Siempre lo mismo, los mismos lugares, la misma gente. Se había cansado de pasar siempre y ver lo mismo, aquella señora que a punto de cruzar la calle siempre se le volaba el paraguas, aquel atardecer que contemplaba todos los días antes de irse a dormir, los pájaros cantando siempre sobre el mismo árbol anaranjado por el otoño.

A la mañana, siempre la misma montaña con nubes, hermosa, pero siempre la misma. ¿No podría correrse de lugar, o por un día mostrarse sin nubes? ¿No podrían esos patos del estanque convertirse en cisnes, en perros o en elefantes y hacer algo distinto?

Hasta que una tarde, cansado de pasar una y otra y otra vez por lo mismo, lo mismo de lo mismo, y ver siempre lo mismo, se decidió y por primera vez en treinta años, cambió todos los cuadros de las paredes de su casa.

sábado, 21 de febrero de 2015

Entre Girasoles

Me metí casi de prepo, escapando de los tábanos que pellizcaban mis ojos, en un campo oscuro, una plantación, aprovechando el manto blancoazulado que me proporcionaba la noche.

Logré enterrar los pies, los tobillos y con un poco más de dificultad casi llego a cubrir las pantorrillas. Esperé con los párpados cerrados el amanecer.

Al desvanecerse la noche y con las primeras luces, a mi alrededor se alzaban lentamente y con aires de grandeza los dueños del campo, los esclavos del sol.

Primero, los más chiquitos se erguían como podían, débiles, pero cuando los grandes empezaban a colocar su postura, ellos intentaban imitarlos, aunque con la torpeza de quien aprende.

Los girasoles son muy testarudos, y no soportan una discusión, por eso están diseñados para no hacer caso a otra cosa que a su luz proveedora, evitando todo tipo de contrapensamientos, de confrontaciones y no toleran bajo ningún concepto una opinión distinta. Tanto es así, que nacen como programados, y a todos les gusta el color amarillo, todos son políticamente de centroizquierdistas, simpatizan con muchas ideas marx y adoran el Jazz Fusión, especialmente aquel que incluye ritmos latinos.

Por ende, un girasol no puede escuchar una canción de King Crimson sin protestar, o concebir ideas demasiado liberales o demasiado conservadoras.

Entonces, me sentía seguro. Los girasoles son tan pero tan egocéntricos, que no soportarían la idea de tener un infiltrado entre ellos sin que lo notasen, por ende, cuando miraban hacia sus costados, y les tocaba toparse conmigo, aunque yo estaba bien camuflado, ellos creían que no era sino uno de ellos.

Se sabe que los girasoles en realidad son plantas carnívoras, y no se alimentan de la luz del sol como muchos piensan, sino que aprovechan las noches para crecer por debajo, por sus raíces, e ir atrapando cuanto ser vivo se les aproxime en las profundidades: lombrices, escarabajos e incluso topos y otros roedores pequeños y medianos que se ocultan bajo el suelo, ¡hasta serpientes y arañas! 

También son plantas muy violentas cuando se sienten en peligro, y no dudarían en abalanzarse sobre mí y reducirme a unos pocos jugos de nutrientes que ellos usarían para alimentarse si llegaran a notar mi presencia.

Y así, empecé a seguirles el ritmo para no ser descubierto. De día, lentamente miraba fijo al sol e iba corriéndome de a poquito hasta que oscurecía, y durante la noche me enderezaba, siempre sin desenterrarme, y descansaba los ojos, que cada vez dolían y se irritaban con más violencia.

Luego de varios días de esta devastadora rutina, me di cuenta que había llegado al punto de no retorno. Mis pies estaban ya demasiado enterrados, casi enraizados al suelo como para salir, mi cuerpo, demasiado cansado de tantas rotaciones -nunca tuve mucha flexibilidad- y mis ojos ardiendo todo el tiempo, día y noche sin descanso. Estaba literalmente atrapado en un campo de girasoles.

Se me acababan las ideas, se me agotaba la energía y creo que hasta tuve algunas alucinaciones durante la noche. No fueron sueños, estoy seguro, porque había pasado días enteros sin dormir siquiera un minuto.

Y así pasaba el día, retorciéndome, y la noche, agitado, sin dormir, ardiéndome el cuerpo, los ojos, la piel.

De a poco, al contrario de lo que yo hubiera imaginado, los días fueron alargándose, o eso me pareció. Primero un poco, algunas horas supongo, luego el sol tardaba cada vez más en ocultarse, y los girasoles rotaban un poco más cada día, hasta ese día.

Ese día, el sol no se ocultó. Y los girasoles obviamente, así de testarudos como son, se negaron a aceptar el cansancio y siguieron girando, por lo que en consecuencia me ví obligado a hacer lo mismo. Y ahí estaban, los girasoles hablando de lo mal que cantaba Madonna, opinando sobre arquitectura, filosofía y teorizando sobre conspiraciones alienígenas que podrían amenazar la vida en la tierra dentro de quinientos años, según profecías que yo desconocía.

El sol siguió girando, sin darme la oportunidad que antes tenía de recuperar mis fuerzas, y de a poco la tierra de mis pies se fue moviendo, hasta llegar a su tope, entonces quienes se movieron a voluntad propia fueron mis huesos, lentamente y astillándose provocando un gran dolor. Ya el ardor de mis ojos fue calmado con lágrimas, que desafortunadamente eran producto de un dolor aún más agudo y destructivo.

Y así todo siguió rotando, tan lentamente que hacía doler aún más, y los ojos, y las manos, y la piel, y los girasoles dele murmurar nombres, Marx, Chaplin, Kandinsky, criticando, halagando, opinando, y mis pequeños gemidos que empezaron a entorpecer mi respiración, y el sudor que caía al suelo, que regaba mi tierra, y a través del cual comencé a alimentarme, pero ya era tarde, porque los huesos se bifurcaban, los dedos se rompían, los ojos lloraban y el labio comenzaba a sangrar de tanto que lo mordía para no romper en llanto.

Cuando no podía más y estaba a punto de rendirme, todos los girasoles dejaron de darle importancia a la luz del sol y lentamente rotaron hacia mi. En cuestión de minutos, era el protagonista de todo un campo de girasoles, que me veían sufrir, que apuntaban directamente hacia mi como los veía desde hace días hacer con el sol.

Todos se callaron. Yo dejé de girar. Por primera vez en varios días me había quedado quieto.

Un ruido seco sonó en el campo silencioso y rebotó en eco en algunas piedras cercanas. Eran mis tobillos, quebrándose. 

Un segundo sonido se escuchó y rebotó en el horizonte. Era mi cuerpo dando un golpe contundente contra el suelo.

Y de golpe, la noche. No se cuando oscureció, desconozco si fue al instante o pasaron horas o días, pero yo seguía en el suelo, sintiendo un dolor apaciguado por la anestesia que el mismo cuerpo fabrica para no morir de dolor.

Y de golpe, cosquillas. Cosquillas en medio de la noche. Cosquillas en los pies. ¿Están acaso mis pies recobrando sensibilidad? 

Cosquillas, cada vez más fuertes, en la planta, en los dedos del pie, de LOS pies. Cosquillas en los tobillos, cosquillas en las piernas. Obviamente no podía reir, pero la sensación de SENTIR algo, era enorme. Era feliz.

Era feliz, claro, hasta que la luna alumbró y mis ojos vieron, y me di cuenta que las cosquillas eran provocadas por las raíces de los girasoles, que ahora envolvían lentamente parte de mi cuerpo, y el sol se negaba a salir.

Los girasoles controlan el día y la noche. 

Nunca pude camuflarme entre ellos.

Lo habían planeado todo desde el principio.

lunes, 26 de enero de 2015

Adentro

Me adentré en sus ojos para conocer sus pupilas, y me vi inmerso en un mar oscuro. Las lágrimas colmaban las paredes, el piso, el techo, sin embargo todo era un vacío infinito, sin paredes, ni piso ni techo.

El aire salado se filtraba entre mis poros y algunos rayitos de luz me despeinaban como un láser al pasar zumbando cerca de mi oído.

Hasta que ahí estabas, luego de avanzar hacia esa pequeña estrella que al principio lindaba el horizonte, parada, mirando lentamente hacia ambos lados entre tanta oscuridad.

Pero no te creí y me acerqué. No te creí y avancé más rápido que nunca.

Por eso te tuve en frente y te supe una ilusión.

Así que como un rayo de luz, me adentré de nuevo en tus ojos.

domingo, 18 de enero de 2015

No Podemos Mirar Lo Que No Podemos Mirar

Dicen que hay una foto que no puede ser vista. Que todos los claveles se secarían si alguien lo hiciera, que el sol se apagaría.

Dicen también que hay curiosos que al intentar verla se les endurecen los párpados, se les secan los pies, se les caen los labios.

Dicen a veces que esa foto aún se guarda en un negativo, que jamás fue revelada. Dicen también que hay tres copias, pero sólo una produce el efecto. Dicen que las otras dos sólo te darían sed, y que al tomar un río aún no saciaría.

Dicen que mirar el negativo es aún peor que sus copias.

Dicen que fue tomada por un fotógrafo que no perteneció a ningún país, que no era sino del viento, y que se escondía en la arena por la angustia. Dicen que lloraba de dolor todos los días que terminaban anaranjados. Dicen que murió sin saber su propio nombre.

Dicen que sus últimas palabras fueron "Hola, buenos días".

viernes, 16 de enero de 2015

En un silencio

Casi no te puedo ni hablar, porque estás tan lejos como la mayoría del tiempo. Estás quieta, pero avanzas a velocidades increíbles, recorrés mil universos y volvés, tan distante, con tantos idiomas, tantas imágenes, que volvés a desaparecer como desaparece la niebla con el sol, como se van disolviendo las lunas nuevas.

De repente no entrás en vos, sos otra, sos vos, sos miles. Y ahí estás, como un maniquí desnudo, plástico, no entrás en mi. Ya no cabés en la casa, en la manzana, excedés. Me desmembrarías si sólo intentaras verme. O tal vez me desmembraría yo, sólo por poder verte.

No se, tal vez sea mejor quedarnos callados.

lunes, 15 de diciembre de 2014

El Carisma de la Desesperación

Dicen que el tiempo es relativo, que uno lo percibe de acuerdo al contexto, a la situación, que pasa más lento o más rápido dependiendo de nuestro alrededor o de lo que pase por nuestras mentes.

Es así que pasa increíblemente rápido cuando uno se divierte e increíblemente lento cuando, obviamente, sucede todo lo contrario.

Y es en las situaciones más complicadas cuando el tiempo se estira e inmediatamente caemos en un río de dulce de leche donde debemos remar lo más rápido que podamos ante la desesperación.

Entonces, empezamos a sacar interminables ases de nuestras mangas cuando, por ejemplo, nos cruzamos con una persona que nos vemos obligados a saludar y a compartir un breve lapso de tiempo -como un ascensor o un viaje en colectivo- que, respondiendo a la teoría enunciada al comienzo de este texto, hace del tiempo un maremoto de lentitud en los que nuestro carisma se luce sacando temas de conversación totalmente estúpidos como "parece que va a llover, no?", mientras por la ventana del bondi se ve que del cielo está bajando un tsunami, o un "se vino el calorcito, eh?" en pleno diciembre -hemisferio sur- mientras la remera escurre un agradable río salado.

Resulta casi imprescindible esa pregunta monosilábica al final, para corroborar en parte nuestro nerviosismo e inseguridad ante la situación y por otro lado para sentirnos más confiados -a pesar de todo-. Entonces cada comentario desesperado para ganar tiempo y que la situación horrible termine, finaliza con un monosílabo interrogante así como los soldados dicen "Cambio" en sus comunicaciones por radio.

Otros interesantes tópicos a tratar cuando nos cruzamos con alguien medianamente indeseado, aunque más arriesgados, son preguntar acerca de familiares, mascotas, o amigos en común que nos acordemos, pero es un terreno bastante peligroso porque pueden pasar las siguientes situaciones:

- ¿Cómo anda tu vieja?
+ Muy enferma, no sabemos si llega a fin de mes.
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- ¿Cómo anda esa tortuga hermosa que tenías desde que eras chico?
+ La pisó un auto antes de ayer.
----------
- ¿Seguís viendo a Jorgito, con el que empezamos a cursar?
+ No, me quedó debiendo tresmil pesos que pusimos para un trabajo y se fue a vivir a la India.

Y aunque nosotros no tenemos la culpa de las deudas que haya dejado Jorgito, siempre vamos a quedar, desde ese momento, catalogados como cómplices y asociados al mal momento que pasó la persona. Si no quedara chance de hacer algunas preguntas de este tipo, recomiendo fuertemente preguntar sobre familiares, que suelen vivir más que las mascotas, aunque deberíamos evitar abuelos, por las dudas.

De esta forma entonces, logramos no evadir sino sobrevivir a un momento que suele durar a veces un minuto que parece durar lo que el período jurásico entero, y lo peor de todo es que nunca sabremos si a la otra persona le esta pasando lo mismo y está aplicando las mismas técnicas que nosotros, y sabemos que en silencio uno no puede estar, porque nuestro silencio sólo lo entienden aquellas personas que nos caen bien.

lunes, 8 de diciembre de 2014

La desatención

En la incalculable lucha diaria por sobrevivir (porque las luchas se calculan, obviamente), nos encontramos en la desesperación de que hoy en día todo nos quiere, todo nos necesita y todo requiere que nuestros ojos se posen en todo todo el tiempo.

Esto genera en nuestro pequeño cerebrito, cargado de impulsos eléctricos, un colpaso general que no nos produce un paro cardiorespiratorio, pero aunque nos permite seguir respirando, genera una inestabilidad emocional equivalente a inmolarse por Alá en alguna Unidad Básica, gritando y jurando lealtad a Narnia.

Es entonces que nos vemos obligados de actualizar nuestro Facebook, a contestar todos los emails, responder los mensajes de texto en el celular (todos y cada uno de ellos, en todos los programas que tengamos instalados hasta donde nos de la capacidad del aparatito), ver las publicidades en la tele para comentarlas en el laburo y los capítulos nuevos de las series que nos gustan para que nuestros compañeros de clase no nos adelanten la trama mientras charlan a los gritos entre ellos. Y claro que no te invitan, ¡si no te bancan porque nunca ves los capítulos a tiempo!

En todo este maremoto de información, recordemos que también tenemos que comer, dormir, trabajar, hacer compras, darle de comer al perro (que quizás ya empezó a comerse las paredes), estudiar, ESTUDIAR (la segunda vez va en serio), salir con algún amigo cada tanto, ESTUDIAR y dormir otra vez.

Y es así que en medio de la vorágine de ringtones variados, locutores ofreciéndonos la solución de nuestras vidas, Kant, Platón, las planillas de Excel que nuestro jefe quiere para ayer, y los profesores que creen que en un fin de semana se puede armar una tesis (porque claro, nosotros JAMÁS nos olvidamos de lo que tenemos que hacer y NUNCA dejamos todo para último momento), nuestra vida transcurre como con un ruido de fondo todo el tiempo, y hacemos un Excel sobre Kant, metemos a Platón en una tesis sobre Química Orgánica, estudiamos el manual de la licuadora nueva que compró la abuela y respondemos con insultos un mensaje de nuestro jefe, creyéndo que era nuestro mejor amigo.

Y es que tanta atención exigida nos genera esa desatención, esas obligaciones inventadas nos desvían de los placeres de tirarse al sol un martes al mediodía y volver hecho un tomate con piel sensible, tomarse un licuado de banana a las seis de la mañana de un domingo sin sentir culpa, o responder un mensaje tres días después sin que nadie te trate de desertor.

Todo eso, haciendo malabares entre la vida social, laboral, estudiantil, ociosa y procurando no confundir el vinagre para la ensalada con nitroglicerina y salir volando por los aires con la cara llena de lechuga.

Y mientras, nos acordamos que las fechas de finales se vienen acercando y ojo con pegar un portazo si desaprobás, que el perro ya terminó de comerse las paredes y está mordisqueando las vigas. Se te viene la casa abajo.

miércoles, 3 de diciembre de 2014

Instinto de Preservación

Suena una alarma. Un hombre sale corriendo hacia el este.
Suena una alarma. Un hombre corre hacia el sur.
Suena una alarma. Atento, un hombre corre hacia el oeste.
Suena una alarma. Un cuarto hombre corre instintivamente hacia el norte.

Coinciden todos en el centro, donde no suena ninguna alarma.

Suena una alarma. Un hombre escucha, permanece in situ.

Los demás, aunque lejos, lo imitan.

La alarma jamás deja de sonar.

jueves, 27 de noviembre de 2014

Vida

Hoy estuve mirando al techo durante casi tres horas, recostado en el piso. Jugaba con el humo de un cigarrilo, es decir, de medio cigarrillo que había encontrado en la calle.

El ventilador de techo chillaba sin control y la ventana abierta en todas sus hojas traía bocanadas de viento mezcladas con los incisivos rayos del sol del mediodía.

Había una radio prendida en otra habitación, creo que se estaba quedando sin pilas, o la antena andaba muy mal, o simplemente el dial estaba en una posición incómoda y mezclaba dos estaciones de radio, con los handies de una remisería y con una licuadora que estaba usando la vecina.

El piso estaba lleno de vidrios. Se había roto una de las botellas de vino. Por suerte estaba casi vacía. Debe ser por eso que tenía cortes en todos los pies descalzos. En todos. No se si las manchas en la alfombra eran de vino o de sangre, pero tampoco me importaba averiguarlo. Aparte el gato ya había empezado a lamerlas y, sinceramente, no me quería acercar.

De hecho, no tenía ganas de moverme.

El estómago me susurraba las ganas de comer, y la cabeza me gritaba que no pensara tan fuerte, que dolía. Creo que lo del estómago no era hambre. 

Miré por la ventana, las hojas del geranio de la maceta que colgaba de la ventana se movían entre lenta y rápidamente, de acuerdo con el ritmo del viento.

Sonó el despertador. No me importó.

Me incorporé despacito y logré sentarme en el piso, corriendo un poco los vidrios, descubriendo entre ellos algunas monedas. La boca me picaba, la garganta raspaba.

El calendario me repetía inmóvil un millón de veces que hoy era miércoles.

Y así, mirándome al espejo, sonriente, caí hacia atrás sin que me importaran los vidrios y pensé, ¡Esto es vida!

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Extrañas Costumbres

Nunca fui un filántropo. Tampoco dediqué mucho tiempo de mi vida a serlo, ni a pensarlo, ni a averiguar qué significado tenía esa palabra.

Pero en todos mis viajes, en todos los ámbitos donde he cruzado tuve problemas con ciertos aspectos de los demás, con sus hábitos y actividades que más allá de la cultura, religión o modus vivendi en el que invertían su tiempo en la Tierra, me desesperaban y hacían temblar el ojo derecho, siempre a punto de reventar.

Uno de los casos que más grabados quedó en mi cerebro fue el de aquel niño en Ramburgo, que disfrutaba lamerse los codos al tiempo que comía helado de menta granizada, típica de la región. Era extraño ver al pequeño todo contorsionado, casi exprimiéndose mientras gotas verdes no sólo caían al piso, sino también en su cara, pegajosa y siempre sucia, y descendían por el cuello hasta debajo de su ropa.

Otro, fue el de aquel hombre grande de barba larga en un cine de Lumburia, a kilómetros de la ciudad de Tamberia, conocida por su enorme Catedral del Siglo VIII, que osaba mordisquear las uñas ajenas de quienes apoyaban sus brazos en las butacas.

El hombre de los relojes en Chitanía, que tenía carísimos Rolex no sólo en todos sus brazos, desde la muñeca hasta el antebrazo, sino también desde los tobillos hasta un poco antes de las rodillas. De hecho, me había contado que varios de esos relojes los había llevado a grandes expertos para que los redimensionasen al tamaño de aquellas zonas de su pierna para las que, por cuestiones lógicas, no está preparado un reloj. Además, cada uno estaba ajustado según distintas zonas horarias y todos, programados para sonar a las tres de la tarde de cada una de ellas.

Una mujer, en Auselgaria, también llamada la Ciudad de Cielo, disfrutaba estornudar cada vez que alguien pronunciaba la letra J. De tanto haberlo hecho a drede en sus años de niña traviesa, su cuerpo tomó la costumbre como natural y empezó a hacerlo involuntariamente ante el sonido de la J. Por suerte nunca fue amante de las Jirafas. Por otro lado y por suerte, la J es la tercer letra menos utilizada en el vocabulario de la región.

Horrible fue conocer a Nemer, un ferretero de la zona de Margatinas, pleno Caribe Septentrional, quien coleccionaba grillos muertos en un collar que llevaba siempre en su cuello. Después de tantos años, la gente ya no se veía sorprendida cuando, en medio de la fila del colectivo, sacaba uno para comérselo, tal vez aún moribundo.

Distinto fue el caso que conocí en la bella Dislunvría, tomada por la nieve de aquel invierno, donde un mercader sonriente pagaba a la gente para poder dormir sobre sus barbas. Lo increíble es que pagaba según el color de pelo, la longitud y la tupidez de la barba, y en dólares o libras esterlinas.

Me sacaría los ojos antes aquella chica de tan bella silueta que caminaba por las calles de Mar de Chinches que se metía al mar desnuda sólo para sacar arena de lo más profundo y comérsela. Hace tiempo que no se de ella.

Tengo en un cajón que ya no recuerdo las fotos de cada uno de estos personajes y por supuesto, muchos otros que fui conociendo en el camino, pero no puedo encontrarlas. Cada vez que lo pienso siento que el ojo me va a estallar, por eso ahora hace varios años que estoy en calma, tratando de no forzar los brazos, mordiendo las paredes lo más que puedo mientras recuerdo con detalle cada una de las plazas de las ciudades que jamás visité.

miércoles, 12 de noviembre de 2014

(R)Escribir

Escribir para salirse de la piel, para revolver escombros hasta encontrar oro, que se vuelve cenizas, que se vuelve viento, que se vuelve diamantes.

Para romper diamantes, que rompen espejos, que rompen paredes, que rompen fronteras, que rompen cabezas.

Escribir para no explotar, para explotar.

Para enterrarse. Para volar. Para sentir al frío quebrar los huesos, quebrar los ojos.

Para desnudarse, para gritar.

Borrar. Borrar y volver. Volver más fuerte. Borrar de nuevo y volver. Y volver. Y volver. Y romper otra pared, otra frontera, otra cabeza. Tu cabeza. Otra cabeza.

Escribir para asfixiarse, para desinflarse, para llorar. Para saber cuánto aguantan los pulmones.

Reescribir y re-escribir. 

Porque nunca es suficiente.


lunes, 29 de septiembre de 2014

Gravedad

Todo subía mientras yo bajaba, era una pesa en un océano aéreo, cayendo hasta casi prenderme fuego, atraído por algo, hacia algo.

Salían chispas de mis zapatos recién lustrados, los ojos rotaban 360 grados una y otra vez. Las manos apretadas con fuerza clavaban las uñas en las palmas, las muelas se apretaban entre sí. La piel se erizaba y los pelos vibraban a toda velocidad.

Sólo sentía la presión en todo el cuerpo, y el calor, como envuelto en brasas, mientras millones de
alfileres microscópicos entraban por mis poros.

La velocidad era increíble. Podía incluso ver las partículas de luz en cámara lenta, sentir cada vibración de cualquier sonido. Respirar era difícil, el aire era más denso, más frío. Creo que gracias a la respiración lograba no prenderme fuego.

Y así, caía yo sin control de mí, destinado a lo que fuere, sin otra opción que aceptarlo.

Aunque parecía imposible, la velocidad comenzó a aumentar primero leve, y luego rápidamente. Dupliqué, tripliqué la velocidad. El escenario era blanco, la mezcla de todas las luces del mundo una y otra vez.

Sentía una presión terrible en los ojos, trataba de no tragarme la lengua y en concentrarme en el dolor en mis piernas para olvidar la jaqueca. Por suerte no tenía náuseas.

Al mirar hacia abajo, una luz aún más brillante que el propio blanco que me rodeaba hizo que entrecerrara los ojos al mismo tiempo que entendía que era otro cuerpo moviéndose frenéticamente hacia mí.

Traté de desviar mi rumbo, pero la colisión era inminente. Y lo fue.

Ahora ambos somos millones de partículas flotando lentamente en un espacio negro, volando separadas, pero muy cerquita.

Mezclándose.