jueves, 19 de mayo de 2011

Alfalfa

Aquel hombre tenía extraños rituales, dignos de ver en algunas que otras sectas de esas que abundan en la sombra de las grandes ciudades, pero a diferencia de éstas, vivía en un gran campo de alfalfa, dónde las luces no alumbran por la noche. Todas las mañanas, el sol empujaba al negro del cielo para dar lugar a un abundante turquesa que rebalsaba por el horizonte de la llanura. La vista alcanzaba entonces a divisar algunos pequeños ombúes a la lejanía, bandadas de pájaros que cantaban al amanecer y una ruta que dividía al prado en dos, de este a oeste, donde cada tanto refunfuñaba el motor de alguna camioneta vieja, tal vez llevando la cosecha al silo, o incluso algún camión más grande que marcaba su autoridad, imponiendo su potencia que hacía eco en la nada.

Todas las mañanas, exactamente a la seis menos diez, el hombre se levantaba de su catre bien armado. Sin ponerse los zapatos, se dirigía al baño, donde practicaba distintas técnicas de cepillado de dientes: hacia arriba y hacia abajo, hacia los costados, en movimientos circulares y diagonales, etcétera. Cinco minutos después, y aturdido por el frío del campo, se ponía el abrigo marrón, la boina, colocaba un poco de tabaco en una cajita de aluminio y comprobaba que su pipa aún esté en el bolsillo del abrigo. Salía por la puerta de atrás, hacia el campo de alfalfa, donde tenía su tractor estacionado bajo un precario techo de chapas que apenas lo cubría de las despiadadas tormentas que castigaban al suelo cuando decidían caer como elefantes desde el cielo.

Después de unas cuantas horas de recorrer el campo y comprobar que todo esté en su correcto lugar y orden, el hombre volvía a su casa de madera para comer un buen guiso de pato, algunas verduras hervidas o una sopa bien energética, para luego de la siesta iniciar su segunda recorrida.

Era época de lluvias, y el hombre temía por sus plantaciones de alfalfa, aunque también estaba alegre porque vería llover, y la lluvía regaría la tierra, mejorando la cosecha. El espectáculo de la lluvia en medio de la llanura es algo incomprendido para quien vive en la ciudad, y aunque lo vea en primera fila, es imposible que logre encontrarle un verdadero sentido.

En esas ansiadas y detestadas épocas de lluvia, el hombre solía preparar su piloto amarillo. Cuando se aproximaba la fecha del diluvio, comprobaba que su impermeable esté en perfectas condiciones, revisando las costuras y los pliegues en busca de grietas o agujeros. A veces, sólo bastaba con colocar algún pequeño parche o remiendo para que la prenda quede, valga la redundancia, impermeable, lista para soportar aquellas pesadas lágrimas que caían con una gran fuerza sobre él y su dueño.

Cada vez que llovía, el hombre salía a caminar, primero por el campo de alfalfa y luego por la ruta. Hacía siempre el mismo camino, para recordar cómo volver en caso de una emergencia. Siempre y cada vez lo hacía con agrado y satisfacción. Amaba que su simple abrigo plástico lo mantenga seco en semejante tempestad, y obviamente, la lluvia regaba por sí misma los cultivos de alfalfa y le ahorraba mucho dinero y muchísimos días de trabajo.

Pero ese año todo fue distinto.

Era ya el segundo día y aún no había caído ni una gota. El sol brillaba como nunca, manteniendo su posición egocéntrica en medio del cielo, acaparándolo todo con su brillo y quebrando la tierra, ya seca, pidiendo casi a gritos por un poco de humedad.

Una semana había pasado y no había una nube en el cielo. El sol seguía amenazando con destruir la alfalfa, el trabajo de un año. Y no sólo eso, sino que el incendio de los pastizales que rodeaban la pequeña casa de madera era inminente.

El hombre, casi preocupado pero sin mostrar rasgo alguno de debilidad, se sentó en un banco a pensar. Recordó todo su ritual ante la lluvia. Tenía todo preparado. El piloto, el abrigo, el tabaco y la pipa. Pero faltaba la lluvia. Algo dentro de sí, le hizo pensar todo al revés. ¿Qué pasaría si sale con el piloto, como si estuviera lloviendo, pero en pleno sol?

Y en un intento desesperado por salvar sus campos, lo hizo.

Esa mañana se puso su abrigo. Llenó la cajita de tabaco y palmeó en el bolsillo izquierdo de su saco: La pipa estaba allí. Luego fue al armario y agarró el impermeable amarillo. Lo desdobló lentamente y se lo puso, casi con miedo a la herejía que estaba cometiendo. Lo sabía. Pero poco le importaba ya.

Fue entonces que lentamente se acercó hacia la puerta. Cada paso era un mundo. Cada madera chirriaba, como advirtiendo lo peor. Él lo sabía, pero ya estaba decidido a hacerlo.

Se vió cara a cara con la puerta trasera. Tragó saliva. La miró. Agachó su cabeza y logró ver en el picaporte oxidado un pequeño dejo brillante que lo llamaba. No se pudo resistir y cuando quiso arrepentirse, su mano lo había girado. Estaba afuera. Comenzó a caminar hacia el campo de alfalfa bajo el sol de la mañana. Caminó como su ruta habitual de lluvia lo indicaba, sólo que bajo un despiadado sol que parecía del mediodía que amenazaba con quitar cada centrímetro cúbico de agua que poseía dentro de sí.

Logró ver entonces la ruta. Se acercó lentamente, sofocado, gimiendo. Juró para sus adentros que había cometido el peor error de su vida. Aunque logró dar unos pasos, tuvo que caer sobre la tierra metros antes de llegar a la ruta. Sus rodillas levantaron polvo con el que él mismo se atragantó y comenzó a toser, mientras miraba al piso. La única sombra cerca era la de su propia cabeza, y mientras su vista se nublaba y su garganta se secaba al ritmo de su tos, comenzó a ver sus gotas de transpiración caer sobre la tierra seca, esa especie de arenilla sensible que toma la forma de todo lo que la toca. Su transpiración había dejado ya un pequeño charco bajo su cabeza, y él, apoyado sobre sus rodillas y sus brazos extendidos, casi no podía respirar. Pensó en que debía haber esperado unos días más, que realmente se había equivocado. Entonces, su cabeza empezó a transpirar para afuera. Ya no escuchaba ni sentía con claridad. Su cabeza estaba cada vez más húmeda. Su visión comenzó a oscurecerse. Sintió frío de repente. Estaba completamente mojado.

Alzó su cabeza, y el sol había desaparecido. En su lugar, nubes negras, rayos, y lluvia caían sobre él. Sonrió, como si desde el principio hubiera sabido lo que hacía. Se levantó como pudo y terminó su ruta.

Al volver a su casa, triunfante, pasó por el campo de alfalfa casi saludando a las flores y los brotes que flameaban agradecidos al compás del terrible viento que los azotaba. Ese día llovió. Llovió como nunca antes había visto llover. Dulce y desaforadamente. Se fue a dormir con una sonrisa. Lo había logrado.

Al día siguiente, los primeros rayos del sol le abrieron los ojos. Luego de lavarse los dientes, de ponerse su saco, de llenar la cajita y de verificar la presencia de su pipa, salió al campo de alfalfa por la puerta trasera. Al recorrerlo, notó extraños brotes entre la alfalfa que él conocía, que se erguía impecable en la llanura. Desorientado, revisó. Acarició los brotes nuevos, para darse cuenta que tenían raíces fuertes y firmes. Comenzó a desenterrar una, dos, tres, diez...

Eran batatas. Todas ellas eran batatas.

El hombre, cabizbajo, había aprendido su lección. No desafiaría más a la lluvia.

Decidió entonces, esperar siempre que llueva, y juró jamás volver a salir con su impermeable amarillo un día de sol.

2 comentarios:

estefi. dijo...

Para mi ALFALFA va a ser toda la vida el personaje de la película 'Los Pequeños traviesos'

Pablix dijo...

No vi la peli... hay batatas también?