lunes, 15 de julio de 2013

Verse

La historia de Armando Buenavista, es un tanto singular. Armando, nacido en la década de los ochenta, sufrió siempre un extraño trastorno que nadie pudo explicar jamás: Ni los médicos mejor formados, ni los físicos más intrépidos, ni las tarotistas más acertadas han podido esclarecer el fenómeno que esconde en su persona: Es incapaz de ver su propio rostro.

Este extraño trastorno produce que su cara no se refleje en espejos, vidrios ni en superficies metálicas, ni siquiera salir en fotos o filmaciones, por lo que Armando no puede reconocerse a sí mismo, ni reproducir su cara en ningún medio.

Sobrepasó la escuela, al principio tratando de ocultar su problema, pero cuando las maestras le pedían que dibujara a su familia, él era incapaz de dibujarse a sí mismo. Por esto, lo enviaron a un psiquiatra que le diagnosticó por dos años pastillas antidepresivas, que lo llevaron lentamente a la adicción antes de los once años, cuando por fin decidió confesar su problema a sus amigos y maestros, quienes empezaron a hacerle chistes como "Buenavista... ¡no tan buena eh!" y cosas por el estilo, por lo que entró nuevamente en un
cuadro depresivo que duró hasta los diecisiete años, cuando empezó a simpaticar oficialmente por el rock.

Su fanatismo por el rock, lo llevó a otro tipo de problemas, principalmente, el no poder probar que había asistido a los recitales, por no poder sacarse fotos. Fue entonces cuando, a la edad de veintidós años, a la salida de un recital de ACDC, logró sacarse una foto con Angus Young, pero no pudo mostrársela a nadie, ya que no se distinguía su cara en la foto, y no la podía presumir en Internet con sus amigos. ¿De qué sirve una foto rockera si no puedo echársela en cara a nadie? Se dijo, y esa fue la gota que rebalsó el vaso.

Armando comenzó a pensar de qué forma podía verse, y contrató a un pintor para que lo retrate, pero cada vez que el pincel cerraba una forma, por alguna extraña razón la pintura se deslizaba, impidiendo al artista concluir su obra.

Una noche, estaba en su casa comiendo pochoclos en pleno programa policial, de esos que muestran asesinatos horribles, se enteró que existen dibujantes que trabajan para la policía, que son capaces de reproducir un rostro basándose en una descripción cercana. Y ahí se le ocurrió LA idea. Al día siguiente, se anotó para hacer el curso.

Al finalizar, y luego de mucha práctica, llegó el gran momento. Llamó a su mejor amigo, lo sentó frente a él, y le pidió que lo describiera. Lápiz en mano, el pulso de Armando comenzaba a temblar al acercarse a la hoja, oyendo atentamente la descripción que Francisco le daba. Al hacer un par de líneas, la punta del lápiz estalló. Sereno, Armando le sacó punta y continuó. Algunas líneas se borraban o se difuminaban, pero Armando continuó.

El lápiz estallaba cada pocos trazos, por lo que se iba acortando, al tiempo que el sacapuntas se desafilaba. Con varios sacapuntas y muchísimos lápices alrededor, Armando continuaba después de seis horas continuas de dibujo, mientras Francisco repetía continuamente sus rasgos. Ya los sabía de memoria. Armando dibujaba y dibujaba algunas líneas una y otra vez, remarcándolas con fuerza. Otras se iban borrando.

El suelo se llenó de viruta y de lápices de menos de dos centímetros de largo, de minas de lápices y de vidrios, porque Francisco casi se queda dormido y tiró un vaso con vodka que ambos estaban tomando.

Armando continuó cada vez con más desesperación, hasta que se quedó dormido, entre nervios, vodka e incertidumbre.

Al despertar, pasadas algunas horas, y mientras Francisco roncaba y babeaba sobre la silla, Armando miró la hoja y, aunque leve, se veía la cara completa. "¿Lo habré terminado dormido?" se preguntó. Velozmente agarró un lápiz y remarcó fuerte todas las líneas, pero estas se borraban, entonces en la desesperación, cerró los ojos.

Al cerrarlos, la mano pareció cobrar vida propia y en menos de cinco minutos remarcó todo. Armando abrió los ojos, mientras Francisco seguía dormido. Contempló por primera vez su rostro... y se decepcionó al ver que era un monstruo.

Al abrir los ojos, Francisco encontró el retrato sobre la mesa, mojado por algunas lágrimas, con algunos vidrios de la botella de vodka ya vacía y algunas letras que no pudo leer. Tras acercarse al baño para lavarse la cara, sintió un fuerte olor a quemado. Al abrir la puerta, encontró a Armando en la bañadera con la estufa eléctrica, ambos sumergidos.

2 comentarios:

José A. García dijo...

¿Quién es capaz de decir de sí mismo que no es su propio monstruos?

Yo no.

Y quien lo haga, sabemos que miente.

Saludos

J.

Pd: Excelente relato, eso sí.

Pablix Pebablds dijo...

José: Muchas gracias! :) Somos monstruos de nosotros mismos, si.