domingo, 3 de marzo de 2013

La Hora Mágica


Nos delizamos en la hora mágica como la espuma en la cuesta de una ola, esperando tocar la orilla. ¡Claro! Las olas nacen cuando el mar avisa que va a llegar a la costa, ¿De qué otra forma entonces podría llegar a causar semejante alboroto?. En altamar no hay olas, sólo sinuosidades que mecen las burbujas de aire que se escapa de las píedras que habitan en el fondo, esas criaturas milenarias e inmóviles que no sangran ni lloran. Por eso, en la hora mágica pensé en las piedras. Si bien estaba herido, no podía sangrar, no podía permitírmelo y debía dejarme llevar por la luz anaranjada, hasta que la calma se interrumpa de golpe ante el aviso desesperado de la pronta colisión con la playa, en una ligera explosión de iodo y arena que acabaría con todo, con todo, menos con los minutos restantes de la hora mágica.

5 comentarios:

José A. García dijo...

Las horas mágicas son así... mágicas.

Saludos

J.

Geraldine, dijo...

quien te quita lo bailado no?

Pablix Pebablds dijo...

Jose: Mágicas como un conejo en una galera. Mágicas.

Geraldine: Eso no nos lo quita ni el mejor de los ladrones!

Bellarte dijo...

Yo no me metería al mar, aunque me pagaran.

Pablix Pebablds dijo...

Bellarte: Por que? :O